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Opinión 10 03 2020

"Y tiene tal clase para armar los pacos y tiene tal labia para engrupir..."


Autor: Rogelio Alaniz









I. Puedo admitir que el discurso del presidente Alberto Fernández tuvo un tono moderado. Sobre todo si lo comparamos con las arengas kirchneristas que con el “buen tono” presidencial, guarda la misma diferencia que Ignacio Copani con Carlos Gardel. Dicho esto, señalo que apruebo el tono pero tengo serias observaciones que hacerle a los arreglos, los contrapuntos, las fugas y las improvisaciones. Para un buen oído musical el tono es apenas un detalle, a veces el menos importante y más de una vez el responsable del fracaso de la interpretación.

II. Todos estaríamos dispuestos de buena gana a creer en las promesas moderadas del actual gobierno peronista si no se antepusiera como un molesto moscardón de tambo la denominada “doctrina Manzur”, en homenaje al brillante y nunca bien ponderado estadista tucumano. Según este émulo destacado de Max Weber y Ralf Dahrendorf, el máximo acto de sabiduría política consiste en decirle a los gorilas lo que a ellos les gusta, para después hacer lo que a nosotros se nos da la gana. “Deben ser los gorilas, deben ser”, cantaba la orquesta de Varela Varelita en los tiempos cuando tía Cata era jovencita y no faltaba a los Bailes de Carnaval de Unión.

III. En esa actitud de “darse el gusto”, adquiere prioridad limpiar las causas que acechan a la compañera jefa, causas abiertas cuando ella era gobierno y la inmensa mayoría de los jueces que la procesaron fueron elegidos por senadores y funcionarios de confesa y orgullosa militancia peronista. El otro gustazo que quieren darse, es la de intervenir el Poder Judicial de Jujuy e ingeniárselas para dejar en libertad a la compañera Milagro, porque saben con absoluta certeza que ni siquiera un “milagro” podría dejar en libertad a una mujer que ha cometido todas las tropelías imaginables para estar donde está. En la lista de liberados no podría dejar de faltar el compañero Amado Boudou, paradigma de aguerrido militante antiimperialista nacional y popular en la línea de Sandino, Prestes y por qué no, Ernesto Cardenal. Si son coherentes (y en este tema debemos admitir que los muchachos se esfuerzan por serlo) van a bregar para que Ricardo Jaime, José López, Lázaro Báez y, podríamos agregar a la lista al señor Robledo Puch, recuperen la libertad, es decir, sean arrancados por la justa y redentora furia popular de las mazmorras a las que los condenó el infame y fascista neoliberalismo, como le gusta decir a este otro célebre pensador político que se llama Gerardo Romano. Juro que los entiendo. O están presos todos, es decir toda la cúpula del poder kirchenrita, o no queda preso nadie. ¿O es necesario insistir que el saqueo en el kirchenrismo no fue una anécdota, el vicio de un funcionario tentado por la riqueza, sino que se trató de un régimen de poder cuyo objetivo central por parte de la pareja fundante y sus compinches más allegados, fue el saqueo de los recursos públicos más el balbuceo deshilachado de un “relato” engañapichanga? 

IV. El presidente Alberto Fernández inicia su intervención ponderando el valor de la palabra y condenando la mentira y la simulación. ¿Anuncio o autocrítica? ¿O un fenomenal acto de cinismo político? Lo digo sinceramente: no registro en mi memoria el caso de un político que con tanta impavidez un día haya dicho una cosa y al otro día haya dicho exactamente la contraria, sin que se le mueva un pelo o un músculo de la cara. Como diría tío Colacho: “Más mentiroso que el viejo de la bolsa”. ¿Ejemplos? Sobran. Pero vamos con el que tenemos más a mano. Insistir en que los problemas centrales de la Argentina se iniciaron hace cuatro años: jubilados, inflación, deuda, riesgo país, recesión, pobreza, déficit fiscal, hambre.

V. Un jefe de Estado debería ser muy cuidadoso al referirse al uso de las palabras, sobre todo un político populista siempre tentado a destrozar el valor de las palabras. Un viejo y severo estadista del siglo veinte, aconsejaba ser dueño de los silencios y no prisionero de las palabras. Releo lo escrito y una vaga congoja me inquieta. Tío Alberto es un artista en el arte de quedar prisionero de sus propias palabras. Y ninguna de esas celadas le impidió llegar a presidente de la Nación. Un político populista ponderando el valor de la palabra de honor se parece mucho a un rufián ponderando las virtudes del celibato y la castidad.

VI. Con gasto público en pujante ascenso, con impuestos confiscatorios a los sectores más productivos y dinámicos de la economía, con riesgo país multiplicado, con la recreación del déficit fiscal, con la fantasía de que es posible retornar a los tiempos de Gelbard o a los tiempos de Lavagna, con un régimen de poder político en el que el presidente conversa con Netanyahu, Macrón y Merkel, mientras la compañera jefa brinda conferencias de prensa en La Habana y lanza sapos y culebras contra el FMI y los bonistas, se hace muy difícil -por no decir imposible- crecer, integrarse al mundo o hacer funcionar un capitalismo con movilidad social ascendente. 

VII. Tío Alberto se jacta de que su gobierno es una gestión de científicos. El sueño de Platón hecho realidad. Pobre Mario Bunge, que sí era un científico, defendía la ciencia y fustigaba sin pelos en la lengua a las piaras de charlatanes. “Cambiemos” no fue un gobierno de CEOs y estuvo lejos de ser un gobierno perfecto, pero el peronismo está muy pero muy lejos de ser un gobierno de científicos y muy pero muy cerca de ser un gobierno de charlatanes, es decir, de políticos que dicen una cosa y hacen otra, con el agravante de que en algunos casos han llegado a creerse sus propias mentiras.

VIII. El presidente Alberto Fernández promete que no se abrirán más causas arbitrarias y mucho menos se cometerán detenciones arbitrarias. Adivina adivinador: ¿A que no saben a quién se está refiriendo, o a quiénes les está guiñando un ojo, o a quiénes les anticipa que saldrán en libertad o no serán condenados o condenadas? De todas las promesas electorales realizadas por el peronismo, sospecho que la única que van a cumplir en un tiempo récord será la de asegurar la impunidad de los compañeros -y de las compañeras- “presos políticos” o “presos arbitrarios”, para el caso, para lo que importa, da lo mismo. A no llamarse a engaño: hasta que no se entienda de una buena vez que el pacto fundante del poder peronista es la impunidad a los corruptos y saqueadores, no se va a entender el abc de esa identidad política. La ‘libertad a los presos‘ no es una anécdota menor; es la consigna decisiva del peronismo. Como dijera el compañero Julio De Vido, un gobierno peronista no puede tener peronistas presos. Agregaría a su reclamo libertario otro detalle: un gobierno peronista debe darle señales concluyentes a los nuevos gobiernos peronistas de que pueden seguir saqueando recursos públicos sin el temor de la cárcel. 

IX. El pasado domingo una jauría kirchnerista escrachó al diputado Fernando Iglesias. Señalo dos motivos decisivos a esa decisión emancipadora y justiciera de los compañeros: lo escrachan porque ninguno de los escrachadores está en condiciones de discutirle nada: la mayoría por ignorantes; otros porque resulta muy difícil negar la ley de la gravedad. Segundo: lo escrachan, pero en realidad quisieran matarlo como a Giacomo Matteotti, el diputado socialista italiano asesinado en la calle por los camisas negras, los abuelos de los actuales escrachadores. Nunca se olviden: el fascismo siempre se repite. Es su naturaleza; no lo pueden evitar.


Publicado en El Litoral el 7 de marzo de 2020.

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