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Opinión 04 07 2022

Vladimir Putin, Alexander Dugin y la amenaza latente de las armas nucleares


Autor: Vicente Palermo









Se habla, aunque poco. Lo que se dice es escalofriante. Lo principal está a la cuenta del gobierno ruso, asumiendo -aunque nadie pueda asegurarlo– que al interior del gobierno ruso no hay grietas. Vladimir Putin, reiteradamente, no descartó el empleo de armamento nuclear en caso de que Rusia sufriera una amenaza existencial.

Un colaborador, refinado intelectual –podemos encontrarlo en la novela Limónov, de Emmanuel Carrère-, de Vladimir Putin, es Alexander Dugin, personaje al que algunos argentinos conocen en persona, ya que visitó nuestro país para difundir su visión rusa del mundo. ¿Cuánto ha influido Putin sobre Dugin y cuánto lo hizo Dugin sobre Putin? Escuchándolo, leyéndolo, el intelectual parece parafrasear al hombre de Estado. Meticulosamente. Los occidentales deberíamos entender. 

Dugin y Putin son claros, pero ¿entendemos?

En marzo de este año, después de la invasión a Ucrania, Alexander Dugin hizo, por caso, las siguientes declaraciones (entrevista MEMRI TV): “Esta es una amenaza existencial contra nosotros, no tenemos otra opción que la victoria… Esta es una confrontación contra las élites globales liberales que quieren controlar [to take over] el mundo… es un sistema hegemónico totalitario liberal… no peleamos contra países, sino contra esos principios, es una guerra de ideas…” 

El entrevistador de MEMRI interroga a Dugin:

- ¿Considera usted que Putin es el Estado ruso? ¿Entendí bien? ¿Putin es el Estado ruso y el Estado ruso es Putin? 

“Sí, sí – responde Dugin –, Putin está en la posición de un monarca o un emperador”.

Y explica: “Un monarca natural, pero no porque él quiera serlo, sino porque nosotros lo queremos. Una monarquía popular por demanda popular… Queremos que Putin devenga la encarnación del Estado y el espíritu rusos”.

Probablemente, tras apenas cuatro meses, Putin está ya demasiado debilitado para eso, aunque no se sabe. Lo evidente es que Dugin habla sin vueltas y sin imprecisiones. Lo que sigue es particularmente sobrecogedor:

“No consideramos la posibilidad de derrota porque en ese caso, ya no habrá Putin, ni Rusia, ni mundo. Porque nosotros pusimos todo alineado. Es importante lo que Putin dijo en relación a un ataque nuclear de Rusia en caso de un ataque nuclear de la OTAN… Si la OTAN interviene, la represalia estará a la altura…”. 

El periodista, que parece no tener un pelo de tonto, no deja pasar la oportunidad:

- Entonces, me permito entender sus palabras del siguiente modo: O ganamos, o utilizaremos armas nucleares y será el fin del mundo. ¿Entendí correctamente?

- “Exactamente. Son las palabras de nuestro presidente. Sin Rusia no hay humanidad. Si quieres vivir en esta tierra, deberás aceptar a Rusia como un superpoder soberano e independiente”.

Ya de por sí el punto de partida de la entrevista consistía en definir la invasión a Ucrania como una respuesta obligada, algo en sí mismo extremadamente caprichoso. La respuesta -la invasión- era dada vuelta como un guante frente a una amenaza existencial a la propia Rusia. Pero el discurrir de Dugin se desliza rápidamente por una pendiente muy resbaladiza, para llegar a un plano terrorífico: el de un chantaje “existencial” al mundo. Si el mundo humano desea continuar como tal, deberá aceptar a Rusia como un superpoder. Y permitir que desenvuelva su cruzada contra las élites totalitarias liberales. 

Un poco de historia

Décadas atrás, en plena Guerra Fría, Hannah Arendt reflexionaba sobre lo político y lo nuevo que aportaba a la historia de lo político el poder de destrucción nuclear (La promesa de la política).

Para Arendt, el mundo humano está desde el fondo de los siglos en equilibrio entre destruir y reconstruir, pero podría ya ser el caso, con el descubrimiento de la energía atómica, de que ese equilibrio no se mantenga. La pensadora consideraba que la nueva capacidad de destrucción y las ideologías totalitarias iban de la mano. Las últimas, apalancadas por el poder de destrucción atómica, podrían ser protagonistas de la ruptura de ese equilibrio. 

Arendt no es, como puede verse, optimista: tras las cenizas de Hiroshima y Nagasaki, escribe, “las casas destruidas, la cifra de vidas humanas aniquiladas, fueron de importancia sólo porque era de una fuerza simbólica inquietante e imborrable que la recién descubierta fuente de energía ya hubiera causado, sólo al nacer, muerte y destrucción a tan gran escala”.

Sin embargo, después de 1945 en las ciudades japonesas, las armas nucleares no se volvieron a utilizar. Lo que explica este resultado, para muchos imprevisto, no es ni la humanidad ni las preferencias de políticos y militares de las grandes potencias, sino la disuasión nuclear, el hecho de que paradójicamente el antídoto más efectivo contra la guerra nuclear y, en cierta medida, también contra guerras convencionales, haya sido el poder de destrucción nuclear en sí mismo. 

Pero bajo la forma específica de capacidad de disuasión. No discutiremos aquí la evolución de la relación de fuerzas en el campo nuclear, ni nada de eso. Lo que importa es que la disuasión fue un instrumento muy efectivo. Instrumento que redefinió el cuadro que preocupaba sombríamente a Arendt. No solamente las grandes democracias capitalistas sino también los estados totalitarios fueron disuadidos.

No es poco, si se consideran los siniestros cálculos que algunos líderes fueron capaces de hacer. Mao Tse Tung, por ejemplo, estimaba que China podía permitirse perder 300 millones de habitantes y ganar la guerra, estaba todo bien. Pero no; y tampoco se atrevió el politburó soviético a quebrar la estabilidad de las fronteras de la Guerra Fría en Europa. Allí estaban la doctrina Kennan y el arsenal atómico como disuasivos. 

El problema es que todo esto podría estar cambiando

La guerra en Ucrania podría ser un punto de inflexión. Y de esto es de lo que casi no se habla: después de 75 años, los arsenales nucleares podrían ser despertados. No se trata de la mayor o menor efectividad defensiva de los escudos nucleares, ni de la medición que pueda hacerse acerca de si el arsenal ruso es mayor al norteamericano, o si tras una guerra atómica algunos países pueden salir menos en ruinas que otros. Salvo quizás para pocos especialistas, estos puntos resultan completamente inciertos. 

Haremos, en este terreno, apenas dos señalamientos de aspectos estrictamente militares que, no obstante, pueden haber contribuido a formar las preferencias políticas de Rusia:

° El primero es que la OTAN y Rusia se han diferenciado en el desarrollo cuantitativo de armas nucleares tácticas. Aparentemente Rusia cuenta con diez veces más. Esta brecha parece jugar a favor de algo peligrosísimo: el empleo de armas nucleares en confrontaciones (hipotéticamente) limitadas, controladas.

° El segundo es que la OTAN se atrasó en el desarrollo de su defensa antiaérea y antimisiles (El confidencial, marzo 2022). Si así fuera, no es difícil de entender que estas deficiencias son sendos incentivos para que Rusia se disponga a tomar riesgos, jugar mucho más fuerte dejando atrás entendimientos tácita o expresamente establecidos por las grandes potencias. 

Se trata del poder y sus límites

Hoy por hoy, la pesadilla de la que poco o nada se habla es que se disipe en Rusia la efectividad del mecanismo de disuasión. Se trata de una cuestión esencialmente política. Para empezar, durante décadas (Stalin muere en 1953), el empleo del poder atómico estuvo en la URSS (la primera bomba nuclear es de 1949) y luego en Rusia en manos de una burocracia política, extremadamente conservadora, con tres pilares: 

° el partido

° la burocracia estatal propiamente dicha

° el Comité para la Seguridad del Estado (KGB y luego FSB).

Claro, de esta élite de cientos de miles de personas, solamente un puñado tenía las decisiones finales a su alcance. Pero todos ellos estaban sentados sobre un poder decadente y hacían lo mínimo indispensable para mantenerlo, lejos de embarcarse en aventuras de conquista delirantes, paranoicas y/o mesiánicas. 

El actual gobierno de Rusia, o sea Putin, se asemeja más al régimen de Hitler que a los jerarcas que lo antecedieron en Moscú. Es un gobierno despótico pero unipersonal (nadie puede asegurarlo absolutamente, pero es lo que sabemos). El poder de decisión está sólo en el presidente. La FSB no le hace contrapeso.

Quizás Putin sea de natural más frío que Führer, pero el delirio de Alexander Dugin puede ser también el suyo. La exigencia de que el mundo ha de admitir que Rusia sea una superpotencia (y, naturalmente, esto deberá ser definido por los propios rusos) puede ser un farol. Pero no lo parece. 

En la historia, no son tan infrecuentes los déspotas que, en la perspectiva de una derrota que no pueden evitar, resuelven llevarse sus pueblos consigo. En Sudamérica tenemos a Francisco Solano López. Y si pueden llevarse al mundo, ¿por qué no?

Me encantaría que mis temores sean completamente infundados.

Publicado en www.tn.com.ar el 3 de julio de 2022.