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Opinión 22 07 2020

Venezuela: entre el coraje y el miedo


Autor: Mariano Caucino









La vida está hecha de ejemplos. El coraje y el miedo son pulsiones que hacen a nuestra existencia. El miedo puede ser legítimo y justificable en determinadas circunstancias, pero resulta inentendible en otras. El coraje, por su lado, resulta su contracara. Hace pocos días, viendo la incomodidad de un ministro durante un programa de televisión ante la pregunta simple pero concreta sobre si Venezuela se encuentra sometida bajo un régimen dictatorial, vino a mi memoria un episodio fundamental de nuestra historia, sucedido hace cuatro décadas, en plena dictadura militar.

En septiembre de 1979, llegó a la Argentina una delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. La comisión recogió decenas de testimonios sobre desapariciones y asesinatos. Graciela Fernández Meijide, quien estaba a cargo de ese trabajo en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) recordó: “Nuestra angustia más grande era si la gente se presentaría a efectuar las denuncias”. Ella conocía las dificultades para que muchos familiares vencieran el temor o el escepticismo. “Cuando vimos la cola de dos o tres cuadras que se formaba en Avenida de Mayo al 700, donde funcionaba la CIDH (en la sede porteña de la OEA), supimos que la visita había sido un éxito”, rememoró. 

Fue entonces cuando el Partido Justicialista presentó un duro documento que sostenía que “el Justicialismo denuncia la muerte y/o desaparición de miles de ciudadanos, lo que, insólitamente, se pretende justificar con la presunción de fallecimiento, que no significa otra cosa más que el reconocimiento de las arbitrariedades cometidas” y que “el Justicialismo denuncia el padecimiento de quienes se han atrevido o se atreven a levantar su voz, y que han llevado o llevarán como pena desde un silencio impuesto hasta la muerte”. El Consejo Nacional del PJ estaba presidido entonces por el escribano Deolindo Felipe Bittel, quien como vicepresidente partidario reemplazaba a la titular Isabel Perón, que se encontraba detenida desde el 24 de marzo de 1976. 

Un pequeño grupo acompañaba a Bittel, entre los que se destacaban Herminio Iglesias, Oraldo Britos, Carlos Corach, Jorge Vázquez, Miguel Unamuno, Paulino Niembro y Alberto Iribarne. Corach recuerda en sus Memorias que “la denuncia fue entregada ante la Comisión por Bittel y Herminio Iglesias, únicos integrantes del Consejo Nacional elegido en marzo de 1976, en el Teatro Cervantes, que se atrevieron a entregar el documento en una clara demostración de coraje, pues eran aquéllos los momentos más difíciles de la represión”. Corach rememora: “La conducción peronista trató permanentemente de darle difusión a lo que estaba ocurriendo en el país (...) Eran habituales nuestras visitas a la embajada estadounidense, donde llevábamos múltiples denuncias que luego eran trasladadas por los funcionarios a su gobierno, en el que existía una real preocupación por las violaciones a los derechos humanos en varios países latinoamericanos”. 

La Comisión mantuvo entrevistas con los ex presidentes Arturo Frondizi, Alejandro Agustín Lanusse y con Jorge Sábato, entre otros. Visitó los campos clandestinos de detención que, como se comprobó más tarde, habían sido desmantelados por los militares para evadir la investigación. El día 11 visitó a Isabel Perón en la quinta de San Vicente, donde se encontraba detenida. También efectuó una visita al ex presidente Héctor J. Cámpora, asilado en la Embajada de México. El 19 mantuvo una entrevista con el ministro del Interior, general Albano Harguindeguy, y el jefe de la Policía Federal, general Juan Bautista Sasiaiñ. Al día siguiente, antes de regresar a Washington, la comisión fue recibida por el presidente Jorge Rafael Videla. Al término del encuentro, el titular de la cartera política declaró: “No nos hemos confesado ante la Comisión”. 

El gobierno militar insistía en una actitud que hoy se describiría como “negacionista”. Se resistía a la visita de la CIDH porque la consideraba “parte de la campaña antiargentina del marxismo internacional”. El canciller Carlos Washington Pastor movilizó a los embajadores para imaginar excusas y recursos para anularla. Una presión enorme se cernía sobre el gobierno argentino. Videla y su ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz temían que el país quedara aislado. La llegada de Carter a la Casa Blanca en 1977 había acelerado la política de promoción de los derechos humanos a escala global, una tendencia que ya se insinuaba desde el fin de la era Nixon-Kissinger-Ford cuando en el Capitolio surgieron iniciativas que buscaban vincular la asistencia financiera norteamericana con el cumplimiento de estándares aceptables en materia de derechos humanos (Enmienda Humphrey-Kennedy). El 4 de septiembre de 1978, el propio vicepresidente Walter Mondale le pidió a Videla, durante una visita en la que ambos coincidieron en el Vaticano por la asunción de Juan Pablo I, que dejara entrar a la comisión. Videla se sinceró aquel día: “He puesto la cara por la Argentina”. 

“Los argentinos somos derechos y humanos”, recitaba una solicitada del Banco de la Provincia de Buenos Aires, publicada en La Prensa, el 5 de septiembre. 

Corach recuerda: “No fue hasta fines de 1976 que tuvimos una real conciencia del plan de la dictadura. Al principio recibíamos noticias de compañeros muertos, presos o de los que se había perdido el rastro pero no se hablaba de desaparecidos ni de planes sistemáticos de represión (...) A partir de los primeros meses de 1977, la cruel realidad de la represión inédita estaba clara y duró de manera sostenida hasta 1979, cuando los militares tuvieron en claro que la guerrilla había sido completamente desarticulada y que no significaba un peligro real. Pese a lo que después se conocería como la contraofensiva y que fue la última y lamentable acción suicida ordenada por la conducción de Montoneros. Mientras se torturaba, se mataba y se desaparecía, una parte importante de la sociedad prefería creer en slogans y frases hechas: repetían aquello de ‘algo habrán hecho’ y pegaban obleas en sus autos que decían ‘los argentinos somos derechos y humanos’. A eso colaboraba el clima triunfalista desatado alrededor del Mundial de Fútbol de 1978. Mis hijos, por entonces casi adolescentes, no podían entender que yo no participara de la algarabía general”. 

Eran tiempos difíciles, en los que costaba imaginar una salida democrática. El 14 de agosto, el ministro del Interior Albano Harguindeguy había adelantado que habría presidentes militares “hasta 1987”. Dos días más tarde, María Elena Walsh publicó su artículo “Desventuras del País-Jardín-de-Infantes” en la sección cultural del diario Clarín. La nota advertía sobre la represión cultural. El último día de agosto el Buenos Aires Herald había publicado un duro editorial contra la política de violaciones a los derechos humanos en la Argentina titulado “Tiempo de valentía”. 

En aquellos tiempos aciagos, mientras la violencia de izquierda y derecha se apoderaba de la Argentina, la Venezuela de Carlos Andrés Pérez era la única democracia de Sudamérica. Con la única posible excepción de la democrática Costa Rica, Caracas era un faro de libertad en la región y refugio de cientos de exiliados políticos. 

En las últimas décadas, Venezuela ha caído víctima de un gobierno que si bien contó con un origen democrático en 1998, pronto se convirtió en una dictadura a través del desmantelamiento de todas las instituciones republicanas del país. El informe sobre la situación de los derechos humanos en Venezuela presentado por la alta comisionada de DDHH de las Naciones Unidas, la ex presidente chilena Michele Bachelet, da cuenta de asesinatos, encarcelamiento y persecución a dirigentes políticos opositores, a la vez que un drama humanitario protagonizado por millones de personas que tuvieron que huir del país. 

Ante esa realidad, resulta inexplicable ver cómo algunos dirigentes callan y se niegan a reconocer la naturaleza dictatorial del régimen de Nicolás Maduro. ¿A qué le tienen miedo? Lejos del coraje y la valentía de quienes se animaron a enfrentar al gobierno militar argentino en 1979, hoy aparecen titubeantes y temerosos, a costa de sacrificar su reputación, acaso el atributo más valioso que ofrece la vida sobre la tierra.

Publicado en Infobae el 21 de julio de 2020.

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