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21 01 2021

¡Vayan, sean salvajes!


Autor: Eduardo A. Moro









Se ha dicho que Facundo es un personaje creado o soñado por Sarmiento. Que no es exactamente igual al Quiroga de los historiadores. Y sin embargo, muchos consideran que es la estampa más fiel como exponente de la épica costumbrista de los caudillos de entonces. Aquí y en otros lugares del mundo. Fueron varios y distintos, pero se parecen como el infinito y el cero.  

El título de esta  nota, reproduce una reciente frase de twitter que, antes de alejarse del gobierno, levantó Donald Trump.  En ella exhibe sus equívocos morales y su violencia aciaga. Estimula la rebeldía del buen salvaje, para que salga de su ingenua pasividad y se defienda de los límites “injustos” que malversan su libertad natural. Una bronca profunda contra todo lo que integra la red institucional, despreciada como un armaje cínico y doloso de formalidades y reglas de juego para engañar a los ciudadanos.   

Según ese mandato hay que destrozar y ridiculizar al Congreso, al sistema representativo, a la alternancia, a los partidos políticos, a los sistemas electorales, a las constituciones, a las leyes de la nación, de  los estados federados y hasta de las más pequeñas organizaciones comunales. Dar piedra libre a la indignación anárquica del puño popular,  para no someterse al “cuento” de la fortaleza de la ley,  ni a la necesidad de cumplirla. 

No es una rareza original de USA, también entre nosotros hemos asistido a ultrajes similares, tanto respecto al Congreso Nacional como a alguna Cámara Legislativa de Provincia -doy fe- entrando a caballo para incendiar su recinto e impedir que sesione.   

En nota anterior mencioné el último libro de Pierre Rosanvallón: “El siglo del populismo” (Ed. Manantial, 2020), del que ahora rescataré que el populismo no es solo un colorido fenómeno latinoamericano.  Según el autor  fue aquí actualizado simbólicamente por Jorge Eliécer Gaitán en Colombia (“No soy un hombre, soy un pueblo”) y por Juan Perón en Argentina, hacia la década de 1940. Sin ser llamados populistas hasta la década del sesenta, alentaron ideas populares con acentos totalitarios. Discursos enfáticos, -mixtura de capitalismo y de un pseudo socialismo criollo-, que exhortaban al pueblo a despertarse, romper las cadenas, y entregar la llave a jefaturas personalistas que los protegieran de ideas foráneas. 

Atendían reclamos sociales postergados con la prosperidad económica heredada. Agotados los dineros, ni el apriete del garrote pudo evitar el fin de sus “patriadas”. No producir ni ahorrar, borra la sonrisa ancha de distribuir rápido y a como fuere. No obstante, su recuerdo regalón impregnó la memoria de sus pueblos. Sería difícil encuadrarlos estrictamente dentro de las categorías clásicas del fascismo o del marxismo, como superficial ignorar su importancia y creciente proyección, frente a las injusticias de los desórdenes establecidos. 

Mucho antes, hacia 1874/9, hubo experiencias rusas de populismo revolucionario, con cierta visión socialista, acompañando al mundo campesino, con espíritu religioso o mesiánico. Querían una nueva sociedad, rechazando el racionalismo occidental y sus inmoralidades ilustradas, alejadas del alma popular y del carácter nacional del “mujik” (labriego de la tierra). Hombre pensado por entonces como el de la Rusia futura. Con el tiempo sus rasgos dieron lugar a la doctrina anarquista, representadas por Bakunin y Kropotkin. Pero éstos adoraron con devoción a un pueblo carnal constituido por comunidades autónomas, muy alejadas de la figura de un jefe mandón.  

Norteamérica también registra experiencias populistas,  hacia los años 1890. En Estados como Texas y Nebraska, pequeños agricultores defendían su condición de agraviados, sobre la base de  Farmers´Alliances, e incluso Alianzas de Agricultores de Color, productivistas y de cierto evangelismo  puritano Fueron parte de la gran corriente colonizadora del Midwest y las grandes llanuras, merced al ferrocarril y al final de la guerra civil. El desarrollo de tales acontecimientos –así como aproximaciones con los Knights of Labor en su rama del sindicalismo ferroviario-, condujo a la formación  de movimientos y nuevos partidos políticos, que terminaron en experiencias fracasadas.  

Tales antecedentes, como los de la actualidad, reflejaban  el desasosiego, la ira, la impaciencia de numerosas personas, sus reclamos contra el orden establecido de la época. Sus críticas,  proyectos y propuestas, han sido simples y justos pero  problemáticos, cuando no contradictorios, y hasta  temibles por sus gruesas inconsistencias para hacerlos factibles. Fueron aspiracionales, pero no alcanzaron a obtener equilibrio de sustentabilidad y eficacia entre los factores de gobierno intervinientes.   

No hay relación de semejanza entre los “mujik”, los “farmers” y sus búsquedas del alma popular, o las comunas libertarias, con las tragicómicas andanzas criminosas de los tiranosaurios  latinoamericanos. Tampoco con los dueños del poder en la Argentina, quienes se consideran anfitriones por derecho propio,  y sólo nos permiten visitarla de vez en cuando y por corto tiempo. Podríamos decir que ungidos ahora por los óleos del pobrismo de nuestro querido Francisco, empujan juntos la doctrina de la dictadura de la bondad, basada en el mito del  buen salvaje, cuya pureza tanto alaban y declaman amar con caridad fraterna. 

Esa idea recoge la creencia de que los seres humanos, en su estado natural,  somos desinteresados, pacíficos y tranquilos. Males como la codicia, la ansiedad y la violencia son para ellos producto vicioso de la civilización y las instituciones de cada época. Olvidan que la procreación se hace de a dos y que el ser humano es un ser gregario por naturaleza. Esa condición necesita establecer modos de convivencia y  respeto a reglas de juego comunes entre las partes del todo democrático, porque   el equilibrio entre fuerzas sociales es necesario para mantener la horizontalidad de la balanza.  

El  inefable Trump y sus berrinches dañinos, con aroma delictual,  creía también –podemos suponerlo- que todo lo establecido era una conspiración contra la buena gente primitiva. Por eso,  su enviado estrella –proyectado por las redes en símbolo mundial- ha sido el hombre disfrazado con cuernos de bisonte y oso, con las patas sobre los pupitres Congresistas.  

USA –y el mundo- están en serios problemas pero USA no es sólo Trump, Lynch, Las Brujas de Salem, el Ku Klux Clan, Hoover, McCarthy, los magnicidios, etc. Se ha dicho bien: la democracia estadounidense se dobló pero no se rompió, y  consagró nuevamente la Constitución, la alternancia, la libertad de prensa, la ley,  y sus instituciones políticas y jurídicas, incluida la Justicia. 

Sin  olvidar el peligro latente, porque: “hasta el pelo más delgado hace su sombra en el suelo” (Martín Fierro), sería bueno que los ejercicios republicanos de esa gran  nación multicultural -con sus más y con sus menos-, retome su perfil democrático  dominante frente a los desafíos del mundo. Que mantenga vivas las voces de muchos  Bernie Sanders, en medio del natural bullicio multirracial, de las contradicciones imperialistas, y de sus tensionados encuentros y desencuentros. 

Si así fuera,  junto a la Unión Europea podrían influir -como factores culturales y  políticos  compensadores-, en el complejo tablero geopolítico de  la globalización, donde se mueven jugadores de gran oscuridad política, como China y Rusia. 

Rosanvallón recuerda que el progreso democrático implica ahora complejizar la democracia, y multiplicarla (op cit. Pág. 263). No es  un modelo rígido predeterminado. Significa una indicación de trabajo permanente para cumplir principios a los que hay que dar vida en cada tiempo. Es un régimen inacabado, que no se cansa de preguntarse por sí mismo. Solo al precio de que  ese esfuerzo y  esa lucidez alcancen eficacia,  es que podrán perder su atractivo los proyectos populistas. La política y sus instituciones no serán capaces de instaurar la Ciudad de Dios sobre la tierra. Pero es a través de ellas que podemos -al menos- intentar mejorarla en paz y democráticamente entre todos.  

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