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Opinión 25 07 2021

Varados en el Conurbano


Autor: Jorge Ossona









No se trata de una usurpación territorial sino de un barrio de diez manzanas y doscientas cuarenta y siete familias radicadas hace más de un lustro. Todos trabajadores: albañiles, pintores, poceros, costureros y varias enfermeras profesionales que pelean en la primera línea de fuego de la pandemia en distintos hospitales de la CABA. Convergen, paraguayos, bolivianos y argentinos de segunda generación.

En este fragmento localizado en el Conurbano pobre todavía hay muchas familias que aspiran al viejo sueño de la casa propia sobre un terreno adquirido regularmente para honrar el hogar de sus hijos.

El vendedor era un viejo vecino, supuesto propietario de una extensión semirural en donde practicaba la apicultura, la crianza de cerdos y de vacas cuya leche comercializaba en los barrios periféricos.

Sus contactos con funcionarios y políticos conocidos de la municipalidad eran su carta de garantía. Loteó el solar, y en pocas semanas vendió todos sus predios: algunos al contado y otros en cuotas.

De a poco, los compradores instalaron sus taperas convertidas en solo unos meses en sólidas casas de material. Se organizó una comisión de dos representantes por manzana y un líder rotativo encargado de negociar con la comuna la urbanización.

Apareció, apadrinándolos, un funcionario de nota de segunda línea que no demoró en trazar las calles, iluminarlas e instalar cañerías de aguas corrientes. La comisión vecinal decidió agradecerle bautizando a una calle con su nombre.

En solo cinco años era fácil divisar el progreso desde la arteria principal aledaña. Pero las cosas se empezaron a complicar durante la cuarentena ni bien el político patrocinante cayó en desgracia y debió renunciar a su cargo. Vehículos extraños con policías de civil empezaron a frecuentar las calles amenazando con detener a los vecinos que salían a realizar sus changas o a obtener materiales y alimentos.

La detención de dos de los hijos del informal broker inmobiliario y su desaparición de la zona encendieron las alarmas de una trama truculenta. No se equivocaban.

Sorpresivamente, una mañana a principios de este mes el asentamiento fue rodeado por cuatro camionetas de la Gendarmería, tres carros hidrantes y una manada de perros adiestrados listos para atacar. Una imponente topadora escoltada por la fuerza policial local comenzó a destruir las casas vacías de quienes habían salido a trabajar.

Los demás improvisaron una resistencia pero fueron dispersados con gases lacrimógenos. Ingresaron, luego, en la casa de una vecina enfermera que amamantaba a sus dos gemelas de un mes. Fue empujada y las criaturas tuvieron que ser evacuadas para no morir asfixiadas.

La topadora le destruyó el techo y una pared reduciendo la vivienda en escombros. Allí sobrevive bajo una media sombra auxiliada por sus vecinos. En otra que estaba vacía, los gendarmes montaron un bunker a la espera de poder seguir su faena demoledora.

Desde entonces, permanecen sitiados sin poder salir a trabajar ni a enviar a sus chicos a la escuela. Afortunadamente, pudieron salvar el puente sobre un arroyo lindante que les permite ingresar agua potable y alimentos.

Luego de varios días, la comisión por fin logro concertar una reunión con el jefe del operativo quien les ordenó presentar sus papeles que les fueron devueltos fotocopiados. La operación inmobiliaria había resultado una estafa. ¿Cómo es posible que el municipio no haya impedido la radicación destruyendo ahora a sus propias obras?

Referentes expertos coinciden en que presumiblemente se trató de la maniobra colusiva habitual entre punteros y funcionarios para “hacer caja”. Un juez los citó y fríamente les confirmó la orden, desentendiéndose de su destino por concebirlo fuera de su incumbencia. Argumentó, además, que se proyectaba allí una estación de bombeo y….un plan de viviendas sociales del Plan Procrear.

La referente de un barrio vecino los conectó con el periodista de un programa televisivo quien asistió con su equipo para entrevistar a los interesados.

Pero una llamada misteriosa lo hizo volver sobre sus pasos y suspendió la nota. Y el cónsul del país limítrofe, reconocido promotor de las actividades inmobiliarias, productivas y comerciales de sus connacionales más poderosos, se redujo a recomendarles a los allí residentes “acatamiento y obediencia” a las disposiciones.

Los funcionarios municipales que habían sido solícitos colaboradores desaparecieron, cobrando protagonismo los de la cartera de seguridad que auspician el despojo y la demolición.

Muchos veteranos vaticinan la propuesta de un “arreglo” de último momento al que se han juramentado rechazar. El político caído se reduce a denunciar por whatsapp la ilegalidad de lo realizado y los opositores convocados brillan por su ausencia.

El sitio continúa; pero la comunidad ha decidido resistir definiendo su propia épica frente a un poder que desnuda su verdadero designio: el dominio y la explotación de la pobreza como sustento de sus privilegios, y su uso inhumano para pasarse facturas facciosas.

Y otro fenómeno nuevo y significativo: el de los jóvenes que desde sus celulares, en pocas horas ilustraron el drama con un acompañamiento musical y sentencias breves pero potentes señalando a los responsables.

Una muestra capilar de una ola que recorre toda la región. En nuestros grandes conurbanos, por ahora, se expresa a través de estas microimplosiones. Pero en cada una, los relatos emancipatorios de un poder extraviado se desploman desmintiendo su sensibilidad “hacia los que menos tienen”.

Publicado en Clarín el 24 de julio de 2021.