menu
Opinión 21 06 2021

Una coalición con el 60 % de apoyo electoral para reformar la economía


Autor: José Luis Machinea









La economía argentina enfrenta muchos y variados desafíos de corto y largo plazo; entre ellos, la elevada inflación, el bajo crecimiento de las exportaciones y el déficit fiscal.  Antes de discutir esos desafíos, creo que es necesario hacer una síntesis de la situación macroeconómica de corto plazo, incluyendo un breve comentario sobre las negociaciones con el Club de París y el FMI.

1. Como consecuencia de los mayores ingresos por exportaciones -debido al aumento de los precios internacionales del sector agropecuario- y a los nuevos derechos especiales de giro (DEG) Argentina recibirá casi 15.000 millones de dólares adicionales a los previstos. Ello, junto con las restricciones a las importaciones, lleva a que, a diferencia de lo que se podía prever hace unos meses, sea difícil que la escasez de reservas pueda generar una crisis en el sector externo durante este año. 

Sin embargo, hay otros hechos que deben ser considerados, y esos son los vencimientos de la deuda que Argentina tiene con el Club de París y el FMI. El primer vencimiento es con el Club de París que, después de la prórroga concedida hace unas semanas, es el 31 de julio. Para refinanciar los vencimientos, el organismo exige que haya un acuerdo (¿o un “mini” acuerdo?) con el FMI. Pero aún suponiendo que se lograra ese mini acuerdo que permitiese demorar el vencimiento con el Club de Paris, el arreglo definitivo requiere de la existencia de un acuerdo con el FMI cuyos vencimientos se producirán en septiembre y en diciembre, por un total de 3.800 millones de dólares. Parece difícil y, escuchando algunas voces dentro del gobierno casi imposible, que se avance antes de las elecciones. Pero el gobierno puede demorar el pago hasta después de las elecciones, para lo cual se requeriría pagar el primer vencimiento de septiembre o pedir un perdón por algunos meses. Argentina, como la mayoría de los países de América Latina, ha incurrido en “atrasos” por unos meses durante la década de 1980. La diferencia con la situación actual es que en aquel momento había desaparecido el crédito y, además, eran muchos los países que no podían pagar las extraordinarias tasas de interés de ese entonces. El “paquete” de los atrasos era supervisado por el Fondo. La situación se normalizó con el paso del tiempo y con el Plan Brady en 1989-90.

A diferencia de aquel momento, ahora estamos solos en esta encrucijada y, por ende, las consecuencias pueden ser algo más complicadas, en especial si al mismo tiempo no se logra un acuerdo con los países del Club de París. En ese caso, tampoco tendríamos acceso al financiamiento comercial de largo plazo. En síntesis, dado que no son problemas que se resuelvan con el paso del tiempo, reanudar esa relación siempre va a requerir un acuerdo y, muchas veces, es mejor temprano que tarde. 

2. Vayamos ahora al primero de los desafíos enunciados previamente, la inflación. Un programa antiinflacionario requiere, en primer lugar, una política monetaria y fiscal compatible con la estabilización. A esa política es necesario incorporarle otras variables, especialmente relevantes en una economía como la de Argentina, dada nuestra historia de planes de estabilización fallidos y el elevado nivel de la tasa de inflación. Entre esos factores, no puede faltar considerar cómo reducir rápidamente la inercia inflacionaria. Reducir el ritmo de crecimiento de los salarios es crucial, pero ello debe ir de la mano de una desaceleración de los precios. Ambas cuestiones requieren de un acuerdo político, tema sobre el que volveremos al final de este artículo. En síntesis, se trata de anclar expectativas y, en ese contexto, la ausencia de un programa creíble es el principal problema. Nadie tiene idea del rumbo de la economía pero, además, tampoco hay decisiones puntuales creíbles, ya que muchas de ellas están sujetas a cambios permanentes.

La consecuencia es que se recurre en forma creciente a más restricciones y prohibiciones. Aun suponiendo que ciertas restricciones y prohibiciones lograran reducir en el corto plazo el ritmo de crecimiento de algunos precios -algo que hasta ahora no se observa- el gran problema es que las distorsiones en ciertas actividades afectan las decisiones comerciales -y, con ello, la inversión- que, en algún caso, puede llevar al cierre de empresas. O sea, una estrategia ineficiente para reducir la inflación que afecta negativamente el crecimiento. 

El segundo gran problema que, junto con la inflación, estamos sufriendo hace unos 75 años, es el escaso crecimiento de las exportaciones; esa falta de crecimiento explica en gran medida por qué la economía argentina enfrenta restricciones recurrentes en su sector externo, o sea, el conocido ciclo “stop and go”. 

Mucho se ha escrito sobre este tema desde fines de 1950. El tipo de cambio ha sido durante décadas la cuestión relevante en esa discusión. Como sabemos, un tipo de cambio muy alto (devaluado) afecta el salario, y muy bajo la capacidad de competir. Afortunadamente en los últimos tiempos varios analistas, siguiendo la tradición de Marcelo Diamand y Guido Di Tella, han incorporado otras variables, además del tipo de cambio, para enfatizar estrategias de aliento a las exportaciones, enfocadas en cuestiones vinculadas con factores diversos que facilitan la mejora en la competitividad. Los acuerdos comerciales se mueven en ese sentido, pero no son los únicos instrumentos. Creo que tan o más relevante que los instrumentos que se usen es su permanencia en el tiempo. Eso incluye cierta estabilidad del tipo de cambio. Sabemos que ello requiere de medidas que hagan más difícil el arbitraje en los mercados financieros, incluyendo en ciertos casos prohibiciones, que ayuden a reducir la volatilidad usual de esos mercados. 

Después de argumentar sobre la importancia de incrementar las exportaciones, solo cabe decir que la actual prohibición a la exportación de carne forma parte de los desatinos que pueden tener consecuencias negativas de largo plazo.

La tercera cuestión que enunciamos es la política fiscal. El hecho de que el país no haya sido capaz de ordenar sus cuentas durante décadas se manifiesta en que, al menos en los últimos 70 años, sólo ha habido equilibrio o superávit fiscal en el ámbito nacional en seis años, cinco de los cuales después de la crisis de 2002. Lograr el equilibrio fiscal es más complicado dado el extraordinario aumento del gasto que tuvo lugar entre 2004 y 2015 -alrededor del 18% del producto- que, si bien se redujo en algo entre 2017 y 2019, aumentó durante la pandemia y volvió a superar el 40% del producto. En consecuencia, es imperioso hacer algo para reducir ese gasto y no hay alternativas sencillas. La situación se agrava cuando no hay acceso al crédito y hay déficit fiscal ya que, en ese caso, la única alternativa es la emisión.  

3. Desde ya las propuestas que se hagan en este y otros temas requieren, como hicieron varios países asiáticos durante muchos años, constancia y evitar cambios bruscos. La única manera de lograr algo parecido en nuestro país es mediante una coalición política que logre alrededor del 60% del apoyo en las urnas, y que esté dispuesta a acordar y compartir los beneficios y las cargas de sostener esa coalición.

Publicado en Perfil el 19 de junio de 2021.