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Opinión 19 03 2023

Un documental necesario para reflexionar sobre nuestra historia reciente


Autor: Aníbal Barengo









Gandhi y Luther King pasaron a la historia por haber triunfado con los argumentos de la paz en sus disímiles contextos, frente a adversarios que mostraban los dientes de un mundo violento que no pensaba cambiar así nomás el estado de las cosas. 

Entre 1966 y 1983 se vivieron en la Argentina años de violencia criminal, tanto sea por parte del terrorismo de estado, como por parte de organizaciones guerrilleras tan cobardes como perdedoras, capaces de mandar al muere a los jóvenes que creían en sus consignas, mientras sus jefes "toman whisky con los ricos" o brindaban con Massera en Paris, arriesgando con sus modos de "foquismo integrista católico" toda una sociedad inerme a sus bombas y a sus pretensiones soberbias de vanguardia esclarecida.

En 1966, el más absurdo y menos explicable de todos los absurdos y poco explicables golpes militares de nuestra historia, derrocó al más honesto y eficiente presidente de la Nación Argentina: el Doctor Arturo Humberto Illía, abriendo una hendidura temporal de casi dos décadas que arrastraría muertos, torturados, secuestrados, exiliados, por miles, durante los sucesivos diecisiete años que incluyeron los tres años de gobierno democrático del último Perón, que convalidó el golpe de 66, y de su última señora esposa.

Nunca está de más recordar que el país de los campeones del mundo mundial una vez tuvo como presidente constitucional a una señora que el general conoció como "bailarina" en un burdel de Centroamérica.

Durante el gobierno constitucional del peronismo se labraron los decretos que autorizaban a las fuerzas armadas a "aniquilar a la subversión". Y le voy a agregar una palabra que escuché de niño: "apátrida", porque en mi más tierna infancia, desde antes del 76, mis oídos que no estaban acostumbrados a la música maravillosa, estaban sí habituados a asociar las palabras subversión y apátrida desde la época de López Rega, un oscuro cabo de la federal devenido en titiritero de un país en llamas. Debe ser que así nos va cuando nos dejamos manipular por titiriteros o titiriteras, como un pueblo manso sin conciencia ni memoria.

En esa trajinada década del 60, un grupo de jóvenes universitarios de todo el país se identificó con los valores de la socialdemocracia, de la libertad, del respeto a la opinión del otro, rechazó de plano la violencia en todos sus marketineros colores e iniciaron una prédica solitaria o al menos minoritaria en medio del desierto. "Éramos ultra minoritarios". Sin embargo esa inmensa minoría, tejiendo telarañas desde sus entrañas, estableció un entramado de fervor que fue uniendo diversas localidades de todo el territorio nacional. Así se armó una organización juvenil nacional, que luego fue mutando desde las universidades y se replicó luego en los barrios y ciudades de toda la Argentina. Cuando se produjo el virtuoso intercambio entre la militancia universitaria y la barrial, y la organización territorial se estaba consolidando descubrieron que estaba faltando un catalizador, un líder nacional que los convoque y  aglutine.

Así fue que, según cuentan los testimonios que reviven esta historia, estos jóvenes pacifistas, idealistas, alejados de las tentaciones armadas y opuestos a toda dictadura, se encontraron cara a cara con un dirigente radical que tenía un discurso y una impronta diferente. Un visionario dispuesto a transformar desde adentro el partido que se conformaba con el segundo puesto o con el partido de "25 %". Estos jóvenes y Alfonsín compartieron de inmediato la vocación transformadora y mayoritaria en pos de la patria, el pueblo, la convivencia pacífica y armoniosa y la consigna fue: "elecciones libres, sin condicionamientos ni proscripciones". Había un solo derecho que tenían para ejercer los gobiernos no democráticos: IRSE.

¿Por qué la UCR? ¿Qué tenía de atractivo el viejo partido para convocar y reunir a este grupo de jóvenes dirigentes con vocación transformadora? Sencillo. Las grandes transformaciones requieren fuerzas mayoritarias y una de las fuerzas mayoritarias en la Argentina había sido parida por un militar que era afín a los fascismos europeos. Algunos de los jóvenes dirigentes eran hijos de tradicionales dirigentes de la UCR, otros no, pero lo que no les dejaba margen de duda en la elección era dónde no se quería estar: "Nosotros no dudábamos de la vocación mayoritaria y popular del peronismo, pero no queríamos tener nada que ver con un tipo que había sido hospedado por Franco en el exilio español y que tenía por secretario privado a López Rega"

Era difícil ser radical, abrazar la causa de la paz cuando hasta era más seductor tomar el camino de la acción directa. Este crucial encuentro entre Alfonsín y el puñado de jóvenes dirigentes define la Argentina de la actualidad: ésta que acarrea problemas arcanos pero que no cuestiona su sistema democrático nunca más.

No le falta su cuota de humor al documental brillantemente producido por la Fundación Alem para el repaso necesario de nuestra historia reciente. Recomendamos profusamente adentrarse en la problemática histórica que nos propone su contenido y la reflexión serena para encarar los tiempos que se avecinan.

Destaca el recorrido testimonial que la casa radical de varias ciudades se hubiera vuelto casa de refugio y contención para salvar vidas de militantes de varias corrientes políticas que encontraban en los dirigentes radicales la valentía necesaria para arriesgarlo todo por la vida del prójimo, del conciudadano, del otro espécimen de la misma especie amenazada por terrores varios. La UCR declama que protege la vida y protege la vida de toda persona.

La dimensión antropológica arquetípica reunió en el discurso y en la acción social y política a estos jóvenes y a Alfonsín, que militaron por los derechos humanos desde antes de conformar organizaciones ad hoc.

La prédica pacifista en el marco de la soberbia guerra de Malvinas encontró la voz solitaria del único dirigente de todo el arco político argentino en toda su coherencia, discutido por sus más cercanos pero acompañado por algunos de estos jóvenes: "La guerra no es el camino aunque tengamos razón, pero la guerra a la OTAN en este contexto es enviar a los jóvenes de nuestro país a una carnicería sin sentido".

Una vez más Alfonsín tuvo razón más allá del resultado de la contienda bélica que marcó sin embargo el fin de la dictadura, en retirada apresurada, fracasada política, social y económicamente. Solo dejaban muerte, desazón y una economía destruida y endeudada. Esa iba  a ser la herencia de la democracia recuperada. Como el pueblo de Israel por el desierto: nos esperaban cuarenta años de marcha por el desierto...

No se puede dejar de mencionar el episodio histórico que deriva en la investigación del terror y el juicio a las juntas militares, todavía con poder de fuego mientras la democracia los sentaba en el banquillo de los acusados. Mientras el otro partido "nacional y popular" pautaba la amnistía para todos los militares, Alfonsín junto a la mejor juventud lideraban una sociedad ávida de justicia. Estoy convencido que una sociedad sedienta de justicia fue la que inclinó la elección del 83 mucho más que el cajón de Herminio. Ya hemos visto que los escándalos de corrupción y crimen no le cambian el voto a los fanáticos. 

Es por eso que  mientras celebramos cuarenta años de democracia, consideramos fundamental el estreno de este documental "La Mejor Juventud": Mujeres y hombres protagonistas de la configuración de la actual democracia argentina, desde que era solo un sueño, una utopía, una esperanza irrealizable.

Gandhi, Luther King y La Mejor Juventud usaron herramientas similares y ganaron sus batallas con convicción y sin violencia.

Encomiable faena la de  Luis Quevedo y Sabrina Amejchet, rostros protagonistas que no aparecen en cámara pero que fueron hacedores, interlocutores, tejedores de relatos impactantes y reveladores: La Mejor Juventud es un documental que recoge valiosos testimonios históricos de un puñado de jóvenes que entre 1966 y 1983 intentaron, no en vano, configurar una democracia verdadera y definitiva, dejando atrás y para siempre la era de los golpes militares en Argentina. Se los define sin exagerar como hacedores de una epopeya. Fueron capaces de sostener un discurso mesurado, revolucionariamente pacifista en medio de la violencia y de la muerte, comprometiéndose en la defensa de la institucionalidad que era lo mismo que defender las vidas de otros, fueran del signo que fueran.

Defender la democracia no es solo defender un método de elección de representantes: defender la democracia es defender la vida.