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Opinión 23 01 2021

Teoría y práctica de una vieja forma de resistencia


Autor: Sabrina Ajmechet









El 20 de marzo de 2020, el presidente Alberto Fernández decretó la cuarentena en todo el territorio nacional. Ese día empezó uno de los confinamientos más largos del mundo. Se cerraron las escuelas, se bajaron las persianas de la mayoría de los negocios, se hizo una lista de trabajadores y actividades esenciales y al resto de los argentinos se les ordenó quedarse en casa. Todos los países pasaron por situaciones similares en el contexto excepcional de la pandemia, aunque algunos lo hicieron de forma más prolija. En algunas naciones, los gobernantes prefirieron el camino de las recomendaciones a la población, en conversación con una ciudadanía que se juzgó como responsable y capaz de comprender las consecuencias de sus actos. En otros lugares, las autoridades desestimaron el virus y dieron ejemplos que fueron desde negar su existencia, prohibir que se hablara y publicara sobre el Covid o predicar que el virus no llegaría allí porque a ellos Dios los cuidaba. Nuestro país estuvo entre aquellos que optaron por un padre fuerte que diera órdenes, limitando las libertades de la población y sin muchos más planes que encerrarnos hasta que pasara el vendaval.

Este conjunto de decisiones fue construyendo el escenario que llevó a Juan José Sebreli a plantear en un programa de televisión, a fines de mayo, que la población argentina debía recurrir a la desobediencia civil. 

La declaración generó tanta polémica que muchos le pidieron al ensayista que renunciara a un respirador en caso de enfermarse y necesitarlo. Los ataques no se centraron en discutir la idea sino en intimidar a quien lo propuso. Sin embargo, lo interesante es que luego de expresarlo en televisión, Sebreli sí quiso repensar y desarrollar su propuesta y lo hizo junto a Marcelo Gioffré en el libro Desobediencia civil y libertad responsable, que recientemente publicó la editorial Sudamericana. 

En un debate público ganado por la urgente coyuntura y la perezosa discusión enmarcada en la grieta, los lectores agradecemos la aparición de un texto reflexivo que se sumerge en un ejercicio de reconstrucción teórica que acerca las ideas de grandes pensadores para reflexionar sobre los acontecimientos actuales. Eso es lo que hace el ensayo en los primeros capítulos, en los que define el concepto de "desobediencia civil" para luego estudiarlo a lo largo de la historia. 

La desobediencia civil es definida no solo como un derecho sino incluso como una obligación de una ciudadanía responsable. Los autores parten de la definición de desobediencia civil de John Rawls ("un acto público, no violento, consciente y político, contrario a la ley, cometido con el propósito de ocasionar un cambio en la ley o en los programas de gobierno") para argumentar que en un contexto democrático como el argentino, cuando un presidente da órdenes que atentan contra los intereses de los individuos, la mejor respuesta es ignorar estas órdenes. 

La desobediencia civil es entendida, entonces, como una figura propia de los gobiernos democráticos, que es realizada públicamente, de forma no violenta, como un desafío a medidas injustas e irracionales tomadas por las autoridades políticas. El llamado de Sebreli en televisión fue a que todos los comerciantes abrieran sus locales, resistiéndose así a la prohibición. Durante aquellos días tuvimos la oportunidad de ver algunos actos que podemos caracterizar como desobediencia civil, como la decisión de Sarita de tomar sol en tiempos de encierro y la del atleta Ariel Suárez, el remero que decidió salir al río en Tigre consciente de estar violando la cuarentena. La gran diferencia es que aquellos habían sido hechos aislados y lo que propuso Sebreli fue una acción coordinada que uniera a los argentinos en esta forma de resistencia. 

La figura de la desobediencia civil es propia de la modernidad. A partir de la idea de que los individuos hicieron un pacto con el Leviatán -para proteger su vida, su propiedad y otras libertades a cambio de obediencia-, se plantea que si se da el caso en el que el Estado desatiende el cuidado de los ciudadanos o se excede en sus atribuciones, entonces, los ciudadanos pueden desandar el contrato social. 

Sebreli y Gioffré se permitieron jugar y pensar la desobediencia civil en la Antigüedad, tomando las acciones de Sócrates y de Antígona como ejemplos. Ante esta propuesta se convierten en necesarias dos preguntas ¿Existe la figura del individuo en la antigüedad? ¿Es posible pensar en desobediencia civil sin que existan los individuos? 

En el apartado siguiente, la desobediencia civil es estudiada en la modernidad, a partir de la conceptualización de John Locke y las acciones de Henry Thoreau. En la tesis contractualista de Locke está explícita la posibilidad de la desobediencia civil y Thoreau decidió llevarla a la práctica cuando se negó a pagar impuestos, argumentando que no financiaría un Estado que estaba en guerra con México y que aceptaba la esclavitud. 

Acudiendo a pensadores contemporáneos, de Rawls y Ronald Dworkin a Norberto Bobbio y Giovanni Sartori, los autores teorizan sobre la libertad responsable y, siguiendo a Jürgen Habermas, plantean a la desobediencia civil como un valor estabilizador de la democracia, que enriquece y mejora la calidad de las instituciones. Para esto, por supuesto, se necesita de una sociedad civil activa y responsable de sus actos. 

Luego de esta reconstrucción es posible preguntarse sobre la propuesta inicial de Sebreli. Los casos de desobediencia civil son todas acciones individuales. El recorrido teórico nos hace difícil pensar a la desobediencia civil como una acción colectiva, entre otras cosas porque necesita de un comportamiento ejemplar que sabemos que las personas aisladas son capaces de tener pero que en la irracionalidad propia de las masas se diluye. ¿Es posible hacer un llamado a la desobediencia civil que implique una participación social extendida?

El capítulo siguiente recorre los eventos que se sucedieron en el país durante la cuarentena. La narración sistematizada de todos ellos resulta impactante y permite preguntarse cómo es que los ciudadanos argentinos aguantamos tanto. 

Nos encontramos con un país que transita una crisis que no tenemos sospecha de cómo se podrá superar. Las libertades y los derechos que se buscaban recuperar hace unos meses mediante la propuesta de Sebreli de desobediencia civil fueron, en su mayoría, reestablecidos. Hoy los negocios tienen sus puertas abiertas, no se necesitan salvoconductos para circular y es posible movilizarse dentro y fuera del país siguiendo protocolos. Posiblemente la gran deuda pendiente que quede es la de la presencialidad educativa, que veremos en los próximos meses cómo se resuelve. La desobediencia civil nos podría haber ahorrado tiempo y dinero pero, sin ejercerla, hemos recuperado la mayoría de nuestros derechos y libertades. 

El diario del lunes nos permite decir que no se mostró necesaria una desobediencia civil pero, al mismo tiempo, es indudable que nuestro país sería un lugar mejor si nosotros como ciudadanos estuviéramos más atentos, fuéramos más exigentes y responsables y no aceptáramos con tanta facilidad limitaciones a nuestras libertades individuales. Nos ayudaría a conseguir instituciones más sólidas y forzaría a los gobernantes a estar a la altura. Por eso, se celebra una propuesta disruptiva y meditada como la de Sebreli y Gioffré.

Publicado en La Nación el 22 de enero de 2021.