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11 07 2020

Roberto Bavastro: "El 'viento de cola' que envalentonaba a Trump, hoy le da 'de frente' como un tsunami"


Autor: Esteban Lo Presti









Iniciada la carrera presidencial en Estados Unidos, conversamos con Roberto Bavastro politólogo (UBA) y M. Phil in Latin Amercan Studies (Oxford). Actualmente es profesor de Sistemas Políticos Comparados y de Política Latinoamericana en la Carrera de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires.


Pese a que aun continúa la crisis del COVID-19 en Estados Unidos, el país se mete de a poco en la recta final de cara a las elecciones de noviembre. ¿Será en definitiva un duelo entre el establishment partidario demócrata y el outsider presidente republicano o ya podemos considerar a Trump parte del establishment?

Habrá que ver si ya podemos considerar que pasó la crisis del COVID-19 y se pueden evaluar sus impactos de cara a las elecciones de noviembre. Menos del 40% aprueba la gestión de Trump respecto del manejo de la pandemia y un poco más del 50% no apoya su administración del gobierno. Los rebrotes, y particularmente el del Estado de Florida, pueden terminar siendo aún más decisivos para el resultado electoral. Florida y Arizona prometen ser estados clave y para Trump será crucial retenerlos si pretende tener chances de ganar.

Particularmente no creo que podamos considerar a Trump como parte del “establishment”. Su liderazgo se focaliza en rechazarlo explícitamente. Sin duda que su estrategia electoral seguirá basada sobre ese contraste aprovechando que su rival será Joe Biden, un “establishment de pura cepa”. Es más, hoy, me parece muy importante resaltar que el propio “establishment republicano” va tomando una distancia creciente de Trump y, cada vez, cuestionan más abiertamente la conveniencia de su reelección.

Si la élite republicana empieza a converger hacia la moderación dentro y fuera del partido, a pesar de la candidatura de Trump, será una buena noticia para el sistema político estadounidense. Obviamente sería una estrategia partidaria que defecciona frente a su propio candidato y, por ello, muy riesgosa para la élite del Partido Republicano. Un verdadero dilema para proyectar el futuro del partido: volver hacia la moderación o seguir apostando por más radicalización. Paradójicamente, el mayor riesgo para esta estrategia sería el triunfo de Trump en noviembre y no su derrota.

Las protestas que se sucedieron hace algunas semanas, luego del asesinato por parte de la policía de George Floyd ¿tendrán influencia en el proceso electoral? ¿Era, en este sentido, Sanders, un candidato rupturista, el preferido de Trump para el duelo?

Diría que influye mucho sobre el perfil que ya tiene cada votante, esto es reafirmando sus preferencias. No me parece que su impacto lo vayamos a observar sobre la posibilidad de realineamientos del voto. La consigna “Black Lives Matter” representa la divisoria de aguas de un clivaje muy añejo y profundo de la sociedad estadounidense. Sí, estimo que debería tener un impacto movilizador sobre la participación del electorado independiente y, sobre todo, en el votante demócrata.

Para el Partido Demócrata será clave que esta “efervescencia” se canalice a través de una amplia participación electoral en noviembre. Gran parte del éxito en la carrera presidencial de Biden parece jugarse en lograr obtener un nivel alto de concurrencia en las urnas. Mantener movilizado a su electorado y comprometido a su base partidaria es crucial. El problema aquí es que la estrategia más eficiente a estos efectos no sería precisamente la moderación que muestra el liderazgo del candidato demócrata.

Sin duda que Bernie Sanders representaba una candidatura más rupturista y potencialmente más estimulante para las bases demócratas y el electorado independiente. También significaba apostar por una mayor polarización y confrontación, terreno en el que Trump se mueve más cómodo. Sin embargo, me parece que la radicalización extrema ya no es la estrategia más eficaz a desplegar camino a noviembre. Con el impacto de la pandemia y el pésimo manejo de Trump, sumado a su extrema verborragia y su desprecio por las consecuencias sobre la salud de la población, diría que se ha configurado un escenario mucho más propicio para los liderazgos moderados, consensuales y equilibrados. Y esto lo representa Joe Biden mejor que ningún otro.

Por otra parte, es probable que la preferencia del actual presidente sea confrontar con Sanders y así radicalizar al extremo su campaña agitando el fantasma del socialismo y la influencia China. Sin embargo, enfrentar a un hombre ya probado, como el exvicepresidente, perteneciente al “clásico establishment” a Trump también le queda como anillo al dedo.

Se especula sobre quién acompañará en la fórmula demócrata a Biden, teniendo en cuenta además un factor importante que es la edad del candidato. ¿Qué tipo de fórmula sería más competitiva, una compartida con el establishment representado por Hillary Clinton, otra que salga en la búsqueda del voto blanco de las ciudades costeras con Bloomberg (que además implicaría flujo de fondos para la campaña) o una que busque la unidad partidaria sumando a alguno de los exprecandidatos o nuevas figuras más inclinadas hacia la izquierda? ¿Tallará también en la misma el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, luego de su rol en la administración de la crisis que sufrió, especialmente, el Estado de Nueva York? 

El gran desafío para los demócratas será poder articular una agenda de campaña doméstica lo suficientemente ambiciosa que le permita a sus candidatos diferenciarse de los republicanos pero sin caer en la radicalización. Y, en contraste, aprovechar los “issues” de política exterior como espacio de confrontación, donde parece más fácil disputar con el extremismo trumpista. Esto le podría permitir a Biden no sólo incomodar a Trump reduciendo su margen de maniobra sobre el manejo de la agenda de campaña sino también obligarlo a disputar en un campo electoral más “centrista” donde menos efectivo parece ser su liderazgo.

Respecto de la fórmula demócrata en sí, hoy realmente no sé cuál sería la más competitiva. Tal vez, tanto Elizabeth Warren como Andrew Cuomo podrían aportar algo más de perspectiva a futuro, un aire de renovación partidaria más allá de sus edades. La prioridad de Biden podría ser proyectar como vice a una figura que le sume para sostener a las bases del partido activas y enfocadas en lograr la mayor participación electoral posible. En otras palabras, un factor clave debería ser elegir mirando hacia adentro del partido. La conquista del votante más independiente la veo más condicionada por el impacto negativo que produce Trump y la movilización real de ese voto para noviembre depende también del grado de empatía que logre transmitir el candidato y el aparato demócrata.

Te decía antes que la radicalización y polarización extrema ya no me parecía la estrategia más efectiva para la campaña, pero el impacto que aún tiene la pandemia, con la creciente incertidumbre sobre el corto plazo, hace que toda estrategia de campaña sea muy incierta, una verdadera moneda al aire.

Si las elecciones fuesen hoy, tanto las encuestas como el conteo de delegados al Colegio Electoral, anticipan una derrota del presidente, quien estaría perdiendo en Estados clave, entre ellos Florida, que en 2016 lo había catapultado al triunfo. ¿Puede darse una recuperación económica en pocos meses que le permita revertir esta situación? 

Estamos a cuatro meses de las elecciones de noviembre y si miramos sólo cuatro meses atrás, febrero 2020, el presidente Donald Trump era casi el número puesto. En ese momento, los republicanos estaban prácticamente alineados sin fisuras detrás de su presidente que marchaba hacia la reelección. Por su parte, los demócratas sufrían realmente sus primarias enredados en un clima interno muy complicado, sobre todo para el actual candidato Joe Biden.

Considerando que un factor totalmente ajeno e imprevisible como la presente pandemia produjo semejante impacto en tan breve lapso de tiempo, no podemos dar nada por sentado. Sin embargo, no parece muy probable que en sólo cuatro meses los efectos de un potencial resurgimiento económico pueda realinear los planetas para Trump.

La crisis económica, la disparada del desempleo, los miles de muertos y la impericia en el manejo de la pandemia por parte del gobierno federal genera un escenario electoral muy atípico. Además, las consecuencias de los rebrotes de COVID-19 están afectando a estados clave como el de Florida. El “viento de cola” que envalentonaba al presidente hace sólo cuatro meses, hoy le da “de frente” con un tsunami.

Siguiendo con Florida, en 2000 las trampas electorales de los republicanos y los errores estratégicos de Clinton para resolver la crisis del niño balsero, Elian, y en 2016 el acercamiento de Obama a Raúl Castro, llevaron a que el electorado latino de ese distrito se volcara por Bush y luego por Trump. Sin embargo, hoy pareciera que es el magnate hotelero quien da señales zigzagueantes ¿Cuánto influirá en el electorado latino?

Según algunos sondeos, el nivel de desaprobación de Trump entre los votantes latinos alcanzaría al 70%. Si esta tendencia se sostiene entre los electores latinos, parece muy difícil que el presidente pueda revertir la situación y hasta parece difícil que pueda empeorar. Tal vez la clave está en observar si el efecto sobre del voto latino sea la indiferencia y la no participación o el enojo y el “voto castigo”. Esto no sólo podría sellar el destino electoral de Trump sino comprometer seriamente el poder territorial republicano en un estado tan disputado y el futuro del gobernador Ron De Santis. Recordemos la singularidad que mantiene la elección presidencial norteamericana con su Colegio Electoral, donde un solo voto de diferencia a favor de un candidato significa obtener todos los electores de ese Estado. Florida siempre es una carta fundamental de triunfo para cualquier candidato sea republicano o demócrata.

Biden aparece "haciendo la plancha" en este tramo de la campaña. ¿Podrá mantenerse así en las próximas semanas o la cercanía con las convenciones y los debates lo llevará a involucrarse en definiciones y temas complicados?

Si Trump perdió alrededor del 15% de apoyo entre los evangélicos y algo más del 25% entre los votantes blancos católicos, como algunas encuestas señalan, existirá un fuerte incentivo para que radicalice su verborragia en la búsqueda de reposicionarse ante su electorado. Este escenario le metería presión al presidente para redoblar sus apuestas, cosa que a Trump le encanta hacer, pero también lo expondría al riesgo de potenciar sus errores ante la necesidad de salir a recuperar el terreno perdido.

Esto le podría otorgar a Biden una fortaleza importante a la hora de calibrar el “timming” de su campaña, ya que le quitaría presión para adelantarse en fijar posiciones en temas controversiales y tendría la oportunidad de evaluar y elegir sobre qué errores de Trump golpear.