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Opinión 11 11 2020

¿Resistir en la Casa Blanca? Furia y depresión en la hora final de Nixon


Autor: Alberto Amato









¿Y si Donald Trump decide atrincherarse en la Casa Blanca, desconocer el resultado de las elecciones y permanecer a como dé lugar en su cargo? ¿Y si llama en su auxilio a las fuerzas armadas y rodea la Casa Blanca con tanques y tropas para prevenir lo que considera un golpe de Estado? Lo puede hacer si le chifla el naranjo, valga la alegoría.

Si lo hace, ni siquiera se alzaría con el dudoso privilegio de ser original. Richard Nixon ya lo hizo en agosto de 1974, cuando decidió resistir a cualquier precio presentar su renuncia, acosado por las derivaciones del escándalo Watergate, y eludir el juicio político que estaba por votar el Congreso. En aquellos dramáticos días, una semana decisiva entre el 1 y el 8 de agosto, Nixon, deprimido, furioso, alcoholizado, empastillado y durante algunas horas incoherente, sólo escuchó las voces de dos de sus funcionarios más cercanos: la de Henry Kissinger, secretario de Estado y algo más que su mano derecha, y la de Alexander Haig, aquel general que fue falso mediador de Ronald Reagan durante la guerra de Malvinas de 1982, pero que entonces era el jefe de gabinete de Nixon.

Hoy, algún funcionario importante del gobierno de Trump, una voz a la que el presidente respete y escuche, si es que esa voz existe, deberá decirle de la mejor forma posible que se tiene que ir; no ahora, no mañana, pero para el 20 de enero, que es cuando asumirá el presidente electo Joe Biden, tiene que estar mudado de la Casa Blanca; es más, es mejor que empiece a embalar en estos días. A Trump no lo acosa ni la Justicia, ni el Congreso: perdió las elecciones.

Nixon coqueteó con la idea del suicidio hace 46 años. Quienes lo escucharon dudaron si hablaba en serio o era otra de sus tantas mentiras. La historia la reveló Haig después de una charla a solas con el presidente y en uno de esos raros actos de contrición a los que Nixon era afecto en aquellas horas finales. Abatido, empezó a hablarle a Haig sobre la costumbre de los generales romanos deshonrados, que se arrojaban sobre una espada que sostenía un lugarteniente. “En el negocio de ustedes –dijo Nixon a Haig– tienen una forma de manejar problemas como éste: alguien les deja una pistola en el cajón”. Haig estaba sorprendido y aterrado. Nixon agregó: “Pero yo no tengo una pistola”. El temor de una tragedia también alcanzó a su familia, en especial a su hija Julie y a su marido, David Eisenhower, hijo del ex presidente, que hoy tiene 72 años: ambos temían que Nixon se suicidara.

¿Por qué estaba acorralado Nixon, a punto de ser sometido a juicio político y sin otra decisión posible que la de ser el primero presidente de su país en renunciar? En junio de 1972 un grupo de delincuentes al servicio de la Casa Blanca invadió las oficinas del partido Demócrata en Washington, en el edificio Watergate, para colocar micrófonos y “pinchar” teléfonos. Los descubrieron, los encarcelaron, admitieron, uno de ellos, que trabajaba para la CIA y, otro, para el Comité de Reeleción del Presidente, conocido como CREEP. Los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein, del Washington Post, desentrañaron la trama del escándalo mientras Nixon era reelecto para un segundo mandato, en noviembre de aquel 1972. Woodward y Bernstein son autores de un libro fantástico, “Los días finales”, que refleja con particular dramatismo las últimas horas de Nixon en la presidencia.

Investigaciones posteriores revelaron que Nixon, que grababa toda su actividad en la Casa Blanca, había ordenado que el FBI dejara de investigar el caso Watergate porque afectaba la seguridad nacional y porque tenía graves implicancias políticas. Lo hizo el 23 de junio de 1972, pocos días después del asalto al edificio Watergate, y la cinta con aquella grabación había llegado al juez del caso, John Sirica. Una transcripción de esa grabación estaba en el Congreso, que debatía si sometía o no a Nixon a juicio político, por obstruir la investigación judicial.

En el medio, Nixon había mentido a todo el mundo, incluso a Kissinger y a Haig: les había dicho que no conocía el contenido de la grabación, a sabiendas de que Kissinger y Haig tampoco la conocían. Cuando lo hicieron, cuando supieron de qué se trataba, ambos empezaron a preparar la transición, sin haber convencido a Nixon de que tenía que renunciar, pero convencidos ellos de que Nixon ya no tenía futuro. Haig empezó a reunirse en secreto con el sucesor de Nixon, el vicepresidente Gerald Ford. El 1 de agosto, Kissinger había empalidecido al leer las transcripciones de la cinta y al saber que varios funcionarios de la Casa Blanca ya la conocían: “¿Desde cuándo saben ustedes todo esto?”, preguntó demudado.

Ese día, Haig había cruzado West Executive Avenue en dirección al salón Oval para encarar a Nixon. Le dijo que había leído el contenido de la cinta del 23 de junio y que coincidía con sus abogados: era una prueba fatal para el Presidente. Demostraba que había sido consciente del rol de sus funcionarios en la planificación y cobertura del asalto al edificio Watergate, y de los esfuerzos hechos, por su orden, de impedir la investigación judicial. Siguieron entonces seis días dramáticos, en especial los últimos cuatro, en los que Nixon se encerró en la Casa Blanca.

El 6 de agosto, uno de los consejeros de Nixon, Edward Cox, dijo estar preocupado por la salud mental del Presidente: “No duerme por las noches y ha estado bebiendo mucho. Anoche lo vieron andar por los pasillos de la Casa Blanca: hablaba con las fotos de los ex presidentes que hay colgadas en las paredes”. Esa noche, según la versión de Haig, varios funcionarios de Defensa y de la Casa Blanca temieron que Nixon ordenara rodear la residencia con tanques y blindados de transporte, en apariencia para proteger la mansión de actos de desobediencia civil, pero también para alzar una barrera que le permitiera permanecer en el interior en el caso de su destitución ordenada por la Corte Suprema o el Congreso. Otras fuentes sostienen que ésa fue, en realidad, una idea de Haig, que temía un “golpe de Estado por parte del Congreso”. Kissinger terminó con todos esos delirios.

Nixon, finalmente, admitió que debía renunciar. Antes, gestionó un “perdón” que le fue concedido por el flamante presidente Ford apenas 31 días después de su renuncia y gracias a la diligencia de varios funcionarios que, con los años, ocuparían puestos de privilegio bajo el presidente George W. Bush, como Donald Rumsfeld.

En la alta noche del 7 de agosto, un día antes de anunciar su renuncia, Nixon quiso hablar a solas con Kissinger. Lo recibió borracho y llorando. Quiso saber cómo lo iba a recordar la historia. Kissinger, revelaría luego, no sabía qué decir, ni qué hacer. “Henry –le dijo– vos no sos un judío ortodoxo y yo tampoco soy un cuáquero ortodoxo. Creo que ambos necesitamos rezar”. Y cayó de rodillas. Vacilante, Kissinger también se arrodilló. En voz alta, Nixon pidió a Dios ayuda, paz, descanso y amor, mientras Kissinger se preguntaba en silencio cómo un presidente y un país pueden verse destrozados por mentes tan pequeñas. Nixon anunció su renuncia al día siguiente y la hizo efectiva el 9 de agosto: un breve texto de dos líneas dirigidas a Kissinger, que la recibió a las 11.35.

¿Se atreverá Trump a hacer lo que Nixon no hizo? ¿Podrá atrincherarse en la Casa Blanca, recurrir a las fuerzas armadas, desconocer el resultado electoral, plantar batalla en la Justicia, recurrir a la Corte y aniquilar el sistema constitucional? Sus infantiles denuncias de fraude, sus balbuceos que afirman que “sucedieron cosas malas que mis observadores no pudieron ver”, su tono provocador y su ira apenas contenida hablan, si no de la misma debilidad psicológica de Nixon en aquellos días febriles, de un desbarranque parecido.

Es verdad que, al lado de Trump, Nixon es Talleyrand. También es cierto que el general Haig está muerto y que Kissinger tiene 97 años y está retirado. O casi.

Publicado en Clarín el 9 de noviembre de 2020.