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Opinión 04 07 2022

Progresismo e integración regional


Autor: Carlos Malamud









Según parece, o nos cuentan, estamos ante un nuevo giro a la izquierda, una nueva “marea rosa” en versión anglosajona. De modo que la alternancia, que debería ser una norma democrática, se convierte en excepcional y en su lugar se apuesta por cambiar el rumbo de la historia.

Pero, no pretendo discutir las virtudes o defectos de las democracias latinoamericanas sino las opciones concretas de avanzar en la integración regional, un tema que últimamente se aborda insistentemente.

El razonamiento que apoya la idea de que ahora sí se podrá cerrar el círculo de la integración es la certeza de una mayor homogeneidad política e ideológica. Dicho en lenguaje coloquial, ahora que estamos en el mismo club, ahora que pensamos de forma similar, la “patria grande”, el gran sueño de Simón Bolívar, debería estar al caer.

De Gabriel Boric a Gustavo Petro, pasando por Andrés Manuel López Obrador y Alberto Fernández, los dos últimos presidentes pro tempore de CELAC, todos los nuevos mandatarios auto reconocidos progresistas, han insistido en las virtudes de la integración y en la necesidad de completar el proceso. Incluso López Obrador, movido por su carácter reflexivo y de forma voluntarista, sin consultar con sus colegas, ha decidido ampliar el foco para que la integración sea hemisférica.

Ello implica incluir a EEUU y Canadá, pero no solo. El presidente mexicano también sugirió seguir el modelo de la Unión Europea (UE). Ahora bien, ¿sería posible que la Administración Biden, o cualquier otra, iniciara semejante proceso, un proceso que no controlara de forma completa y con socios no del todo fiables? Absolutamente no.

Llegados a este punto sería bueno recordar que una situación similar se vivió en la primera década de este siglo, cuando bajo el impulso bolivariano y con el liderazgo de Hugo Chávez también se impulsó la integración regional. Una integración que debía ser más política que comercial, de ahí el frontal rechazo al ALCA y a cualquier forma de libre comercio, pero integración al fin y al cabo.

Con ese objetivo en mente surgieron diversas instituciones, como el ALBA, la UNASUR y la CELAC, probablemente las más importantes. Pero, más allá de la contradicción flagrante que suponía impulsar un mecanismo de alcance latinoamericano y otro sudamericano (que excluía a México, América Central y el Caribe), los avances en esta materia fueron modestos. Incluso la mayoría de las instituciones que debían impulsarla entraron en crisis.

Cuando más se insistía en la necesidad de integrarse, surgieron más conflictos bilaterales que nunca. Unos conflictos que ya no respondían a la lógica de las disputas limítrofes, sino a cuestiones económicas y políticas. Paradójicamente, muchos de estos enfrentamientos se dieron entre gobiernos de izquierda.

Entre otros, el caso de las papeleras entre Argentina y Uruguay, la nacionalización de la refinería de Petrobrás que enfrentó a Evo Morales con Lula, la disputa por los precios y la distribución de la electricidad generada por Itaipú (Lula y Fernando Lugo), o el conflicto diplomático entre Michelle Bachelet y Chávez por Radio Caracas Televisión (RCTV).

Si entonces no se pudo concretar la integración, pese a la influencia de Bolívar, al liderazgo de Chávez y a la bonanza de las materias primas y los petrodólares venezolanos, ¿por qué hoy sí? ¿Por qué los progresistas podrán hacer lo que los bolivarianos no supieron? Se podría argumentar que ahora México está en el mismo barco, lo que entonces no ocurría.

Siendo esto cierto hay que recordar que, de momento, Brasil está ausente (incluso abandonó la CELAC). Y si bien es posible su reincorporación tras el probable triunfo de Lula en octubre, nunca las relaciones entre las dos potencias regionales fueron sencillas.

Una serie de dificultades añadidas complican avanzar en la integración, comenzando por la fragmentación regional y la heterogeneidad de los gobiernos, incluyendo a la propia izquierda.

Tampoco se puede olvidar la difícil situación económica y la falta de liderazgo. Algunos, con buena voluntad, creen que López Obrador puede jugar este rol, independientemente de su proximidad a EE.UU. También aparecen nombres alternativos, como Boric o Petro, aunque ambos deberán atender más a sus problemas internos que a las cuestiones regionales.

Lo que ocurre con este nuevo “giro” es la repetición de una vieja tendencia latinoamericana a tropezar siempre con la misma piedra. Mientras no se entienda que la integración regional no es cuestión de ideologías, tanto da si son de izquierda o de derecha (véase el fracaso del Prosur), se seguirá encerrado en el laberinto de la soledad.

Solo cuando se pongan sobre la mesa los verdaderos intereses nacionales en juego, y se busque armonizarlos huyendo de la retórica, será posible avanzar por ese camino. Un camino que, más allá de los perniciosos nacionalismos latinoamericanos, exige ceder cuotas de soberanía a instituciones multilaterales que garanticen la integración regional.

Publicado en Clarín el 2 de julio de 2022.

Link https://www.clarin.com/opinion/progresismo-integracion-regional_0_ZGtxXhhZg6.html