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18 04 2020

Para pensar un mundo feliz


Autor: Alejandro Garvie









Estamos encerrados voluntariamente, algunos disfrutando de la pereza, con más o menos culpa. Tan voluntariamente como muchas de nuestras acciones cotidianas anteriores a la pandemia. Paul Lafargue ironizó sobre estas cuestiones en una Europa que cambiaba a pasos agigantados.

El que sigue no es un elogio a las ideas de Lafargue, sino a una forma disruptiva de pensar, el modo que la hora señala como perentorio para afrontar la crisis mundial actual.

Nacido en Santiago de Cuba, hijo de un hacendado francés y una mestiza haitiana, Paul Lafargue llegó a Francia, en 1851, para estudiar el secundario y luego Medicina –carrera que terminaría en Londres y que nunca ejercería. Su vocación fue la política. Seguidor inicialmente del anarquista  Pierre Proudhon y protagonista activo de la Comuna de París, conoció a su admirado Carl Marx y se casó con Laura, una de las tres hijas del autor de El Capital. Volvió a París en 1880, donde llegó a ser diputado por el Partido Socialista en 1891.

Periodista y escritor, su obra más conocida, estudiada y comentada es El derecho a la pereza, transformada en lectura obligada entre partidarios y críticos del movimiento obrero europeo de finales del siglo XIX, y considerada una sátira del mundo laboral que plantea la posibilidad de un comunismo hedonista. Lafargue asegura que una sociedad emancipada no es aquella en la que se debate el derecho al trabajo, sino aquella donde se discute el derecho a la pereza, entendida en el sentido del ejercicio libre del culto a la ciencia, al arte y al entretenimiento. Escogió el término pereza como provocación, elevándolo a la categoría de derecho humano. Sus propuestas están muy emparentadas con las que se proponen hoy para solucionar los problemas de desempleo: disminuir las jornadas de trabajo y permitirle a los asalariados un mayor tiempo de esparcimiento. O disponer de un salario universal, de modo que la dignidad de las personas no dependa del trabajo que puedan conseguir. Toda nuestra sociedad está basada en el trabajo, tal cual lo concebimos hasta acá. Y cuando digo “toda” me refiero desde el capitalismo hasta el modelo chino o el ex modelo soviético, todos basados en la cultura del trabajo y en la alocada carrera por la supremacía tecnológica.

Para Lafargue, “una extraña pasión invade a las clases obreras en las que reina la civilización capitalista; una pasión que en la sociedad moderna tiene por consecuencia las miserias individuales y sociales que desde hace siglos torturan a la triste Humanidad. Esta pasión es el amor al trabajo, el furibundo frenesí del trabajo. La locura no es otra cosa que la devoción por el trabajo y agrega que “En vez de reaccionar contra esta aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas han sacralizado el trabajo”.

“En vez de aprovechar los momentos de crisis para una distribución general de los productos y una holganza y regocijo universales, los obreros, muertos de hambre, van a golpearse la cabeza contra las puertas del taller. Con rostros pálidos, cuerpos enflaquecidos, con palabras lastimosas, acometen a los fabricantes”. Lafargue observa que en las crisis de sobreproducción gran cantidad de productos se destruyen y arrojan al fuego para sostener un estado de necesidad y evitar que caigan sus precios de mercado. Porque finalmente, las personas trabajamos para obtener un beneficio, no por el mero hecho de producir algo que tenga utilidad social.

Por esta razón, todo nuestro sistema económico cruje, porque el aislamiento ha hecho que dejemos de trabajar, que la inmensa máquina se detenga y deje de dar ganancias que son distribuidas de forma desigual. Por eso optar por la vida (la salud), en vez de optar por la economía (la ganancia) es algo que tiene poderosos intereses en contra.

¿Podremos comenzar a pensar en un mundo mejor? Así como las aguas y los cielos recuperaron la claridad al detenerse parcialmente la máquina que todo lo enturbia, permitiendo ver cosas que antes estaban veladas, tal vez podamos ver cuáles son los cambios para un mundo mejor, tal cual mostrara Aldous Huxley en la distopía, escrita en 1931, a raíz de los grandes cataclismos de su época. La tarea será que esos cambios, impuestos hoy por la naturaleza con su virus, vayan en el sentido de la emancipación y la igualdad y no de la esclavitud y la desigualdad.