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Opinión 22 01 2020

Nisman, los "presos políticos" y el dilema de Milagro Sala


Autor: Marcos Novaro









Tras haber respaldado enfáticamente a Sabina Frederic y su pretensión de quitarle validez al peritaje de Gendarmería sobre la muerte de Nisman, Alberto Fernández adelantó que viajará a Israel, e hizo saber que lo del peritaje quedará en agua de borrajas. Habrán influido en su ánimo, seguramente, tanto factores internos (la desestimación de la hipótesis del suicidio que planteó Sergio Massa, entre otros), como externos (en particular la preocupación internacional porque el Estado argentino siga manoseando sin ton ni son un caso tan delicado).

¿Gana algo Alberto dejándose llevar para un lado o el otro según las presiones que recibe? En relación a Frederic es claro que seguirle los pasos no va a servirle de nada: a la antropóloga del CELS le bastó un mes de gestión para meterlo también en un ridículo entredicho con Sergio Berni, del que terminó siendo el primer damnificado; pero la culpa no fue sólo de la ministra, fue el mandatario quien no advirtió que le convenía tomar distancia del asunto y dejar que fuera el sector duro y cristinista de su gobierno el que cargara con el entredicho, y con los muy probables costos de una política que, es sabido, no fue la primera opción del presidente. Después él podría plantearle a Cristina: “Probamos con tu gente y así nos fue, ahora déjame probar con la mía”. 

Con el caso Nisman los riesgos son aún mayores para Alberto porque cualquier manoseo que quiera perpetrarse sobre el famoso peritaje va a ser, obviamente, muy dañino para su gobierno: será percibido aquí y en todo el mundo como señal de que pretende ocultar algo, y terminará dando aún más asidero a la hipótesis del homicidio. Un remedio peor que la enfermedad, nada que sorprenda viniendo del kirchnerismo. ¿Alcanzará un viaje a Israel para desactivar el estropicio?, ¿pretenderá Alberto convencernos de que Nisman fue a “medias asesinado”? 

También los “presos políticos” le vienen complicando al Presidente sus equilibrios, porque los interesados insisten en reclamar públicamente soluciones rápidas y exhaustivas a un asunto al que Alberto Fernández sólo podría hallarle una salida que no suponga altos costos para sí, administrando en reserva dosis graduales y pausadas de impunidad. 

La recepción que Alberto brindó a los organismos de derechos humanos en la Rosada, el lunes 13, durante la cual a las visitas les faltó poco para abocarse a exorcizar salones y despachos, aunque fue generosa en regalos, palmadas y sonrisas, resultó otra pésima jugada presidencial, al desnudar la tensión mencionada: el balance de la reunión fue un desacuerdo sobre cómo desmontar las causas de corrupción, que se volvió visible para la opinión pública, y del cual es fácil deducir que el gobierno no se niega a ser cómplice de la operación, pero pretende arrastrar los pies. Y, como en el caso de Nisman, no está nada claro si eso puede funcionar, y si funciona para algunos sí y para otros no, quién se lo va a agradecer. ¿Querrá Alberto que nos reconciliemos en la idea de que la corrupción fue “a medias inventada”? 

Lo peor fue que la ambigüedad presidencial invitó al kirchnerismo de paladar negro a intentar inclinar la balanza para su lado. Y el tono de sus reclamos públicos complicó aún más la estrategia oficial. Resultó particularmente ilustrativa al respecto Milagro Sala: “Si salgo Gerardo Morales no va a poder gobernar”, sostuvo. Y dejó sin querer a la vista cuál es el fondo del problema, y cuánto afecta al propio Alberto: no fue solo una amenaza para el gobernador radical, nadie va a poder gobernar si los violentos y corruptos son premiados de nuevo abiertamente con la impunidad. 

Entre los muchos favores que le hizo Macri al peronismo se suele destacar el de haber aumentado las tarifas y pagado el costo político, y devaluado la moneda para recuperar competitividad, también con su correspondiente costo político. También puede anotarse el haber impulsado el despido de los jueces más corruptos e impresentables, y alejado al país de Venezuela y demás experimentos autoritarios, ubicándolo de nuevo en una zona de convivencia con las democracias del mundo. 

Nada de todo eso se lo van a agradecer. Y tiene su lógica porque en todos esos terrenos también legó problemas. Pero lo más llamativo no es esa ingratitud, si no los casos en que aunque le hizo grandes favores, y el peronismo en su momento los celebró y hasta pidió mucho más, ahora se desdice y sostiene que el legado es horrible. Y él mismo se mete en un brete, porque ni puede volver para atrás en el tiempo, ni puede desentenderse de los problemas que Macri al menos empezó a ordenar y resolver. 

El terreno en que esto se ha vuelto más visible en estos días es el de las investigaciones impulsadas en la Justicia para castigar y en la medida de lo posible poner freno a las prácticas autoritarias, corruptas y violentas del kirchnerismo. 

Recordemos que entre 2015 y 2018 el peronismo que estaba entonces lejos de Cristina, casi todos los gobernadores, los sindicalistas, Sergio Massa, Alberto Fernández y muchos más, clamaba a los cielos que Macri hiciera algo para que Cristina terminara de una buena vez presa. Y hacía correr versiones de que no lo hacía para martirizarlos y tener más chances de seguir ganándoles las elecciones: Macri la usaba a Cristina como su enemiga ideal, la que nunca iba poder desbancarlo por cómo había terminado su gestión, en un resonante fracaso, y por la convicción generalizada de que había presidido una densa trama de corrupción; y como, de todos modos, retenía una buena cantidad de votos, era un obstáculo infranqueable para que creciera y triunfara un “peronismo renovado”, “republicano”. 

Vino la crisis, Cristina dejó de ayudar a Macri y ajustó su estrategia para derrotarlo, y el peronismo en masa se plegó a su juego. Ahora dice que Macri no hizo más que perseguirla usando el lawfare. Lo acusa de lo contrario que hasta 2018: no de haber intervenido para salvarla de la cárcel, si no de haber presionado para condenarla. 

Pero lo más interesante no es seguirle el rastro a las inconsistencias del peronismo en su pasado reciente, si no a las que se proyectan hacia delante: ¿realmente puede el peronismo tener algún futuro, y gobernar el país medianamente bien, si desmonta todo lo que hizo la Justicia en este terreno en los últimos años? La pregunta golpea directamente a Alberto porque él ha asumido compromisos muy amplios en este terreno, que no puede cumplir a menos que meta mano en forma alevosa en la Justicia, con el consecuente desprestigio de su joven administración; y que no le conviene tampoco tratar de cumplir, por los personajes y antecedentes que se cargaría en la espalda. 

Recordemos que uno de los gestos más fuertes de regreso al redil de parte del Presidente lo brindó cuando visitó a Milagro Sala, a fines de 2016, y la reivindicó como “perseguida”. Nadie más se atrevió a tanto: ningún gobernador, ni sindicalista, ni siquiera Moyano, ni Solá, ni Massa. ¿Midió entonces las consecuencias? Pensó que era un precio módico para llegar a presidente? Y lo más importante, ¿pensó en cumplir la promesa implícita en ese planteo, que habría que liberar, disculpar y volver a “empoderar” a los más tóxicos integrantes de la troupe k? 

Milagro se lo reclama: “Yo sí siento ser una presa política.,…. Con el nuevo Gobierno, tengo esperanza que cambie el viento del poder judicial y se termine el revanchismo para poder quedar en libertad". Según Sala, los vientos de la justicia van y vienen, porque no hay nada realmente importante y firme en ella, es solo una porción, y no la más importante, de un juego de relaciones de fuerza que se resuelve en lo esencial en otro lado, la calle, las urnas, los medios; los principios jurídicos, que alguien es culpable si mata, roba o estafa, no hay que tomárselos por tanto muy en serio, porque lo único serio es si gana “el pueblo” o gana “la contra”. No hace falta aclarar para dónde empujará el barco esta señora si sale en libertad y es reivindicada. Y las pocas chances que le quedarán a Alberto de empujarlo para otro lado. 

Si no fuera porque está todavía Morales en la gobernación de Jujuy, a los opositores tal vez les convendría que Alberto se animara y soltara a todos. Porque entonces se verificaría aquel temor que muchos peronistas moderados tenían hasta 2018, y del que creen falsamente que se han salvado: convivir con esas criaturas del proyecto K en libertad a los que más perjudicaría sería a ellos mismos. 

La Justicia independiente les ha hecho el enorme favor de sacárselos de encima, al menos parcialmente. Volver a cargárselos en la espalda sería darse un tiro en el pie: un terrible daño para la república, pero también para sus posibilidades de gobernar. No tendría lógica que se lo infligieran. Pero se sabe que muchas veces el peronismo, hasta el más razonable, hace oídos sordos a la lógica. Por ejemplo, cuando pretende ignorar que hay cuestiones en las que no se puede estar “en el medio”, porque no se compensan los manotazos a la causa Nisman con una visita a Israel, ni se equilibran las cosas si se pretende salvar a la mitad más cercana de los presos por corrupción, o a Cristina y sus familiares pero no a los que siguieron sus órdenes. Milagro Sala le recuerda esa lógica elemental: no se puede estar a medias embarazada, como no se puede tampoco estar a medias presa.

Publicado en www.tn.com.ar el 19 de enero de 2020.

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