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Opinión 28 10 2020

Néstor Kirchner y el inicio de una política exterior confrontativa


Autor: Mariano Caucino









A diferencia de Juan Perón, a Néstor Kirchner jamás le interesó la política exterior. Al menos hasta su llegada a la Presidencia. Las relaciones internacionales acaso le resultaban un hecho lejano y carente de rédito político inmediato, algo frecuente en los líderes políticos argentinos.

Pero el ejercicio del Poder Ejecutivo Nacional implica necesariamente la conducción de la indelegable facultad de dirigir la política exterior. El nuevo presidente heredó de Eduardo Duhalde un gobierno débil -había salido segundo en la primera vuelta electoral con tan sólo el 22 por ciento de los votos- pero en plena recuperación económica. Después de una larga recesión iniciada cuatro años antes y empujada por el aumento del precio de los commodities, la Argentina inició a fines de 2002 un ciclo de crecimiento que se extendería hasta la crisis global de 2008/2009. 

La nueva administración había recibido también la inconclusa negociación de la deuda pública. Ello se convertiría en su meta principal. Una política prudente y realista orientada a aquellos objetivos sería seguida durante sus dos primeros años en el poder. Ello lo llevó a conservar la mitad de los ministros que habían integrado el gobierno de transición, incluyendo al hombre clave del gabinete, Roberto Lavagna. 

La nueva administración declaró buscar una relación madura y respetuosa con los Estados Unidos. Para ello nombró como embajador a un hombre con prestigio: José Octavio Bordón. El 23 de julio de 2003 Kirchner fue recibido en la Casa Blanca por el presidente George W. Bush. Esta fue la primera y única visita de Estado realizada a la capital norteamericana durante las administraciones kirchneristas. 

En su primera presentación ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Kirchner hizo un fuerte cuestionamiento al régimen iraní y reclamó por la investigación de los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA. Esa postura sería mantenida en los años siguientes e incluso, durante la primera presidencia de su esposa, quien luego terminaría haciendo un polémico giro en la materia, al firmar el llamado Memorando de Entendimiento con la República Islámica de Irán en enero de 2013. 

Pero aquella política mesurada fue siendo progresivamente dejada de lado en pos de un alineamiento internacional que coincidió con una “época de oro” de la izquierda latinoamericana. Una pléyade de líderes de izquierdas llegaron al poder: Luis Inacio Lula da Silva, Ricardo Lagos, Hugo Chávez, Tabaré Vázquez, Rafael Correa, Evo Morales y Fernando Lugo. Rosendo Fraga anticipó entonces que la política exterior del nuevo presidente lo ubicaría “a la izquierda de Lula y a la derecha de Chávez”. 

Una temprana manifestación de ese fenómeno se presentó durante la estadía de Fidel Castro en Buenos Aires para asistir a la asunción de Kirchner. El dictador pronunció un interminable discurso en las escalinatas de la Facultad de Derecho: durante casi tres horas pontificó ante una multitud sobre las virtudes del socialismo. Más tarde volvió a su suite del Four Seasons, uno de los hoteles más caros de la ciudad. El flamante canciller Rafael Bielsa sostuvo dos días después que “no me atrevo a afirmar que en Cuba se violan los derechos humanos”. Poco después el subsecretario para Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado de los EEUU Roger Noriega graficó que la política argentina había dado “un giro a la izquierda”. 

Acaso actuando como una suerte de reverso del modelo de liderazgo de Carlos Menem, el patagónico optó por desplegar una política de confrontación. Ya como gobernador de Santa Cruz había sostenido una reluctante posición frente a los acuerdos de límites alcanzados con Chile durante los años 90. 

La política de confrontación se convirtió entonces en parte de un dispositivo tendiente a “construir poder”, después de dos presidencias débiles como fueron las de Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde. A su vez, al ser electo presidente, Kirchner era prácticamente desconocido. Incluso su mujer, Cristina Fernández, registraba un mayor conocimiento público gracias a una destacada actuación como Senadora Nacional. 

Fue así como Kirchner fue construyendo un discurso crecientemente confrontativo con las grandes potencias, a las que identificó como responsables de la profunda crisis económica que siguió al fin de la convertibilidad. Encontrar un culpable perfecto de todos los males llevaría a visualizar a ciertos países europeos como responsables por las privatizaciones de la década anterior. En su primer viaje a Madrid, durante una tensa reunión con empresarios, Kirchner impugnó las grandes ganancias obtenidas durante los años noventa. El presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), José María Cuevas, resumió que Kirchner había “puesto a parir a todos”. Más tarde el kirchnerismo entraría en conflicto con Francia cuando canceló el contrato de concesión a la empresa Aguas Argentinas, de capitales galos. La medida alteró el vínculo con el Elíseo. 

Otros conflictos también tuvieron como protagonistas a los países vecinos. La relación con Chile sufriría un duro golpe a comienzos de 2004 cuando el gobierno anunció intempestivamente recortes a las exportaciones de gas al país transandino. La medida implicaba desconocer los contratos firmados por las administraciones anteriores. 

Kirchner volvió a exhibir su “estilo” a fines de julio de aquel año cuando dejó “plantada” a la titular de Hewlett Packard Carly Fiorina. La ejecutiva esperó durante varias horas en la antesala del despacho presidencial hasta que, cansada de esperar, abandonó la Casa de Gobierno. Dos días antes, había sido recibida por el presidente Lula. Después del desaire del presidente argentino, voló a Santiago, donde se entrevistó con el presidente Lagos. 

Pocas semanas más tarde, Kirchner dejaría “plantado” nada menos que al presidente de la Federación Rusa Vladimir Putin. En viaje a China, estaba prevista una escala en el aeropuerto de Vnukovo II, en Moscú, donde mantendría una entrevista con el líder ruso. Kirchner canceló el encuentro a último momento para quedarse monitoreando la toma de una comisaría en La Boca por parte del piquetero Luis D´Elía, un incidente que encontró al presidente argentino en una escala en Praga. El retraso fue justificado por un frente de tormenta que la meteorología nunca registró. El plantón provocó la incomodidad del embajador Juan Carlos Sánchez Arnau ante las autoridades del Kremlin, quien poco después pidió su traslado a Buenos Aires. 

Finalmente, la comitiva presidencial llegó a Beijing donde Kirchner se entrevistó con su colega Hu Jintao. Al regresar al país Kirchner anunció millonarias inversiones chinas en el país por “20 mil millones de dólares”. La promesa se sumaría a la extensa lista de frustraciones argentinas. La oposición habló de “un cuento chino”. Por entonces, el gobierno kirchnerista no prestaba la atención al gigante asiático que luego le dedicaría a la relación con Beijing. Una prueba de ello tuvo lugar meses más tarde cuando Hu devolvió la visita y fue recibido en el aeropuerto por el jefe de gabinete de la Cancillería, un funcionario de segunda línea. 

Mientras tanto, el gobierno se veía beneficiado por la gran recuperación económica que tuvo lugar durante la primera década del siglo. En ese marco, el gobierno obtuvo una resonante victoria en las elecciones de medio término de 2005. Confiado por sus éxitos políticos, Kirchner se sintió en condiciones de deshacerse del ministro Lavagna, un hombre que había ganado prestigio propio. La designación de una ignota ministra al frente del Palacio de Hacienda escondía una realidad: a partir de ahora Kirchner sería su propio ministro de Economía. 

Liberado de la presencia de Lavagna, Kirchner adoptó una medida políticamente redituable pero económicamente equivocada cuando canceló la deuda con el Fondo Monetario Internacional. La decisión constituía un triunfo de corto plazo, pero implicaba deshacerse de reservas para liquidar un crédito de bajo costo mientras el gobierno se endeudaría con otros acreedores -como Venezuela- a tasas muchísimo más elevadas. 

Fue entonces cuando Kirchner provocó el mayor hito de política exterior en esta primera presidencia kirchnerista. Ello tuvo lugar el 3 de noviembre cuando el presidente Bush llegó a Mar del Plata, donde se realizó la Cumbre de las Américas. El enfrentamiento entre los países de la región por el tratado de libre comercio (ALCA) que promovía Washington era el eje de la reunión. Con el aval y financiamiento del gobierno, se organizó una “contra-cumbre” en la que sectores de izquierda animaron una suerte de show pintoresco en repudio a la presencia del presidente norteamericano. Chávez se dio el lujo de gritar: “Aquí en Mar del Plata, sepultamos el ALCA. Digámoslo de una vez: ALCA, ALCA, ALCA... Al carajo!”. 

La radicalización de Argentina y Venezuela contrastó con la prudencia de Brasil. Pragmático, después de estimular a Kirchner y Chávez a adoptar una oposición maximalista frente a Bush, Lula da Silva recibió al presidente norteamericano en Brasilia al día siguiente. Fue allí donde el jefe de la Casa Blanca aseguró que Brasil ejercía “el indiscutido liderazgo regional”. 

Sin embargo, el kirchnerismo celebraría la contra-cumbre de Mar del Plata como un enorme triunfo sobre el “imperialismo”. Un nuevo enfrentamiento tuvo lugar entre Kirchner y su par mexicano Vicente Fox, cuando éste manifestó que el argentino había obrado como anfitrión pensando en la opinión pública local y olvidando el propósito de lograr una cumbre exitosa en términos de la integración. Kirchner no tardó en responder: “que Fox se ocupe de México”. 

En tanto, el cambio de gabinete había incluido el desplazamiento de Bielsa, quien había sido electo diputado por la Capital. El hecho ofreció la oportunidad para el ascenso del hasta entonces vicecanciller Jorge Taiana. Experimentado, portador de un apellido prestigioso en el Peronismo, pero visiblemente más ideologizado, el nuevo canciller sintonizaría con la profundización de la tendencia kirchnerista de acercamiento al bloque de países del llamado Socialismo del Siglo XXI. 

La propia designación de Bielsa como primer canciller había resultado sorpresiva. A la hora del armado del gabinete, el ingreso de Gustavo Béliz había obligado a buscar otra silla ministerial para quien era el candidato a ministro de Justicia. El episodio relegó a quien era el aspirante más firme para el Palacio San Martín, Juan Pablo Lohlé, quien fue destinado como embajador en Brasil donde tuvo un rol reconocido por propios y ajenos. 

Un nuevo conflicto dominó los meses que siguieron: el que enfrentó al gobierno argentino con el Uruguay. Los hechos se precipitaron cuando manifestantes ambientalistas tomaron el puente internacional que conecta al país con el Uruguay en rechazo a la construcción de una planta de celulosa en Fray Bentos. El embrollo se extendería durante meses y años provocando un deterioro serio en las relaciones diplomáticas. El caso confirmaba una vez más la conducta reiterada del gobierno en materia de política exterior, el relegar las cuestiones internacionales ante las necesidades de la política doméstica. 

Pero pese a que Kirchner había respaldado abiertamente la candidatura del alcalde socialista de Montevideo Tabaré Vázquez como nuevo presidente del Uruguay, las relaciones no tardaron en deteriorarse. En enero de 2006, el ministro de Economía uruguayo Danilo Astori, anunció que su país buscaba firmar un acuerdo de libre comercio con los EEUU y que se sentía más identificado con la política de Chile que con la de la Argentina. Meses más tarde, Kirchner designaría como secretaria de Medio Ambiente a una de las principales promotoras de los cortes de puentes. 

A fines de ese año, el bloque socialista regional se reforzó con la vuelta al poder del líder sandinista Daniel Ortega (Nicaragua) y la elección de Rafael Correa (Ecuador). Ello fortaleció el liderazgo de Chávez con quien el gobierno argentino mantenía relaciones que alcanzarían un grado de intensidad sin antecedentes en la historia del vínculo argentino-venezolano. Aquellas circunstancias conducirían a al embajador argentino en Caracas Eduardo Sadous a denunciar la existencia de una “Embajada paralela” que operaba en los hechos como una unidad de gestión de negocios entre ambos gobiernos. 

Un punto culminante de esa relación tuvo lugar en agosto de 2007, poco antes de las elecciones presidenciales en las que sería elegida Cristina Fernández de Kirchner, cuando Chávez visitó la Argentina una vez más. La aparición en el acto en el Salón Blanco de un personaje hasta entonces desconocido -Alejandro Antonini Wilson- desataría un escándalo poco después. 

Lo cierto es que al acercarse el final de su mandato, el discurso latinoamericanista de Kirchner no podía ocultar una realidad inexorable: la que mostraba una región cada vez más dividida. A su vez Kirchner desplegó sus últimas acciones como presidente formal en política exterior. Lo hizo a su estilo. En la cumbre Iberoamericana que tuvo lugar en Santiago de Chile, en un pasillo sorprendió a su par uruguayo, y le espetó “te pasaste de la raya. Le clavaste un puñal por la espalda a todo el pueblo argentino”. 

Cristina Kirchner asumió la Presidencia poco después. Durante su gobierno haría una política exterior que profundizaría las tendencias inauguradas por Kirchner entre 2003 y 2007.

Publicado en Infobae el 27 de octubre de 2020.

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