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21 10 2020

Nada


Autor: Eduardo A. Moro









El 14 de Julio de 1789, el Rey de Francia Luis XVI inició la página del día de su diario personal con sólo una palabra: Rien (Nada). Antes de terminar la jornada el pueblo de París tomó la Bastilla, episodio simbólico de la gran revolución caracterizada como el nacimiento de la edad contemporánea, la democracia moderna y el principio de la soberanía popular. Con ello, imaginariamente el pueblo pudo, en el transcurso del tiempo, enmendar la página del Rey, diciéndole por ejemplo: “Nous ne sommes rien, soyons tout(No somos nada, somos todo). Una  liberación de las fobias ante las injusticias del presente y amenazas de un futuro extraño.    

Muestra -si las hay- de la desconexión histórica  entre el poder formal, y su percepción sobre los requerimientos de la sociedad, y de la velocidad y voltaje con que pueden reproducirse los acontecimientos derivados del descreimiento, la desconfianza y, finalmente, la indignación por saturación de la marea humana. Se parece al error de diagnóstico -y consecuente tratamiento equivocado- con desenlace  innecesariamente doloroso o fatal para el paciente.  

Pese a la gravedad de la pandemia/cuarentena/clausura sin fin, a sus consecuencias económicas específicas, a la decadencia macro económica, al aumento de la pobreza sistémica estructural y a las deficiencias que derivan en un impacto social creciente, el gobierno -la dirigencia dominante, crónicamente escondedora- no modifica su lenguaje y actitudes mañosas. Por una cuestión de  “sobrevivencia corporativa” tiene deliberadamente vedado asumir el compromiso  de cumplir algunos objetivos comunes del qué hacer elemental, y el cómo.  

Antes bien, a esta altura,  los impedimentos son enormes:  al menos para sus segmentos más  gravitantes. Este cuadro no sólo es político, empresarial, sindical y cultural, sino que comprende también a los principales operadores religiosos y movimientistas. En esto sí que es inclusivo en serio, no queda nadie afuera, salvo los millones que sufren. 

Unos se declaran productivistas en grueso, con macro economía ordenada a lo clásico, desde arriba para abajo con apertura externa. Otrosse pronuncian como asistencialistas de corazón para arrancar con las demandas de los que menos tienen en base a una  integración cooperativa, y prometen lanzarse  luego hacia arriba, con sublime inspiración y compromiso Franciscano, a puertas cerradas. Para que no entren las brujerías mundanas: sólo bastan las maldades que trama la  que manda desde el silencio.  Suena raro intentar un emprendimiento común entre RoboCop y Caperucita Roja, arbitrados por la escondida. 

Pero hay que estar atentos, porque la necesidad tiene cara de hereje, y en una de ésas, olfateando un verano y humo –diferente al de Tenessee Williams-, se ven obligados a un nuevo acuerdo nacional. Algo es algo, porque de default en default y de acuerdo en acuerdo, se va lontano. Custodiando celosamente mantener incólume la  tendencia sustentable  hacia la decadencia.  Salvan la ropa algunos años, como si fueran las miguitas de Hansel y Gretel, sin importar que el cisne no aparezca nunca.  

De alguna manera tenemos que superar la dicotomía entre la monótona muralla de la estadística trágica inconfiable de cada hora  y las enfáticas falsedades de vacuas grandezas. Una forma de hacerlo es imaginar un salto de ilusión hacia un final feliz. Al fin y al cabo todos tenemos ese derecho, salvo algún DNU de último momento que prohíba soñar con angelitos. Tal como venimos, estamos pues en condiciones  de seguir la línea de Luis XVI y escribir: rien ( nada)  en la agenda del mañana de la nación, que tendrá entonces sólo el pasado por delante.