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Opinión 19 01 2021

Mentira y contradicción como formas de gobierno


Autor: Héctor Ghiretti









Comunicación política

Observadores, periodistas y usuarios de las redes sociales se preguntan sorprendidos por qué razón el Gobierno miente y se debate entre marchas y contramarchas de forma continua, quedando en evidencia casi de inmediato.

¿Tiene lógica? Claro que la tiene. Esa modalidad comunicacional le rinde importantes beneficios. Voy a tratar de explicarlo de forma breve.

Primera aproximación: la comunicación es una parte fundamental de la política. Exagerando apenas un poco, podríamos decir que la política es, esencialmente, comunicación. Hay formas más adecuadas, más eficaces, más fecundas de comunicación política. Otras menos. Entre estas últimas está la mentira. La mentira “comunica” rompiendo la comunidad (esto sería largo de explicar, pero es importante señalarlo). Mentir tiene su eficacia. Si no la tuviera, nadie mentiría.

Segunda aproximación: ¿cuál es el universo de personas que sigue en detalle la comunicación del Gobierno, que advierte los engaños, las operaciones de prensa, las contradicciones en su discurso? Podríamos pensar que son dos o tres millones de personas. Parece mucho, pero demos por buena la estimación: es apenas el 5% aproximado de la población. El resto de la población percibe sólo una parte de la comunicación del Gobierno: básicamente la que difunden los medios masivos (radio, TV, prensa escrita), en su mayoría dominados por la pauta oficial. La editorialización es en general muy básica, poco crítica, se limita a reforzar la línea oficial. En un contexto de pandemia, la atemorización deliberada de la población se ha convertido en un factor adicional de disciplinamiento y subordinación de los medios masivos.

Esto quiere decir que la cantidad de gente que se entera de las mentiras y contradicciones del Gobierno es muy reducido. Es una buena parte de la población más politizada y más ilustrada, con mayor nivel cultural, pero con un impacto en la opinión pública muy limitado y un potencial electoral igual de escaso.

Para quienes tienen verdadero impacto en la opinión pública el Gobierno tiene a disposición la pauta, los famosos “sobres”, las diversas formas de cooptación destinadas a los medios, periodistas y analistas políticos. Como puede verse, el alcance real de la percepción de la verdad acerca del Gobierno es mucho más limitado de lo que le parece al círculo rojo. Muchos confunden el grado de evidencia con la masividad que esta debería alcanzar, piensan que el engaño está a la vista de todos. Son dos magnitudes diferentes. Para el resto de la población a la que no llega con comunicación, el gobierno aplica las formas de clientelismo habituales, segmentadas por sector social.

Mentir

Podríamos no obstante preguntarnos qué sentido tiene mentir y contradecirse como política comunicacional (no como práctica ocasional). Vamos a empezar por la mentira política, que tiene dos funciones políticas principales: 1) ocultar aspectos relacionados con el gobierno que no son aceptables o aprobados por los ciudadanos o la opinión pública y 2) operar como sustituto de la función propia del gobierno, que es básicamente gobernar.

Suele decir el encuestador Jorge Giacobbe que “Los gobiernos pueden hacer dos cosas: gobernar o mentir. Si gobiernan, no mienten. Si mienten, no gobiernan”. Podríamos conectar esta aguda observación con la afirmación con la que arrancamos: gobernar (y sobre todo gobernar bien) es la forma más legítima y fecunda de comunicación política.

No obstante, la frase de Giacobbe podría matizarse un poco del siguiente modo: en determinadas ocasiones, gobernar puede obligar a mentir. En cambio, si la idea conservar el poder pero no es posible gobernar (por algún motivo de fuerza mayor) no queda otra que mentir. Es en ese punto en el que la mentira se convierte en estrategia comunicativa principal.

El Gobierno carece de proyecto político propiamente dicho, que en la Argentina adquiere la forma específica de un plan económico. No hay una línea directriz principal, no responde a un diseño racional que dé sentido a las decisiones que toma. Sostiene Séneca que todos los vientos son contrarios para quien no sabe adónde va.

Pero además, el Gobierno sufre una emasculación congénita: fue concebido con el expreso designio de no tener ni generar poder propio. Loteado en sentido horizontal, sometido a un doble comando, está incapacitado de poner en marcha o sostener políticas públicas sustanciales. Su capacidad de operación es marginal. Es un simulacro de Gobierno.

En ese contexto tanto el proceso de toma de decisiones como la política de comunicación quedan gravemente condicionados. Se trata de un Gobierno sin cohesión ni estructura, debilitado, enfrentado internamente por cuotas de poder.

El poder real está en otro lado, pero para seguir operando necesita del simulacro, cuya principal herramienta es el exceso comunicacional: el contenido, la precisión, la veracidad son lo de menos. Su credibilidad decrece día a día, pero no es lo importante. Lo importante es mantener la centralidad del Gobierno en la escena pública a golpes de acontecimientos comunicativos.

Marchas y contramarchas

La verdadera agenda de este Gobierno pretendió ser oculta, pero a medida que avanza el tiempo (para aquellos distraídos -o cómplices- que no lo vieron -o no lo quisieron ver- desde el lanzamiento de la fórmula presidencial) va quedando en evidencia. Esa agenda consta de dos objetivos que son complementarios entre sí: 1) resolver definitivamente de forma institucional los agobios judiciales de la vicepresidente de la Nación; en caso de que eso no pueda realizarse 2) perpetuarse en el poder como defensa ultima ratio. Si no hay victoria judicial, retener el poder político por el tiempo que sea necesario.

Estos dos objetivos se van cumpliendo con prisa y sin pausa. Se miente en lo que constituye la agenda política (es decir, aquello que es propio de una acción gubernamental) mientras se avanza en lo que son sus objetivos ocultos, que forman una agenda de poder. Esos objetivos no son comunicables, se mantienen ocultos por una razón elemental: no poseen legitimidad en el plano del discurso público. Por eso necesitan recurrir al método ensayo-error (marchas y contramarchas) que también es propio de este Gobierno.

Las encuestas y los focus groups no le sirven: el rechazo lo da por descontado. Lo que necesita saber es cuánta resistencia generan. ¿Cómo lo hacen? Testean en el campo el grado de resistencia social o ciudadana que generan las medidas de avance sobre la sociedad o disciplinamiento de sectores críticos o disidentes. Van chequeando la amplitud de la ventana de Overton en tiempo real.

Los objetivos de copamiento (uso el término con toda la carga semántica que se le atribuye en nuestro país) son múltiples. La lista no es exhaustiva: caja y recursos del Estado, medios de comunicación, justicia, instituciones estatales estratégicas, territorio. Entre los ejemplos que pueden mencionarse: el conflicto por Vicentín, las retenciones sobre el maíz, el amague con vacunar sólo con la primera dosis de la vacuna rusa, la toma de tierras, el regreso a clases presenciales o la posible reinstalación de la cuarentena. Hay más.

Si advierten mucha resistencia reculan y después buscan alternativas, postergan la operación o sencillamente la abortan. Mientras tanto, la agenda de poder que por alguna razón no depende de la legitimación en la opinión pública sigue en marcha. Esos objetivos son complementarios y solidarios con la mentira y la contradicción como forma de gobierno. Como se puede advertir, ni es descabellado ni es mera improvisación. Tiene su lógica. Y es imprescindible comprenderla para obrar en consecuencia.