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Opinión 11 06 2021

Más república y más tecnología


Autor: Maximiliano Gregorio-Cernadas









La sociedad argentina ha comenzado a recelar que estemos ingresando en un montaje orwelliano, como en esos experimentos sociales de films en boga, en los que la gente es recluida por autoridades científicas, con la excusa de protegerla de una amenaza exterminadora. 

La angustia de ver morir alrededor y no poder acceder a una vacuna que salve a un ser querido, la indignación ante los poderosos que sí la consiguen, las crecientes suspicacias frente a datos, laboratorios y tests, el auge de una flamante corrupción en torno a la pandemia, el avance despiadado de la pobreza, el temor a perder el trabajo, la desesperación por la incertidumbre económica, la desazón por los sueños perdidos, la tristeza por los hijos alienados, el confinamiento burlado por los influyentes, y la sospecha de que se esté aprovechando esta tragedia con fines espurios, están creando una inédita fórmula de inquietud social. 

La imagen de una Argentina desconcertada, mendigando o incluso exigiendo por el mundo que la provean de vacunas que no adquirimos a tiempo, ni produjimos como prometimos pero que sí nos despojamos entre nosotros mismos, ofrece una instantánea cabal del enfermizo estado tecnológico, republicano y moral en el que nos encontramos, desnudando que padecemos de una dolencia más antigua y grave que esta pandemia, pues afecta a nuestro completo sistema político, técnico y ético. 

Nuestro principal desafío ahora consiste en superar esa combinación de anemias institucionales y tecnológicas, pues el país requiere tanto de mecanismos republicanos para administrar esta catástrofe con eficacia y legalidad, como de recursos técnicos para ofrecer soluciones sanitarias. 

Nunca es tarde para recapacitar acerca de cuán importante es respetar las instituciones republicanas e invertir prioritariamente en investigación y desarrollo tecnológico. La gran lección que ofrece esta tragedia consiste en que es necesario abandonar la ingenuidad y recuperar el realismo tanto en lo institucional como en lo tecnológico, y tanto en lo nacional como en lo internacional. Cuando se relajan los mecanismos republicanos, no faltan quienes aprovechan para recoger el poder que pierden los ciudadanos; cuando los países descuidan su capacidad tecnológica, terminan cediendo su seguridad a los que sí la atendieron. 

Hemos mantenido hasta ahora estándares muy altos de inconsistencia tanto en materia republicana como tecnológica y lo estamos pagando caro. Recordemos que esta pandemia surgió y se expandió por el mundo desde un país muy pobre en recursos republicanos, y cabe suponer que eso no hubiese ocurrido o hubiese sido más predecible y controlable en otro sistema. Las oposiciones parlamentarias, las opiniones públicas sólidas, los medios de comunicación independientes y los actores civiles libres sirven, precisamente, para dotar a las sociedades de anticuerpos institucionales y técnicos para enfrentar mejor cualquier virus. 

La flamante moda del “pobrismo tecnológico”, que consiste en acusar a los países ricos en tecnología pues han invertido tiempo y esfuerzo para ello, de apropiarse de lo que, se pretende, correspondería a todos, incluidos aquellos países que no hacen nada en la materia, constituye una falacia y un atajo dialéctico, que sólo nos acostumbrará a una mayor dependencia de alguna circunstancial dádiva internacional, pues es altamente improbable hallar países que durante largo tiempo nos regalen o subsidien vacunas para que luego se las roben los gobernantes. El mecanismo argumental detrás de este nuevo espejismo creado por corruptos e ingenuos, es idéntico al que explica nuestro fracaso como país. Una tesis que no sólo es mendaz e hipócrita sino, sobre todo, cándida: el mundo no es malo, es como es, y su realidad esencial consiste en lo que ya adelantó Bacon hace varios siglos: “Scientia potentia est”. 

Esta tragedia nos está enseñando la importancia de apostar a más república y más tecnología, y a que no debe procurarse república sin tecnología ni tecnología sin república, pues constituyen las dos caras del progreso humano. Para que el próximo azote que padezca nuestra posteridad no la tome por sorpresa, esmerémonos por conseguir las herramientas tecnológicas para enfrentar mejor cualquier tragedia, y una República que impida que los poderosos se las birlen. Para aquellos que crean que propongo esperar el arribo de marcianos, les recuerdo que ya tuvimos el presidente Alfonsín quien nos enseñó que con la democracia se cura, y que nos dejó el perdurable legado humanista de aspirar a una sana articulación entre república, tecnología y ética.

Publicado en La Nación el 7 de junio de 2021.