menu
Opinión 24 09 2020

Los peligros del uso político del resentimiento


Autor: Marcelo Cavarozzi y Guillermo Rozenwurcel









Varios hechos recientes indican que el Gobierno corre detrás de los acontecimientos. Entre otros ejemplos, la elección en el BID, el conflicto policial en Buenos Aires, las tomas ilegales de tierras y el desplome de las reservas ponen en evidencia que los principales desafíos para la economía argentina no son sus crecientes desequilibrios, que por cierto pueden volverse inmanejables, sino la propia dinámica política.

La ‘resolución’ del conflicto policial y las desesperadas medidas adoptadas en el mercado cambiario pueden representar un punto de inflexión. Es legítimo preguntarse si el sendero de estabilización donde nos situó el acuerdo con los acreedores sigue abierto. Ciertas circunstancias favorables hacían factible esta trayectoria: precios relativos razonablemente alineados, cuentas externas superavitarias, conflictividad distributiva e inflación amortiguadas, gasto previsional y salarios públicos ajustando por debajo de la inflación, previsible repunte de la recaudación por el rebote de la actividad, entre los más destacados.

Pero debe reconocerse que esa vía ha ido convirtiéndose en un desfiladero cada vez más estrecho. En un contexto sumamente frágil, los últimos acontecimientos -que generan creciente descontento social y queman los precarios puentes tendidos con sectores dialoguistas de la oposición- pueden desplazarnos a otro sendero, que nos encaminaría a una crisis de extrema gravedad. Además de capacidades técnicas, que no abundan, para administrar los conflictos por venir, la política es crucial.

Ante la previsible generalización de los reclamos salariales de la Bonaerense a otros estamentos de la administración pública, el financiamiento ‘pasivo’ de los requisitos del fisco por parte del Banco Central podría llegar a límites ingobernables, eliminando cualquier margen de maniobra para combatir la inflación. Lo que subyace a este desborde de la emisión es algo más que un ‘simple’ desequilibrio de las cuentas públicas. Es la pérdida de control de las decisiones fiscales que, como las monetarias, se vuelven ‘pasivas’ frente a las demandas contrapuestas que hacen incumplibles los compromisos incorporados al Presupuesto. Todavía no llegamos ahí, pero el riesgo de deslizarnos en esa dirección es mayúsculo.

Además, el desplome de las reservas se aceleró bruscamente y las divisas de libre disponibilidad están llegando a mínimos críticos. El reforzamiento del cepo establecido para frenar la sangría tendrá, en el mejor de los casos, efectos efímeros, pero sus costos -caída en el precio de los bonos y aumento de la brechaserán inmediatos.

Finalmente, la impotencia para reducir la brecha cambiaria y la más que probable necesidad de emitir por encima de lo previsto el año que viene, retroalimentan el riesgo de aceleración inflacionaria, como ya parece insinuar el aumento de 2,7% registrado en agosto -el doble del registro de inicios de la cuarentena.

¿Cómo llegamos a este punto? No apenas por las dificilísimas circunstancias objetivas. También incidieron factores subjetivos: la influencia de visiones anacrónicas, la incompetencia técnica, los evidentes déficits de liderazgo y una notable incapacidad de anticiparse a las adversidades.

Debemos, entonces, preguntarnos si el sendero de estabilización aún es transitable. Lo cierto es que el Gobierno no ha tomado ese rumbo. El complicado desafío que enfrenta el Presidente es doble. Por un lado, buscar acuerdos con los actores clave de la economía para responder a las múltiples dimensiones de una puja distributiva que se hará más acentuada. Por el otro, lograr un entendimiento razonable con el FMI. Ese entendimiento, además de necesario para repagar lo adeudado, es prerrequisito de cualquier tentativa de reinserción en la economía mundial.

Las últimas novedades sugieren, más bien, que el Gobierno está tomando otro rumbo, o más precisamente, que no tiene rumbo. Dejan además en evidencia un doble desacople: con la realidad mundial y con la realidad cotidiana de la mayoría de los argentinos.

En el escenario mundial, aunque la postura argentina en la elección del BID era la correcta, se optó por enfrentar al gobierno de Estados Unidos, aún cuando el desenlace ya era un hecho, siendo que el apoyo de ese país es imprescindible para una negociación exitosa con el FMI. Además, se eligió mal al supuesto aliado – López Obrador - y el país se aisló de sus socios del Mercosur. El previsible resultado fue una derrota sin atenuantes.

En el escenario doméstico, se combinan ineficacia y resentimiento. Los serios aprietos que el cepo reforzado ocasiona a las empresas endeudadas en dólares son un ejemplo palmario de una política económica a la deriva. Todavía más preocupante es que algunas de las decisiones adoptadas, más que apuntar a la búsqueda de soluciones efectivas, alimentan el resentimiento.

La quita de recursos coparticipables a la CABA no resuelve los problemas del desfinanciamiento crónico de la provincia homónima. Pero encaja perfectamente con las lecciones de Richard Nixon, un maestro en el uso político del resentimiento. Las referencias oficialistas calificando a Buenos Aires como una “ciudad opulenta”, a la que se debe castigar, parecen inspiradas por las expresiones que difundían Nixon y su vice Agnew antes de su reelección en 1972. En ellas se descalificaba a Nueva York como “un antro de capitalistas ricos y corruptos”, a la que la gente de bien debería empujar para que se hundiera en el Atlántico.

Richard Sennett, el notable sociólogo que analizó la personalidad política de Nixon, concluía sus observaciones sobre el uso del resentimiento en la confrontación política con una ominosa reflexión sobre la deriva habitual de las estrellas del resentimiento: "se internan en un dominio en el cual nada cambia hasta que se transforma en una crisis insoluble”.

Publicado en Clarín el 24 de septiembre de 2020.

Link https://www.clarin.com/opinion/peligros-uso-politico-resentimiento_0_ExtZXex-F.html