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Opinión 06 11 2020

Los liderazgos contumaces y los cambios sociales


Autor: Aníbal Pérez-Liñán









Contra toda esperanza de los demócratas, que apostaban a una victoria contundente, el resultado de la elección estadounidense continuará en disputa por varios días, mientras se cuentan los votos por correo y se resuelven las disputas judiciales. La pregunta que define a los Estados unidos, sin embargo, no es si Joe Biden todavía puede ganar esta elección, sino cómo Donald Trump retuvo tanto apoyo.

Los propios colaboradores de Trump describieron al presidente como un niño malcriado más de mil veces entre 2017 y 2019, según un estudio del politólogo Daniel Drezner.

Las consecuencias políticas de la malcriadez son, en cualquier país, dramáticas. Más de 230.000 han muerto por Covid-19. Casi 13 millones están desempleados. El gobierno respondió a las protestas contra la brutalidad policial con amenazas de movilizar a los militares, y a las demandas por igualdad racial con guiños a los supremacistas blancos. La imagen de niños migrantes enjaulados acosa la conciencia de Estados unidos. Y a pesar de todo, Trump ha retenido una base firme en el electorado republicano.

Transformación racial

El electorado que se mantuvo fiel a Trump añora un pasado que trasciende los últimos cuatro años. Evoca un país mítico de los años 50, que quizá nunca existió y ciertamente no regresará. Mucho ha cambiado desde entonces.

La sociedad norteamericana es más secular, las mujeres ya no votan como los hombres, la distribución del ingreso es más desigual, y los obreros estadounidenses ven sus trabajos desaparecer. Pero quizás el cambio más profundo sea la transformación racial. La población blanca, 90% del país en 1950, representa hoy cerca del 60%. El electorado es hoy más diverso que nunca.

Cada vez que un cambio político subvierte el rígido orden racial estadounidense, un presidente contumaz emerge para resistir la transformación histórica.

En el siglo XIX, tras la guerra civil y el asesinato del presidente Abraham Lincoln, Andrew Johnson demoró la reconstrucción de los estados del sur y empoderó a la elite blanca. En el siglo XX, tras el movimiento de los derechos civiles, Richard Nixon llegó al poder reclamando representar a la “mayoría silenciosa”.

En el siglo XXI, tras el ascenso de Barack Obama, el primer presidente negro en la historia del país, Donald Trump prometió hacer “América grande de nuevo”.

Demorar el curso de la historia no es fácil. Los presidentes contuestadounidenses

Tras la guerra civil, el partido de Lincoln perdió el electorado del sur por un siglo. Fue Richard Nixon quien desplegó su “estrategia sureña” para recuperar este electorado

maces explotan al límite sus poderes constitucionales. No es casual que Johnson, Nixon y Trump hayan enfrentado un juicio político en el Congreso. Nixon renunció antes de ser juzgado. Johnson y Trump sobrevivieron al voto del Senado, y apostaron su reelección a todo o nada. Johnson fue reemplazado por Ulysses Grant, general de los ejércitos del norte. Trump defendió su corona frente al vicepresidente de Obama.

La tragedia republicana

El gran perdedor en este proceso ha sido el Partido Republicano. Ciertamente, el partido evitó la catástrofe anunciada y aguantó los embates de una oposición envalentonada. Pero no se trata simplemente de retener la presidencia o el Senado. El partido ha perdido su futuro.

El proyecto personalista de Trump impidió que el republicanismo se modernizara para capturar a un país cambiante. El núcleo duro de su electorado está representado hoy por un hombre blanco de edad avanzada, evangélico y sin educación superior. Los jóvenes, las mujeres, y el electorado suburbano de clase media-alta se alejan cada vez más del partido.

Las presidencias contumaces marcaron la historia republicana. Tras la guerra civil, el partido de Lincoln perdió el electorado del sur por un siglo. Fue Richard Nixon quien, advirtiendo que los demócratas pagarían el costo de apoyar los derechos civiles, desplegó su “estrategia sureña” para recuperar este electorado. El Partido Republicano se convirtió así en una fuerza política con discurso moralista, pero sin rumbo moral.

Sus campañas comenzaron a emitir mensajes cifrados de jerarquía racial, que se tornaron más explícitos con el paso del tiempo. La mayoría silenciosa de Nixon acabó entonces como la minoría rencorosa de Trump.

Para compensar su debilidad demográfica, los estrategas republicanos han apelado crecientemente a las chicanas: el rediseño de distritos electorales, procedimientos de votación restrictivos, la brecha entre el voto popular y el colegio electoral, y el nombramiento de jueces recalcitrantes. También han atizado las llamas de la polarización, auxiliados por una blogósfera de teorías conspirativas. Su éxito incita a los demócratas a pelear con las mismas armas. Es un juego altamente riesgoso para la democracia.

Quienes creen entonces que la democracia estadounidense estará a salvo simplemente con una victoria demócrata se engañan.

El futuro de la democracia no se funda en la derrota definitiva del Partido Republicano, sino en su revitalización.

Estados Unidos necesita un partido de derecha demográficamente viable, respetuoso de los derechos humanos y comprometido con el conocimiento científico. Si este cambio no ocurre, el mito de los años 50 será el arrabal amargo: ensueños que se van, y ya no vuelven más.

Publicado en La Nación el 5 de octubre de 2020.