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Opinión 08 03 2021

Las miserias del populismo y la inauguración del estado en pandemia


Autor: Marcelo Garcia









Junto al gobernador Zamora, el presidente Alberto Fernández inauguraron el lujoso estadio. De telón de fondo, la provincia más pobre de la Argentina con una de las cuarentenas más estrictas del país (cuyas consecuencias sufrió Abigail entre otros). Las palabras de las autoridades en la ocasión fueron: “Estamos generando igualdad”. En la misma línea argumental, el gobernador, justificó su gasto y aprovechó la ocasión para reivindicar la construcción del autódromo, la internacional pista de G.P., el aeropuerto de Termas, la excelente cancha de golf, la monumental terminal de ómnibus, el palaciego Centro de Convenciones, el nuevo edificio para los legisladores y las modernas torres con piel de vidrio para dependencias del Gobierno Provincial. La justificación de Zamora fue: “los Santiagueños tienen derecho a tener acceso a las mismas cosas que los porteños”.

En estas obras públicas y en estos dichos queda de manifiesto el sentido más profundo de la visión que el populismo tiene sobre la igualdad y la justicia social.

El populismo del siglo XXI se ha convertido en una productiva máquina de bienes simbólicos, que operan sobre el sentido y la percepción de los hechos en la gente, interpreta y opera sobre el mundo imaginario, sobre el campo ilusorio, sobre la fantasía de muchos y sobre la idealización modelizada de los hechos. Distribuye estos objetos idealizados al no poder distribuir bienes materiales concretos, a los que no solo se puede acceder, sino apropiarse, y descartando lo importante: haber posibilitado a quienes accedan que lo hagan por su propio esfuerzo.

La acción del hombre, que ha construido sus propios objetivos y logrado alcanzar sus propios bienes materiales, constituyen la acción más digna y realizadora de la vida en una persona. La tarea de los gobiernos con sentido igualitario es generar las posibilidades, para que las personas, las familias, las comunidades, por su trabajo, logren esos fines propios.

En esta visión, para crear las condiciones de posibilidad, es necesario dar cuenta de la realidad y sus restricciones, del entendimiento de que la economía es una ciencia que estudia la distribución de bienes escasos. Comienza con un diagnóstico, sigue con un plan y diseña proyectos; en colaboración y con la participación del pueblo, debate y consensua, la clasificación de los bienes: los públicos, los necesarios, los preferentes, los suntuarios, luego dispone de los pocos recursos para construir los medios que posibiliten, a las personas y a los distintos grupos y distritos, obtener en el corto, en el mediano y en el largo plazo, estos bienes.

El populismo saltea el análisis de la realidad material y de la complejidad para resolverlos, de lo arduo de su instrumentación. Parte de la visión sobre una economía que opera sin restricciones, en vez de escases, hay riqueza por doquier y que el problema se reduce a su distribución. Como las restricciones igualmente se imponen, disminuye la distribución de lo que no se produce, reparte un mínimo que no alcanza para sostener un crecimiento personal y familiar y a la par distribuye bienes simbólicos, que dan la sensación de haber accedido a la posesión real de un estatus de mayor bienestar.

El remanido ejemplo del niño pobre y desnutrido, que se compra unas zapatillas caras, en la posesión de ese objeto icónico saltea un sinnúmero de obstáculos: educativos, desigualdades de origen, posibilidades de trabajo, preservación de los mismos por largo tiempo para poder ahorrar y progresar…, ilusoriamente se siente pertenecer a otro grupo alejado de esas imposibilidades, lo mismo ocurre en la clase media respecto al acceso de determinadas marcas, aunque con efectos menos perniciosos (tienen otros resguardos, otro colchón).

Esta es la diferencia entre acceder a la caja de herramientas de posibilidades (cultura, educación, salud, habilidades, entorno familiar y social seguro, agua potable, gas, electricidad, urbanidad confortable) que permitan la adquisición sostenida de objetos y de bienes. A solo acceder temporariamente a objetos simbólicos, que provocan gratificaciones, en el mundo imaginario, de ser realmente indigente a pasar por momentos a autopercibirse ricos.

Igual efecto se registra en la clase media, en el afán desmedido por realizar los sobrevalorados viajes al exterior.

El populismo reconvertido en una magnífica caja de producción de ilusiones no necesita fundarse en argumentos ciertos. En evidencias, comprobaciones y justificaciones. Necesita solo de un RELATO (no cualquier relato). Como sabemos el mismo está en el campo de la ficción, y la ficción no está sujeta a pruebas de verdad y error, no tiene que validar nada, solo su calidad de relato, su puesta en escena, su capacidad de generar identificaciones y por lo tanto de ser internalizado y creído.

El relato opera en el campo simbólico, imaginario, ilusorio, pero tiene fuerza de realidad, para quienes le creen, tiene fuerza y prestigio de verdad sin necesidad de serlo.

Zamora, no crea condiciones materiales qué con la participación de la gente, puedan diseñar senderos para salir de la indigencia. No discute con el pueblo santiagueño, ni conversa con la oposición, sobre la construcción de una ruta de prioridades a recorrer, un camino concreto y sostenible, trabajoso, complicado, pero posible. No planifica políticas públicas con indicadores de desarrollo humano, que puedan ser evaluadas y reconsideradas.

El populismo soslaya el carácter social de la producción de la riqueza, mira con sospecha ese circuito real e histórico que se ha ido organizando: capital, tecnologías, recursos humanos, naturaleza, y que se potencia en el intercambio, de productos y servicios en una red de comercio, producción y consumo, dónde cada vez más se resuelven múltiples necesidades. Este circuito no solo resuelve necesidades y genera riquezas, genera miles de lazos sociales, construye sociedad civil, valores y cultura. Lo sospecha, porque cree que los ricos se hacen solos, son producto de su astucia, lo recela, porqué es autónomo, y en vez de cooperar con ese entramado, lo debilita, en lugar de apoyarse y liderarlo, lo niega.

El populismo ya tiene su líder a priori y ahistórico, es una fuente de afirmaciones absolutas. ¡No va a llegar un entramado social-productivo a reemplazarlos en su función predestinada!

Por ello, en el cuarto periodo de gobierno de su fuerza política, el gobernador no ha generado la infraestructura necesaria para impulsar la movilidad social y la igualdad de oportunidades. No se preocupó por fortalecer esa red social-productiva. Ni afianzo políticas de desarrollo local, para las que se requiere la complementación de gobiernos locales, organizaciones civiles y productores.

Solo ha levantado costosos hormigones estatales, con diferentes destinos, para que la gente de vez en cuando, con suerte, los use. Producción de íconos, de tótem simbólicos, que imaginariamente se distribuyen entre todos y que dan la sensación de acceso a otras posibilidades de vida.

En el plano real: ¿cuántos santiagueños pueden ser protagonistas (no espectadores) de esas obras? ¿cuántos pueden comprarse motos Importadas y correr en un circuito de G.P.? ¿Cuántos santiagueños pueden preparar sus autos y correr raudamente por su autódromo? Con el costo del súper estadio, sería más equitativo desplegar 1500 acciones igualitarias en todo el territorio, construir playones deportivos en los barrios, o acompañar al esfuerzo democrático que los padres realizan en todos los clubes de la provincia: construyendo vestuarios, pintando la cancha con los niños, vendiendo pollos o empanadas a beneficio del club, a confeccionar sus propias camisetas, a constituir un fondo para comprar botines al por mayor y más barato.

¿Por qué no aceptar el desafío democrático y participativo, y con recursos propios, en la construcción de cientos y miles de posibilidades, reconstruyendo, fortaleciendo y desarrollando el tejido social, en vez del reparto inútil, que no mejora en un ápice las condiciones de vida reales del pueblo? Peor aun cuando esa distribución es solo en bienes ilusorios (doy por descontado qué por fuera de la política provincial, llegan las asistencias nacionales con todos los programas de la ANSES y del Ministerio de Acción Social)

El populismo del siglo XXI opera con el peso y la fuerza del relato sobre el vacío posmoderno, la política del espectáculo es su signo, los espectadores aprueban o desaprueban, no protagonizan, no participan. Sus referentes tienen el talento de las divas o de los rock stars. No se les pide virtudes ni compromisos patrióticos. No necesitan mediaciones institucionales, ni menos controles, hay que dejarlos que liberen toda su energía sobre el escenario, que se comuniquen directamente con su público, que sientan la energía de sus astros para producir el clímax catártico.

Estos líderes pueden ser neuróticos, histéricos, solemnes o divertidos, lo sustancial es el nexo, la transferencia entre el líder y la gente. Cuando ese nexo se debilita o desaparece, las frases sonarán bizarras y la escena patética. Cuando los acontecimientos perforan ese nexo, cae el encanto y el escenario se hunde en el espacio vacío indeterminado.

Observado desde fuera, todo parece incomprensible, alocado, ilógico. Empero existe en él fondo, una base firme y real: el gobierno. El manejo del Estado. EL PODER.

A todas luces, frente a los aburridos planes consistentes y restringidos, posibles, graduales, progresivos, los relatos lucen más atractivos y eficaces para las campañas electorales.

En la inauguración se dijo: “¿Por qué solo los porteños, tienen derecho a tener estadios?”. Repregunto (a partir de la inauguración del estadio): los santiagueños ¿tienen por asomo las mismas o parecidas condiciones de vida que los porteños? ¿el acceso y disfrute a los mismos servicios y bienes, la movilidad social y el desarrollo cultural de los porteños? O solo están accediendo a una “GRAN ZAPATILLA”, mientras exhiben los indicadores más bajo de desarrollo humano del país junto a Formosa.