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20 06 2020

Lady Macbeth y otras yerbas


Autor: Eduardo A. Moro









El personaje de Lady Macbeth, de William Shakespeare, refleja un modelo acorde con su época y expresa el conflicto entre feminidad y masculinidad. Reprime los instintos de compasión, fragilidad y dulzura, en favor de la ambición, la dureza y una resuelta persecución del poder. Esta situación tiñe todo el drama y arroja luz sobre los prejuicios de género desde la Inglaterra narrada por Shakespeare hasta nuestros días, e ilumina la interpretación de algunas conductas.

En  “El sonido y la furia”, William Faulkner, desliza versiones distintas sobre  acontecimientos similares,  según cada narrador de la familia. Tratan acerca de la relatividad del tiempo, los avatares lejanos de la vida sureña en decadencia, cruzados de sueños, recuerdos y anhelos. En realidad, todos somos sujetos con recovecos psicoanalíticos, y por ende, nuestros comportamientos se explican -en parte- de lluvias recibidas a lo largo de nuestras vidas, de emociones, acciones y pulsiones propias que dan tono a la existencia individual.

Un film perdido en el tiempo, llamado “Esta tierra es mía” (hacia 1943) y en un país ocupado, muestra al profesor ( Charles Laughton), leyendo a sus pequeños alumnos, con firmeza y calma,  la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano ( 1789), hasta el momento en que lo detienen las fuerzas del orden que irrumpen en la clase. Momento que mezcla lo patético de la imposición injusta con el paralizado candor de los nóveles estudiantes, impedidos de seguir escuchando  principios de antiguo civismo. Crujen allí interrogantes de peligro sobre las semillas de libertad recién sembradas en sus corazones.

Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. La finalidad de cualquier asociación política es la protección de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación. La libertad consiste en poder hacer todo lo que no perjudique a los demás y tales límites tan sólo pueden ser determinados por la Ley. Nadie debe ser incomodado por sus opiniones. La libre comunicación de pensamientos y opiniones es uno de los derechos más valiosos del hombre. La sociedad tiene derecho a pedir cuentas de su gestión a cualquier agente público. Una sociedad en la que no esté establecida la garantía de los Derechos, ni determinada la separación de los Poderes, carece de Constitución. Catecismo laico  alejado de toda idea fundacional, de nuevo orden, de la idolatría del estado, de caudillajes y sus confusos laberintos y lealtades.

Howard Fast, en “Mis gloriosos hermanos”, su mejor momento literario, prologa su relato novelado sobre los Macabeos (el Adón Matatías y sus cinco hijos), con una espléndida  e imborrable máxima: “…la resistencia a la tiranía es la forma más genuina de obediencia a Dios.” 

Chesterton, el maestro de la metáfora, escribió muchos textos ingeniosos, pero hay uno particularmente obstruso, quizás de apariencia surrealista, llamado: El hombre que fue jueves. La trama se desarrolla entre varios  agentes de Scotland Yard, con  una estrategia que se basa en "ser el enemigo", cuyos planes se conocen de antemano. Es un grupo policial contra-anarquistas cuyo propósito es infiltrarse para evitar protestas y atentados. Ocultos tras  pseudónimos cada uno adopta el nombre de un día de la semana. Finalmente  descubren que luchan fútilmente unos contra otros y no contra el enemigo indicado. Al parecer ninguno logra tampoco identificar al Jefe ya que los encuentros con él se realizan por separado y en oscuras oficinas. En esa fenomenal confusión paradojal, tanto enemigo como Jefe permanecen en la indeterminación.

Obviamente, no estamos ante los dramas existenciales de Shakespeare, no tratamos tampoco con una tiranía, ni está en cuestión la creencia en Dios. El asunto es insistir en la libertad y los delicados límites de su restricción, resistir los abusos, señalar los caprichos  vicarios encomendados por  el afán de  crear y vencer obstáculos imaginarios. Hasta el extremo de no saber si existe un enemigo  pero inventarlo igual  para pretextar el anacrónico ideal de la revolución permanente. Pan y circo del manejo psicopático de multitudes, no de ciudadanías.

Es preciso estar alertas y cuidar celosamente que las prácticas de nuestros gobernantes no los conduzcan a adueñarse del gobierno. Menos aún del estado, ni a desvirtuar la trama institucional, establecida como una red de garantías colectivas, controladoras del ejercicio cotidiano del poder democrático. El mundo no fue, no es ni será un lecho de rosas. Se trata -y así será siempre- de resolver problemas en paz,  respetando las reglas de juego de la buena fe,  sin imperativos malevos de sinuosos trayectos y equívoco final.

El pecado original fue una desobediencia, quizás un modo de diferenciarse del origen, pero a partir de entonces Adán y Eva, cariño más cariño menos, y para suerte de la fábula, necesitaron caminar relativamente juntos, con algunos gritos ocasionales. Lo cuenta Mark Twain en su Diario de Adán y Eva. Se dice que tanto él como Macedonio Fernández han sido más conocidos por sus chistes que por sus talentos profundos, pero vale la pena escucharlos/leerlos. “El amor llega … Sencillamente llega –nadie sabe de dónde- y no puede explicarse… Y no es necesario explicarlo.” Así termina esa historieta.

Pero entre nosotros, más que explicarlo, sería saludable para la república  dar fin al juego  de simulaciones y disimulaciones -al mejor estilo shakesperiano- sobre el centro del poder real  en torno a la Presidencia. Bastante tenemos con la realidad mundial y local  para sobrellevarlas con el peso adicional de semejante lastre político.