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Opinión 03 08 2020

La vicepresidencia y su Tarquinia


Autor: Ariel Sribman Mittelman









En 509 a.C., los romanos derrocaron a su último rey, Tarquinio el soberbio, y proclamaron la república. Ahora, ¿de qué estaban cansados exactamente: de Tarquinio en particular o de la monarquía en general? ¿Por qué cambiarla por república, en lugar de simplemente destituir a Tarquinio y nombrar otro rey? Probablemente la respuesta combine ambos elementos: lo personal y lo institucional.

Por una parte, la monarquía podía ser ocupada por reyes virtuosos o viciosos. Lo defectuoso no era la institución en sí, pero esta alojó a más déspotas de lo que el pueblo romano podía tolerar. Había un problema en las personas.

Por otra parte, se infiere de la historia que la monarquía no ponía los límites necesarios a los abusos de quienes la ocupaban. Esa misma institución podía dar excelentes resultados políticos en otros tiempos y espacios, encarnada en reyes virtuosos; pero no era adecuada a la cultura política romana, jalonada por los abusos de las personas sobre las instituciones. Había un problema en las reglas del juego.

Primera conclusión: las instituciones importan; las personas que las ocupan también importan; y el buen acontecer de la política depende del acomodamiento entre unas y otras, que podemos resumir en la noción de cultura política.

Volemos hasta 1787. Estados Unidos aprueba su Constitución, que incluye la vicepresidencia como mecanismo de sucesión del Presidente. Se trataba de un retoño no deseado. La historia es muy larga para contarla aquí, pero se puede resumir en que la figura del vicepresidente, que no aparecía en el borrador original, es un engendro con el que los constituyentes norteamericanos consiguen –a duras penas– solucionar un problema del sistema electoral que nada tiene que ver con la sucesión del Ejecutivo.

En 1853, la Asamblea General Constituyente introduce en la Constitución argentina la vicepresidencia, copiándola de Estados Unidos sin mediar debate alguno. Entre 1810 y 1852, las Provincias Unidas habían ensayado los más diversos sistemas sucesorios para el Ejecutivo. El único que jamás se había utilizado, y por tanto se ignoraban sus virtudes y defectos, era la vicepresidencia. Por qué se optó por esta imitación, descartando toda la experiencia institucional local, es objeto de otro debate. Lo que aquí interesa es esta segunda conclusión: la vicepresidencia no había sido adoptada en Estados Unidos por ser el mejor sistema sucesorio; y fue imitada en Argentina, sin evaluar no solo su eficacia para satisfacer sus funciones específicas, sino algo mucho más importante: su adaptación a la cultura política argentina, muy distinta de la norteamericana.

Aterricemos en 2020. Observemos brevísimamente qué nos ha dejado la vicepresidencia en los últimos 37 años.

En 1989 Alfonsín abandona el poder, y su segundo, Víctor Martínez, hace lo propio. Primer apunte: la función principal de la vicepresidencia –la sucesión– queda insatisfecha.

Lo siguen en el cargo Eduardo Duhalde y Carlos Ruckauf. Ninguno de los dos protagonizó polémicas de relieve, aunque del primero vale recordar que aprovechaba las frecuentes ausencias de Menem para tomar medidas controvertidas (por ejemplo, los indultos de Luis Sffaeir y María Nin Saráchaga). Del segundo, que el Presidente lo presionó sostenidamente para que dimitiera, y ante la falta de resultados eliminó la Secretaría de Coordinación de la Vicepresidencia creada por el propio Menem apenas un año antes, en 1995), o la abierta oposición de Ruckauf a la re-reelección de Menem y al asilo político concedido por su propio Gobierno a Lino Oviedo. Segundo apunte: el Presidente no tiene capacidad de remover a su vice –conocemos los efectos negativos de este extremo, pero ¿conocemos algún efecto positivo?–.

El caso de Chacho Álvarez requiere de menos arqueología entre detalles y matices. El evento crucial es contundente: su renuncia, de manera que al dimitir De la Rúa un año más tarde, la función sucesoria queda insatisfecha –igual que con Martínez una década antes–. De aquí se puede extraer un tercer apunte: si la vicepresidencia queda vacante, la Constitución no permite al Presidente nombrar un sustituto. ¿Es esto necesariamente nocivo? Las comparaciones ayudan a comprender. En Estados Unidos, por ejemplo, se introdujo en los años 60 la xxv Enmienda constitucional: si falta el Vice, el Presidente puede nombrar un sustituto. Allí, igual que en Argentina, la línea sucesoria es extensa y deriva luego hacia otros Poderes, de manera que resulta poco concebible un verdadero vacío de poder. Por lo tanto, lo que esta Enmienda sugiere es, más allá de evitar la acefalía, la importancia de tener un vicepresidente leal al Presidente.

Tras la crisis política de 2001-2002, las instituciones restablecen su normalidad con Daniel Scioli como Vice de Néstor Kirchner. Los conflictos entre ambos fueron menores. Durante sus primeros meses en el cargo, Scioli hizo declaraciones contrarias al Gobierno, y la mano dura del Presidente lo puso en su sitio: expulsó a los funcionarios de la Secretaría de Turismo y Deporte (en manos de Scioli), le quitó el control sobre los fondos de esa Secretaría y lo mantuvo durante un tiempo aislado del Gobierno. Scioli tomó nota y el resto del mandato fue tranquilo.

Saltemos a 2008: tras el voto no positivo de Cobos en el Senado, volvió a hacerse clamorosa la incapacidad del Presidente para desplazar a un Vice que considera desleal. Al preguntarle en una entrevista por qué en aquel momento decidió no dimitir, Cobos contestó: “Tenía una obligación institucional con el pueblo; con los que me votaron y los que no”. Aquí aparece un dilema palmario: ¿tiene razón Cobos? ¿Es siquiera posible afirmar tajantemente que sí o que no? Tomemos, pues, un cuarto apunte: tras 170 años con una vicepresidencia en la Constitución, aún no sabemos con certeza a quién debe lealtad prioritaria el Vicepresidente: al Presidente o al pueblo.

La vicepresidencia de Gabriela Michetti fue un verdadero oasis de serenidad. No se registró en cuatro años enfrentamiento alguno con el Presidente, ni protagonizó escándalo público o privado que manchara al Ejecutivo en su conjunto. Fue verdaderamente ejemplar, no solo por la lealtad y la ausencia de conflictos, sino porque cumplió con exquisito rigor sus funciones en el Ejecutivo y en el Senado.

Lo mejor, como siempre, para el final. La candidata a Vice que nomina al candidato a Presidente. La constante necesidad de este de salir a explicar que las decisiones las toma él, no ella. El desequilibrio de poder dentro del Ejecutivo. Y, para completar el panorama, las irregularidades en la presidencia del Senado, apagando micrófonos y aprobando proyectos sin las mayorías necesarias.

A propósito del Senado, un quinto apunte. Decíamos que la vicepresidencia aparece en Estados Unidos como efecto colateral del sistema electoral. Algo similar ocurre con el hecho de que el Vicepresidente sea Presidente del Senado: es la inversión sin sentido de una lógica institucional. Durante siglos existió en numerosos países occidentales un Consejo de Estado o Senado –los nombres eran prácticamente intercambiables–, órgano muy pequeño (menos de una decena de miembros) que asesoraba al Ejecutivo. Para cumplir esta función adecuadamente, estaba formado por los ciudadanos más versados en los resortes del Estado. Y como consecuencia natural de esto, un miembro de este cuerpo sustituía al titular del Ejecutivo si este cargo quedaba vacante: nadie estaba en mejores condiciones que un senador para desempeñar la máxima magistratura del Estado. Y en muchos casos era específicamente el Presidente del Senado, por sabiduría y por prestigio, el designado para la sucesión. Se trataba, no obstante, de una sucesión breve: el tiempo justo para elegir a un nuevo titular del Ejecutivo. La lógica, en síntesis, era que un miembro del cuerpo de élite pasara temporariamente al Ejecutivo. Muy lejos de esta inversión que supone la vicepresidencia: que un miembro del Ejecutivo pase al Senado y lo presida, poniendo en riesgo además la división de poderes.

Resumamos conclusiones. Primero: la vicepresidencia nació en Estados Unidos casi por error. Segundo: Argentina la copió sin debate sobre su idoneidad ni sobre su ajuste a la cultura política local. Tercero: mientras Estados Unidos introdujo varias enmiendas constitucionales relativas a esta figura, Argentina la mantiene en lo esencial tal como era en 1853. Cuarto: con frecuencia no satisface su principal función –la sucesión del Presidente–. Quinto: además introduce dos serios problemas: el Presidente no puede desplazar a un Vice desleal y no puede nombrar un sucesor nuevo si la vicepresidencia queda vacante. Sexto: a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, la cultura política argentina –sobre todo determinados sectores– incorpora con frecuencia cierto grado de deslealtad; pero la institución no pone los límites convenientes a esos comportamientos. Séptimo: que el Vicepresidente sea Presidente del Senado es un despropósito; y, cuando se combina con la deslealtad institucional, trae el resultado que hemos visto recientemente.

¿Estaremos, pues, ante la Tarquinia de la vicepresidencia? ¿Aguantará el sistema político argentino muchos más abusos, mucha más insolvencia, mucho más desgaste causado por la vicepresidencia? Quizá sea conveniente una reforma constitucional antes de llegar al límite. Chile y México demuestran que sin vicepresidencia, con mecanismos sucesorios alternativos, la vida política es más serena.