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Opinión 22 04 2020

La seguridad de Armenia también depende del reconocimiento del Genocidio Armenio


Autor: Mario Nalpatian









Este 24 de Abril conmemoramos el 105 aniversario del Genocidio Armenio, planificado y ejecutado por Turquía en las vísperas del derrumbe y desaparición del Imperio Otomano.

En la República Argentina donde el reconocimiento del Genocidio Armenio es política de Estado y ha sido reconocido por los 3 poderes, las conmemoraciones de este año tendrán las limitaciones de movimiento y reunión que impone la pandemia del COVID-19.

No obstante, el activismo de la comunidad armenia a través de las redes sociales y la  difusión de mensajes recordará a sus mártires y continuará denunciando el negacionismo del Estado turco en asumir su responsabilidad por el crimen que perpetró.

El 24 de Abril de 1915, el gobierno de los Jóvenes Turcos puso en marcha en Estambul, capital del Imperio, el plan sistemático y preconcebido de aniquilamiento del pueblo armenio. La ocasión propicia fue el ingreso de Turquía a la Gran Guerra como aliada de Alemania.  

El plan fue puesto en marcha mediante el reclutamiento y posterior asesinato de los varones en edad de servir en tiempos de guerra, en caravanas de la muerte hacia los desiertos de Siria e Irak, en vagones de ferrocarril con miles de refugiados hacia campos de exterminio, con la islamización forzada, con el rapto de jóvenes y niños para enviarlos a los harenes o a las casas de altos funcionarios del gobierno turco.

La ejecución corrió por cuenta del ejército turco, fuerzas irregulares,  tribus kurdas  y formaciones especiales integradas por criminales y presos liberados al efecto.

La macabra maquinaria estatal forzó la desaparición y muerte de más 1,5 millones de seres humanos.

Detrás de todo este horror anidaban ideas xenófobas y racistas cuyas orígenes se remontan a mediados del siglo XIX, el neotomanismo  y el  panturquismo. La primera de ellas contraria a reformas en el sultanato y dirigida fundamentalmente hacia las minorías armenias y griegas, en particular. La segunda, proclamaba la expansión y unión de los pueblos de origen turco desde el Mediterráneo Oriental, el norte de África hasta Asia Central.

Transcurrido más de un siglo el pueblo armenio no ha cesado en la búsqueda del reconocimiento y reparación por parte de Turquía reivindicando la memoria y exigiendo justicia.

Desde que declaró su independencia en 1991, la República de Armenia ha intentado establecer relaciones diplomáticas con Turquía pero esta se niega a hacerlo. Más aun, la política negacionista del Estado turco es particularmente activa en los ámbitos diplomáticos, políticos y económicos donde procura obstaculizar a su vecina Armenia.

Desde 1993 Turquía tiene bloqueada su frontera con Armenia en solidaridad con Azerbaiyán el otro estado turco. Generando así cuantiosas pérdidas económicas y constituyendo una amenaza real a la seguridad del pueblo contra el cual cometió el genocidio.

En este contexto, el vigente panturquismo y el regreso al neotomanismo impulsado por el gobierno turco son motivos de justificada preocupación para las autoridades de Ereván.

Desde su llegada al poder en 2003 Recep Tayyip Erdogan ha profundizado sus rasgos más autoritarios hasta convertirse en un autócrata. Lejos de concretar su publicitado "cero conflicto con los vecinos", ha llegado hoy a solo conflicto con los vecinos.

La trayectoria de Erdogan en Derechos Humanos no es menos inquietante, sumado a su vidriosa política en el conflicto de Siria y a la presencia ISIS en este del país. Entre otras cuestiones, hacen de Erdogan un mandatario imprevisible.

En la confusión generalizada en que se encuentra el mundo en estos tiempos,  sumado a la debacle generado por el COVID-19, exigir a Turquía que reconozca el Genocidio Armenio es una cuestión de memoria y justicia. Además, es establecer alertas efectivas para la prevención de nuevos genocidios, algo en lo que la comunidad internacional no se ha mostrado efectiva.

La República Argentina por la sanción de la Ley 26.199/07 y las Resoluciones de ambas cámaras legislativas en 1985 debe asumir un rol más proactivo en el ámbito internacional para que Turquía reconozca el Genocidio Armenio y ahuyente cualquier peligrosa tentación de repetir la historia.