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20 04 2020

La pandemia y la mayoría de edad


Autor: Gabriel Palumbo









Cuida la libertad y la verdad se cuidará a sí misma

Richard Rorty

 

Una mujer que había sido detenida por la policía por violar la cuarentena en la provincia de San Luis fue encontrada muerta en su celda, un joven fue detenido por un tweet en el que incluyó la palabra “saqueo”y el gobernador de la provincia de Jujuy, Gerardo Morales, anunció que se fajarían y marcarían las casas de las personas infectadas para lograr un mejor control social. Hay lugares donde los intendentes han decidido, por su cuenta y responsabilidad, levantar barricadas, otros hacen sonar sirenas a determinada hora de la tarde para que la gente sepa que ya no es tiempo de salir. El gobierno anunció ciberpatrullaje y cierra comercios por no cumplir con sus normativas.

Cuando una cultura política está marcada por tendencias autoritarias y tiene un rechazo visceral por el liberalismo y la libertad, estas actitudes no se detienen ante la puerta de un partido político, frente a una ficha de afiliación y no distinguen posiciones económicas. Por el contrario, las actitudes iliberales se expanden y se refuerzan en situaciones como las que estamos viviendo con el COVID 19.

En nuestras sociedades las cosas se ordenan de arriba hacia abajo: el Estado es el organizador de la vida pública y el presidente encarna la totalidad del poder político. En este momento, el Congreso no funciona, la justicia está en una feria extraordinaria, los partidos de la oposición están atemorizados por la posibilidad de equivocarse y las organizaciones de la sociedad civil -que suelen estar atentas al control sobre el poder, a la transparencia y a los derechos humanos- brillan por su ausencia.

En este marco, muy favorable para reforzar la tentación centralista del gobierno nacional, se están comenzando a dar dos debates. Por un lado, el de las consecuencias del aislamiento tal y como lo plantea el presidente. Por el otro, la discusión sobre las maneras de salir de la cuarentena.

Estos debates tropiezan, fundamentalmente, con el modo en el que el presidente ha planteado las cosas en su última intervención por cadena nacional. Con tono pretendidamente didáctico mostró gráficos que merecieron muchas críticas y que exponían comparabilidades imposibles. La síntesis de su argumento, sin embargo, continuó imperturbable. Según lo expresado por el presidente, lo mejor que se hizo fue declarar la cuarentena. Nuestro “éxito” residiría exclusivamente en esa medida. No me interesa discutir la veracidad de ese enunciado, de hecho carezco del conocimiento técnico para hacerlo, pero sí creo que se pueden establecer aproximaciones e interpretaciones políticas y culturales.

Como bien lo dijo Kristijan Fidanovski en una magnífica nota en Quillette de esta semana: cuando un gobierno decide encerrar a su población juega su carta final.

Para salir de una situación tan limítrofe son necesarias algunas condiciones que en el caso de nuestro país no aparecen ni se sospechan. La sensación de que la cuarentena es la única medida de política pública del gobierno se refuerza en el énfasis presidencial y se confirma con la falta de definición en muchos otros aspectos.

Dicho esto, no hay que desestimar en qué medida la glorificación del encierro como método responsabiliza al otro. Es el otro, el que no está encerrado conmigo y al que no puedo controlar, el que significa un peligro. Si la única seguridad es el aislamiento, ¿Qué interés se puede tener en romperlo o en moderarlo? ¿Qué interés se puede tener, en definitiva, en estar en contacto con otro, incluso con los cuidados necesarios?

La falta de ideas acerca de la continuidad de la situación que muestra el gobierno nacional no debiera sorprender. El gobierno de Alberto Fernández mostró desde el principio niveles de improvisación y quietismo muy fuertes, la mayoría de las veces explicados por la tensión entre facciones. Sería demasiado ingenuo pensar que frente a una situación de gravedad global, lo que era titubeo se convertiría en política pública activa y lo que se mostraba claramente como impericia terminaría siendo mágicamente talentoso. En el manejo de la crisis del COVID19, el gobierno se mostró coherente desde el principio: lo negó primero, lo minimizó después y le puso un manto trágico tomando decisiones de una torpeza y una deshonestidad imperdonables frente a esta coyuntura. Es difícil imaginar que sea el gobierno quien provea de las herramientas necesarias para moderar los efectos de la cuarentena de una manera eficaz, prudente y que no refuerce los sesgos autoritarios de nuestra cultura.

Una de las maneras de colaborar en que esto pase es la de vincular, en la conversación pública, la libertad con la esperanza. Desde ya que esto tendrá consecuencia en la economía y en la producción, pero los efectos más importantes serán en la cultura cívica y en la experiencia cotidiana. 

Que el hecho de volver a moverse con márgenes de libertad, tomando todas las precauciones necesarias, sea percibido como un acto constructivo de esperanza social implica un cambio de paradigma. Hasta ahora la idea principal ha sido la coacción, lo que sabemos que genera muchas veces actitudes opuestas a las buscadas. La implementación del impuesto a los más ricos es un buen ejemplo. ¿Qué sucedería si, en vez de lanzar ese proyecto que grava sus fortunas, un gobierno confiable convocara a un grupo de empresarios a convertirse en héroes cívicos aportando recursos de todo tipo para colaborar en la solución de problemas? ¿Qué pasaría si se buscara ese erotismo del dar que Sloterdijk construye en su idea de fiscalidad voluntaria?

Si en lugar del léxico extractivo se utilizara, desde el discurso público, desde los medios de comunicación y desde la ciudadanía una gramática colaborativa más relacionada con la creatividad y la imaginación que con el orden y el acatamiento, las posibilidades responsables de salida de la cuarentena se verían más claras.

Este cambio implicaría cosas importantes. Cada ciudadano se vería percibido como un sujeto comprometido, más cercano a un adulto que razona que a un menor al que hay que limitar y retar. La sociedad, además, podría fortalecer los vínculos asociativos que serán vitales para recuperar de a poco algo de lo mucho que se habrá perdido con esta crisis. Si, además, se hace sosteniendo a la libertad, estaremos también cuidando la verdad que necesitamos para alejarnos del miedo.

Publicado en Perfil el 18 de abril de 2020.

Link https://www.perfil.com/noticias/columnistas/pandemia-y-mayoria-de-edad.phtml?fbclid=IwAR25ceM54D5sV23wMA7VBUqev-t1dJIvan4rs4MViaJHz7cYE8-zBx52TBc