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Opinión 03 03 2021

La nueva era de El Salvador


Autor: Tomás Balbino









Las elecciones del pasado 28 de febrero serán un antes y un después para la historia contemporánea de El Salvador. Tal vez como nunca antes unos comicios legislativos determinaron tanto el devenir de la política del país centroamericano. Indudablemente se abrió la puerta a un tercer momento histórico que viene a pasar una página más de la historia salvadoreña. Invirtiendo la frase de Bertolt Brecht, ¿puede que lo viejo acabe de morir y lo nuevo comience a nacer?

No se puede entender el presente sin comenzar con una mención a la Guerra Civil acontecida entre 1979 y 1992. Doce años de violentos enfrentamientos dejaron un saldo de más de 70.000 muertos, desplazados, cientos de miles de emigrados y un escenario político y económico extremadamente delicado. Las consecuencias de la guerra aún están presentes en las calles de El Salvador y en las cicatrices de su pueblo.

El final de la guerra dio paso a un segundo momento, iniciado con los acuerdos de paz de Chapultepec, y estuvo signado por la disputa entre dos partidos políticos con ideología y bases de apoyo bien definidas. El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), partido de izquierda creado en 1980 para unificar las organizaciones guerrilleras que combatieron a la dictadura militar, y la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), partido de derecha conformado en 1981.

Durante los casi 30 años del período de post-guerra (1992-2019) los dos partidos monopolizaron la política salvadoreña y moldearon un sistema bipartidista. Gobernaron el país y fueron responsables o testigos de una compleja realidad que causó sufrimiento ciudadano. El incremento exponencial de la violencia a partir del crecimiento y expansión de las Maras (pandillas criminales) y su vínculo con el narcotráfico posicionó a El Salvador como uno de los países del mundo con mayores tasas de homicidio, la corrupción estructural del sistema político, y el deterioro de indicadores económicos y de desarrollo humano, fueron algunos de los elementos de aquella compleja realidad.

Ese período generó un caldo de cultivo perfecto para el hartazgo social y una consecuente deslegitimación de los partidos políticos y de la política en general. La antesala para la llegada de un tercer momento histórico estaba preparada. Y el pasado 28 de febrero comenzó definitivamente.

En ese contexto se di la irrupción de Nayib Bukele (38 años) como líder político nacional. Su capacidad para canalizar el creciente descontento social, su habilidad en el manejo de la comunicación y las redes sociales y sus gestiones como alcalde de las ciudades de San Salvador y Nuevo Cuscatlán lo posicionaron como un candidato anti-establishment, cercano a la población y dispuesto a romper con el status quo.

Sin partido político propio, las elecciones presidenciales de 2019 le dieron un triunfo en primera vuelta con más del 53% de los votos, lo que significó un antes y un después para el sistema político salvadoreño. Por primera vez la joven democracia dejaba el bipartidismo y no estaba liderada por los partidos tradicionales.

Sin embargo aún persistía una Asamblea Nacional controlada en un 90% por la oposición, ya que la misma se renueva en su totalidad cada 3 años (los mandatos presidenciales lo hacen cada 5). Ese poder opositor limitó el margen de acción del ejecutivo en la implementación de su programa durante el primer año y medio de gobierno. Argumento perfecto para sumar a la cruzada contra las estructuras políticas tradicionales del presidente Bukele. Una vieja Asamblea vs. un nuevo gobierno de cambio. Hábilmente ese contraste sobrevoló la política salvadoreña estos últimos meses.

El giro definitivo se dio el pasado 28F con la victoria abrumadora del partido creado por Bukele, Nuevas Ideas, que superando un 67% de los votos alcanzó una mayoría calificada y se consolidó como primera fuerza política nacional. Según resultados preliminares, de los 84 diputados, 56-58 serían para el oficialismo. Por primera vez en la historia un partido ganaba dos terceras partes de la Asamblea. Y de los 262 municipios del país, 146 alcaldías quedarían también en manos del oficialismo. Como contracara, el desplazamiento del FMNL y ARENA fue contundente, experimentando la peor derrota de la historia.

Esta nueva era pone fin al momento de post-guerra y abre un nuevo escenario para la democracia salvadoreña. Las opiniones sobre el período que comienza son dispares. Los partidos opositores y parte de la comunidad internacional alertan sobre posibles derivas autoritarias como consecuencia de la excesiva acumulación de poder en manos del presidente. Por su parte, la mayoría de la ciudadanía salvadoreña confía en la plataforma de cambio que propone Nuevas Ideas y deposita altísimos niveles de expectativa sobre el futuro cercano del país, reflejada en su afluencia masiva a las urnas para acompañar al ejecutivo nacional y darle la posibilidad de una Asamblea propia.

En cualquiera de los casos la ciudadanía se manifestó a través de las urnas de manera pacífica y democrática. Las garantías para unas elecciones transparentes y seguras estuvieron: desde la existencia de un Tribunal Supremo Electoral controlado por la oposición, hasta la presencia de más de 1300 observadores internacionales en los centros de votación. Como conclusión, los partidos opositores reconocieron la derrota y anunciaron la necesidad de reconfigurar sus plataformas y organizaciones políticas.

Con la asunción de los nuevos diputados y diputadas Nayib Bukele tendrá vía libre para aprobar las leyes necesarias que permitan la implementación total de su programa de gobierno. Dejará de existir, al menos hasta las elecciones de 2024, la idea del enemigo común materializado en los partidos políticos tradicionales, y sólo quedarán las características y resultados de su ejercicio de gobierno y la responsabilidad con la que maneje una acumulación de poder sin precedentes.   

La noche de los comicios el Presidente Bukele dijo que la gente había esperado 40 años para esto. El tiempo dirá si la nueva era de El Salvador vendrá con progreso, desarrollo y una democracia de bases institucionales sólidas, o si, por el contrario, estará signada por la persistente violencia, corrupción de su sistema político y debilidad institucional. Lo que queda claro es que el pueblo salvadoreño depositó sus expectativas como nunca antes en la nueva era que comienza. Y ya no queda margen para la decepción.