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Opinión 28 01 2020

La liberación de Auschwitz en los recuerdos de Primo Levy


Autor: Susana Reinoso









En La tregua, el segundo de los libros de su Trilogía de Auschwitz, Primo Levi narra: “La primera patrulla rusa avistó el campo hacia el mediodía del 27 de enero de 1945. Charles y yo fuimos los primeros en divisarla. Estábamos llevando a la fosa común el cadáver de Sómogyi, el primer muerto de nuestros compañeros de habitación. Volcamos la camilla sobre la nieve sucia, porque la fosa estaba llena ya y no había otra sepultura. […] Eran cuatro soldados jóvenes a caballo, que avanzaban cautelosamente, metralleta en mano, a lo largo de la carretera que limitaba el campo. Cuando llegaron a las alambradas se pararon a mirar, lanzando miradas llenas de extraño embarazo a los cadáveres descompuestos, a los barracones destruidos y a los pocos vivos que allí estábamos”.

No importa cuántas veces uno lea su Trilogía, siempre hay pasajes donde solo queda llorar silenciosamente frente a las palabras despojadas de florituras de Levi, que narra lo peor y lo mejor de la condición humana. 

El escritor italiano, hijo de una familia liberal y acomodada, que había sido un estudiante sobresaliente de Ciencias Químicas en Turín, llegó a Auschwitz en febrero de 1944 siendo muy joven, en una etapa de la Segunda Guerra Mundial en que los nazis precisaban mano de obra esclava, razón que prolongó su vida hasta la liberación del campo de exterminio por los rusos.

“Nos parecían asombrosamente corpóreos y reales, suspendidos sobre sus enorme caballos, entre el gris de la nieve y el gris del cielo. […] la nada llena de muerte en que dábamos vueltas desde hacía diez días había encontrado su centro sólido: […] cuatro mensajeros de paz, de rostro rudo e infantil bajo los pesados cascos de pieles. No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto”, recuerda Levi en el capítulo titulado El deshielo. 

Fue Anatoly Shapiro el primer oficial ruso que ingresó en Auschwtiz-Birkenau, un complejo de edificios y barracones, que incluía las cámaras de gas y los crematorios. Antes de su muerte y durante otro aniversario conmemorativo del Holocausto, el militar recordó: "Había tal hedor que era imposible estar ahí por más de cinco minutos. Mis soldados no lo podían soportar y me rogaban para que los dejara ir. Pero teníamos una misión que cumplir".

Entre diez mil y treinta mil prisioneros se abarrotaban en el complejo Auschwitz. Cuando los nazis huyeron, los rusos se encontraron cerca de ochocientos mil enfermos, de los cuales se calcula que quinientos mil no sobrevivieron la liberación.

Cuando el militar ruso les dijo a aquellos hombres vestidos con harapos, hundidos en su dignidad, que eran libres del yugo nazi, una pesada niebla de desasosiego se apoderó de Levi y los escasos sobrevivientes del campo: “…frente a la libertad nos sentíamos desvanecidos, vacíos, atrofiados, incapaces de desempeñar nuestro papel. […], en aquel momento en que la esperanza de un retorno a la vida dejaba de ser una locura, me sentía vencido por un dolor nuevo y más vasto: era el dolor del exilio, de la soledad, de los amigos perdidos, de la juventud perdida, y de la multitud de cadáveres a mi alrededor”. 

Las órdenes fueron darles de comer, atender a los enfermos (Primo Levi entre ellos), proveer medicamentos y sepultar los cadáveres. Civiles polacos, hombres y mujeres, se abocaron a la tarea, pero desertaban a las pocas horas, incapaces de soportar el cuadro frente a ellos. 

Levi regresó a Italia, luego de un largo trasiego por Polonia, Rusia y Bielorrusia (en buena medida por error de los rusos que los salvaron), diez meses después de la liberación de Auschwitz. La Segunda Guerra Mundial se había saldado el 8 de mayo de 1945, con 50 millones de muertos y 30 millones de refugiados que buscaban dónde recomenzar. 

“Llegué a Turín el 19 de octubre, después de treinta y cinco días de viaje. La casa estaba en pie, toda mi familia viva, nadie me esperaba”, relata Levi. El tren que lo transportaba de regreso se había partido en dos en la subida hacia la frontera italiana, desde Austria. “De los seiscientos cincuenta que éramos al salir, volvíamos tres. ¿Cuánto de nosotros se había apagado? ¿Volvíamos más fuertes o más vacíos? ¿Dónde íbamos a encontrar la fuerza para volver a vivir? Nos sentíamos viejos de una vejez secular…” .

Solo muchos meses después de su regreso desapareció en Primo Levi el hábito de caminar mirando el suelo, como buscando algo que comer o conseguir algo que cambiar por un pedazo de pan. Y durante años sufrió un sueño lleno de espanto que comenzaba con la orden del amanecer en Auschwitz. Una palabra temida y extranjera: “Wstawać!” (Levántense!)”.

Primo Levi se suicidó en abril de 1987. Como escribió en el extraordinario prefacio de la Trilogía de Auschwitz el escritor español Antonio Muñoz Molina: “…se habría quitado la vida atrapado en la doble angustia de no rendirse al olvido y de no poder soportar el recuerdo. Murió por azar cruel o se quitó la vida, pero la voz sigue actuando sobre nosotros como rememoración y advertencia. Casi nadie ha contado como él la sagrada dignidad de la vida, el impulso de piedad que incluso en medio del horror nos da la oportunidad de seguir siendo plenamente humanos”. 

Publicado en Clarín el 27 de enero de 2020.

Link https://www.clarin.com/cultura/liberacion-auschwitz-recuerdos-primo-levi_0_A7OjwRMq.html