menu
11 04 2020

La imaginación al poder


Autor: Alejandro Garvie









Lo que el Mayo Francés no pudo lograr, está a punto de llevarlo a cabo un virus que va carcomiendo el orden económico que conocemos hasta hoy. No es el fin, puede ser el comienzo de algo mejor: un mundo sostenible.

Sólo en la Argentina 40.000 empleos directos y un millón trescientos mil, en total, están provistos por la llamada “industria sin chimeneas”. El turismo –actividad de ocio y entretenimiento, colateralmente cultural– sufrirá un inmenso colapso en todo el mundo, calculado en 50 millones de puestos de trabajo que quedaron en riesgo según informó el Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC). Pensemos que en Cuba, cuya débil economía está sostenida por esta actividad, sobre todo, la incipiente economía cuentapropista habilitada por el gobierno. En la isla hay más complejos de hoteles de lujo que hospitales públicos –relación que se da en la mayoría de los  países abiertos al turismo.

Este caso señala el gran desafío que deberá ser resuelto por los políticos al frente de Estados que tiene hoy distintas capacidades y diferentes grados de integración regional e internacional. Por caso: ¿Tiene sentido que la Argentina aplane la curva de contagio y que en Brasil la situación se desmadre? ¿Puede un gobierno que aplica medidas exitosas, soportar la presión de los poderosos que persiguen el statu quo, único garante de sus beneficios?

Hay una serie de futuros posibles, todos dependientes de cuanta imaginación se ponga al servicio de políticas públicas innovadoras, en el marco del respeto a la dignidad humana que comienza con el respeto al medio ambiente. Esta crisis puede servir para eso o para precipitarnos al peor de los mundos, profundizando el egoísmo, el lucro incesante a toda costa, y la desesperación y la desigualdad como motor social.

En mi nota de la semana pasada, argumenté que la pandemia es producto de nuestra estructura económica, del incesante – e insostenible – avance del hombre sobre la naturaleza y su tecnología, causante de estragos ambientales. Si pudiéramos convenir que esto es así, el virus estaría señalando que debemos cambiar nuestros hábitos y estructura productiva, de hecho, nos está obligando a hacerlo.

En el contexto de aislamiento e “hibernación económica”, como se lo ha denominado acertadamente en España, la estructura actual marcha hacia una inevitable recesión que aniquilará cientos de millones de puestos de trabajo y a las empresas que ligan el trabajo con el capital.

El economista británico James Meadway hace tiempo que trabaja en esquemas alternativos al liberalismo sugiere que, “la respuesta correcta al COVID-19 no es una economía de tiempos de guerra, con un aumento masivo de la producción. Más bien, necesitamos una economía ‘anti-guerra’ y una reducción masiva de la producción. Y si queremos ser más resistentes a las pandemias en el futuro (y evitar lo peor del cambio climático), necesitamos un sistema capaz de reducir la producción de una manera que no signifique la pérdida de medios de vida.”

La economía debería basarse en la cobertura de las necesidades para la vida digna y no bajo la premisa de que hay que producir cada vez más, sobre todo elementos superfluos o inalcanzables  para las mayorías que aumentan la ansiedad, la criminalidad y la miseria. La sociedad del riesgo –tal como la llamaba el sociólogo alemán Ulrich Beck– debe dar paso a la sociedad de la solidaridad.

Hoy, en todo el mundo, los gobiernos están tomando medidas que hace tres meses parecían imposibles. En España, los hospitales privados han sido nacionalizados. En Alemania ya han reducido la jornada laboral y comienzan a convencerse que la vida de las personas no puede depender de un salario. En el Reino Unido, la posibilidad de nacionalizar varios medios de transporte está en carpeta. Francia ha declarado su disposición a nacionalizar las grandes empresas, a la vez que decretó tres meses de servicios públicos esenciales gratis.

No obstante, los centros poderosos del neoconservadurismo tuvieron que ir virando de posiciones tales como “el contagio en manada” a “algunos mayores tendrán que morir”, a reconocer que deben “hibernar” y, probablemente, a entender que ya no habrá un mundo “normal” bajo las antiguas reglas basadas en el mercado. Y los EE.UU. lanzaron un salvataje superior al de la crisis de 2008, mientras 16 millones de trabajadores solicitaron ya el seguro de desempleo.

La centralidad del Estado, en un ambiente democrático auténtico, no supone la omnisciencia de un Estado autoritario, esquema que la “solución china” propagandiza en su lucha contra el virus. Los que están ávidos por cambiar y los que se resisten con todo su poder deberán acordar, como en aquellos Acuerdos de Grenelle del mayo francés – aunque más radicales y perdurables -rendirse frente a la evidencia del límite natural y acelerar las políticas que hace una década están proponiéndose para tener un mundo mejor.

Aquí, en la Argentina, un gobierno ha tomado el camino de la dignidad humana, esperemos que, junto a las demás fuerza políticas, ponga toda su imaginación y toda su ciencia para construir consensos en torno a un sistema económico que reemplace al que ha dominado los últimos 40 años del mundo de manera implacable y errónea, de una manera que sólo la naturaleza como fuerza imperiosa le ha puesto límite.