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Opinión 06 05 2020

La “guerra” no es contra el Covid 19, es contra el statu quo


Autor: Miguel Lozupone









En primer lugar quisiera dejar en claro que soy uno de los millones de argentinos que valora y coincide con las decisiones llevadas adelante por nuestro Presidente de la Nación, Alberto Fernández, con respecto al manejo del aislamiento social, preventivo y obligatorio en el que estamos. Creo profundamente en el humanismo de su frase "Una economía que se cae, se levanta. Una vida que se pierde, no se recupera más.” No hace falta señalar el profundo efecto que ha tenido ese concepto en todos nuestros compatriotas.

Pero por otro lado, disiento de la idea de que estamos en una “guerra contra un enemigo invisible,” como también expresaron otros presidentes como Macron y Trump. Ese concepto, errado, está siendo replicado hasta el cansancio cada día en los medios de comunicación por parte de funcionarios de los tres niveles de gobierno, comunicadores, profesionales expertos, opinólogos y todo tipo de “mediáticos” que rellenan el aire que consumimos desde nuestro confinamiento obligatorio. 

¡Nada más alejado de la realidad! Esta pandemia que el mundo está sufriendo es producto del famoso Covid 19 que no es otra cosa que un virus. Los virus son una forma orgánica acelular cuya presencia en la Tierra puede ser tan antigua como 3.800 millones de años, es decir casi tan antigua como la vida y bastante anterior a los humanos cuya historia data de tan solo 300 mil años.

Los virus no son enemigos de los humanos ni de los otros animales, plantas, o hasta bacterias en las que se alojan, simplemente son, y en su devenir necesitan organismos huéspedes dentro de cuyas células se reproducen.  Tan simple y sofisticado como eso. De hecho los virus han sido una parte importante en el proceso evolutivo, desafiándonos y marcando la evolución de la vida en el planeta. El Proyecto 1000 Genomas de hecho ha demostrado la presencia de huellas genómicas en poblaciones humanas producidas por epidemias virales pasadas. Se cree que hasta un 10% del genoma humano puede ser de origen viral. Por eso la idea de convertirlos en “enemigos” no solo es una falsedad sino que es una simplificación peligrosa. Los humanos y los virus formamos parte de la naturaleza y como tal nos hemos cruzado, y nos seguiremos cruzando, de forma orgánica siempre. 

Por otro lado, como todos intuimos, una guerra es entre bandos, sean estos estados o partes de uno, y por definición es brutal e implacable para lograr los objetivos en disputa. Esa no parece ser la situación en la que estamos. El Covid 19 no nos estudia, no desarrolla estrategias y no quiere sojuzgarnos a un nuevo orden. De hecho somos nosotros los que le permitimos moverse y expandirse. Aún se encuentra en discusión en la comunidad científica si un virus tiene “vida propia”, imagínense que tan ridículo puede ser llegar a “humanizarlo” y otorgarle conductas militares. 

Pero, ¿cuál sería el motivo de esta humanización? Creo que esto responde, por un lado, a la necesidad de disciplinar a la población frente a la amenaza real e inminente a la vida, y a la necesidad del estado de poder tomar medidas extraordinarias rápidamente y sin pasar por el lento trámite institucional que comúnmente conllevan nuestras instituciones democráticas. Para poder sortear esto, es indispensable exacerbar las consecuencias (la muerte) y establecer que es la seguridad de la Nación lo que hay que defender contra un enemigo común y devastador.

Para entender este proceso que estamos viviendo, la Escuela de Estudios Críticos de Seguridad de Copenhague desarrollo a finales de los 90 el concepto de la “securitización” que se refiere a la construcción de la seguridad a través del discurso público. Según académicos como Ole Waever y Barry Buzan, nuestra interpretación de la realidad es la que define nuestra percepción sobre las amenazas y sobre aquello que debe ser protegido a toda costa, pero esta percepción puede ser influenciada por discursos públicos de manera tal de preparar a la sociedad para aceptar las políticas a implementarse para darle seguridad a lo que estaría bajo amenaza. La cuestión se presenta como una amenaza existencial a un algo cuya supervivencia es legítima, como en este caso las vidas humanas. 

Para hacer frente a esta amenaza, en este caso mortal, se requieren medidas de emergencia fuera de los límites normales del procedimiento político, es decir, acciones excepcionales que se justifican por la envergadura de la amenaza en cierne. La securitización es un proceso esencialmente intersubjetivo y socialmente construido a través del discurso público que se transmite y termina haciéndose propio de la sociedad, esa es la clave del éxito. La securitización es aceptada socialmente de forma mayoritaria o no es. No estoy diciendo que esto sea malo ni bueno, esto sucede a través del tiempo en todas las sociedades y sus objetivos pueden ser también nobles.

Un buen ejemplo es el caso de la defensa del ambiente. Personalmente me considero un “ambientalista” en el sentido amplio del término, y como tal me siento aún derrotado al no haber podido lograr todavía “securitizar” la causa de la defensa del ambiente en nuestra sociedad.  Se ha venido intentando a través de las últimas décadas pero, a excepción de los momentos en los que ocurren catástrofes ambientales,  nos hemos logrado, como colectivo, que la sociedad tome la defensa del ambiente como una causa urgente que precisa de medidas excepcionales. La ciencia y la política saben que esto es necesario, especialmente por el fenómeno del cambio climático, pero la sociedad no lo percibe todavía de esa manera y por lo tanto esto no ocurre. 

Volviendo al tema del manejo público de la pandemia provocada por el Coronavirus, nuestro Presidente cuenta hoy con la reputación y la autoridad para ejercer el liderazgo de nuestra nación con el apoyo, explícito o tácito de la oposición que entiende la urgencia de la hora. La causa de la defensa de la vida es fundamental y no resiste debate, pero la dialéctica de la guerra contra un enemigo, que no es tal, nos puede llevar a situaciones que pueden ser peligrosas. Así es como se dan las primeras consecuencias negativas de esta securitización de la pandemia, los jueces dictando liberaciones masivas de presos, algo que no está ocurriendo en otros países con más muertos que el nuestro, bajo la excusa de la protección de la vida. Esta es solo una muestra de los problemas de esta generalización de la idea de la guerra sin cuartel por defender la vida nos va a provocar. Más de estas consecuencias negativas están por venir, en ese y otros ámbitos.

Como dijo Andrés Malamud: “Una pandemia es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de los sanitaristas”. Este es un problema complejo que merece un abordaje integral dado que afecta a todas las áreas a la vez y dejando consecuencias gravísimas. Un problema complejo como este debe ser abordado como tal, no dentro de la lógica del maniqueísmo dialectico a la que nos lleva el discurso oficial sino que desde un tratamiento holístico y transdisciplinario, dentro del cual el país es un sistema integral y complejo donde los equilibrios preexistentes se han modificado y su resultado será, sin dudas, un nuevo orden con nuevos equilibrios y realidades. 

Esta es una oportunidad única para impulsar un nuevo modelo, más sustentable y orgánico, alineado con la naturaleza, no combatiéndola. Un “Green New Deal,” como recientemente sugirió la Canciller alemana Angela Merkel, que nos impulse a resolver los nuevos desafíos de este siglo promoviendo la sustentabilidad integral de un sistema complejo donde los equilibrios económico, ambiental y social se entrelacen hacia un paradigma de inclusión y sustentabilidad de acuerdo a los criterios de equilibrio de la naturaleza y las cargas que pueden soportar los ecosistemas de los que somos parte. Un nuevo paradigma basado en la ciencia, ideal para un gobierno de “científicos.”

Para esto es necesario cambiar la dialéctica de la “guerra” que nos devuelva a lo anterior al “ataque” que era lo “normal” y conocido, y comenzar a hablar del desafío de crear un nuevo mañana. Antes de la pandemia ya estábamos mal y después de ella estaremos mucho peor. La solución es cambiar la normalidad, no volver a ella. De lo contrario usaremos viejas respuestas a nuevos desafíos urgentes, como el quebranto de la economía, el desempleo, las deudas y morosidades masivas, el atraso en la educación, y por supuesto la recesión con inflación que está a la vuelta de la esquina con sus consecuencias en hambre y miseria. Todo urgente y bajo la continua amenaza de posibles rebrotes epidémicos. 

Cuando esos problemas sean más urgentes y no podamos resolverlos en tiempo y forma, ¿a quien le vamos a echar la culpa?, ¿a un virus? ¿Cómo mantendremos la unidad nacional, inventando a otro enemigo? La dialéctica de los enemigos invisibles nos puede llevar a un escenario aún más confuso.

Por eso señor Presidente, clase dirigente, comunicadores, mediáticos y la mar en coche, por favor paren de hablar de guerra, enemigos, trincheras y héroes. Si la pandemia avanza es porque nosotros no sabemos comportarnos y no cumplimos con cuidarnos los unos a los otros, no porque el enemigo es mejor que nosotros y nos esté ganando. Salgamos de la lógica castrense, no peleamos contra un ejército, sino que sufrimos las consecuencias de la exposición a un virus altamente contagioso, que se propaga rápidamente y al que no somos inmunes. Nuestros “héroes” no nos piden que los aplaudamos sino que les demos los insumos para hacer su trabajo eficientemente y sin contagiarse, y por supuesto que no les rebajemos los salarios. 

Por favor, no somos soldados, somos ciudadanos. Hablemos de solidaridad mejor y de los buenos ejemplos, que por suerte nos sobran. Hagamos lo que corresponde no por “obediencia debida” sino por una decisión libre y fraterna entre seres humanos iguales y solidarios. Ahí si podremos salir de esta crisis fortalecidos para encarar los desafíos que nos quedan, que son muchos y no todos producto de esta pandemia sino de muchos años de desencuentros. Si lo logramos saldremos de esto unidos de verdad y sin grietas, no para pelear contra nadie, sino para construir un futuro mejor.