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Opinión 30 03 2021

La grieta en Argentina: dos modelos de Justicia Social


Autor: Julián Álvarez Sansone









En términos teóricos, existen en la actualidad dos modelos de justicia social: el que corresponde a la "igualdad de posiciones", y el que corresponde a la "igualdad de oportunidades". Estos dos modelos apuntan al mismo objetivo: buscan reducir la tensión fundamental que existe en las sociedades democráticas entre la afirmación de la igualdad de todos los individuos y las inequidades sociales nacidas en el seno de cada sociedad. Ambas posturas procuran reducir algunas inequidades para volverlas, al menos, aceptables. No obstante, estos dos modelos difieren profundamente en los caminos y los modos en que se llegan a esas "inequidades aceptables".
La igualdad de posiciones, explica el sociólogo francés François Dubet, se centra en los lugares que organizan la estructura social. Es decir, pone el foco en el conjunto de posiciones ocupadas por los individuos, sean estos hombres o mujeres, con más educación o con menos, viejos o jóvenes, etc. Esta representación de la justicia social tiene como objetivo reducir las desigualdades de ingresos, y de las condiciones de vida que se ven asociadas a las diferentes posiciones sociales que ocupan los individuos, altamente dispares en términos de sus calificaciones, de su edad y su talento.  Así, la igualdad de posiciones busca lograr que las distintas posiciones estén, dentro de la estructura social, más cerca las unas de las otras, pero a costa de que la movilidad social de los individuos no sea ya una prioridad. En otras palabras, no se trata de decirle al hijo de un obrero que estudiando puede llegar a ser ejecutivo como podría serlo el hijo de un ejecutivo, sino que se trata de que haya una menor diferencia de ingresos entre los obreros y los ejecutivos, a fin de lograr una sociedad más igualitaria. Con respecto a las mujeres, por ejemplo, la igualdad de posiciones busca que las mujeres ganen más desempeñando tareas dominadas por mujeres (como el trabajo de secretaria o administrativa), pero no necesariamente que las mujeres tengan la igualdad de oportunidades para ingresar a cargos dominados por los hombres (como los cargos jerárquicos de las empresas).

Cabe resaltar que el riesgo de la igualdad de posiciones es que los más "desfavorecidos" terminen paradójicamente más favorecidos o privilegiados sin ningún tipo de mérito. Para ejemplificar, en nuestro país, un camionero de larga distancia (que no necesariamente tiene el secundario terminado) gana  45 mil pesos de base  y su salario puede llegar hasta los 100.000 pesos con distintos ítems adicionales. Por su parte, una enfermera que estudió para salvar vidas y hoy arriesga su vida en el marco de la pandemia gana 49.000 pesos. Más alarmante es esto cuando se piensa que a nivel nacional, el salario promedio de un docente con una antigüedad de 10 años es de 39.552 pesos. Es decir, pese a haber hecho los méritos suficientes en un profesorado durante cinco años y haber trabajado 10 años en una escuela, los ingresos de miles de docentes están  por debajo de lo que gana un camionero sin experiencia y sin estudio.

La segunda concepción de la justicia social radica en la igualdad de oportunidades, la cual se presupone mayoritaria y más instalada en la sociedad. Mediante esta postura, se le busca ofrecer a todos la posibilidad de ocupar las mejores posiciones en función de un principio meritocrático. Según Dubet, en este caso, la justicia ordena que los hijos de los obreros tengan el mismo derecho de convertirse en ejecutivos que los propios hijos de los ejecutivos, sin poner en cuestión la brecha que existe entre las posiciones de los obreros y la de los ejecutivos. Del mismo modo, el modelo de la igualdad de oportunidades aspira a la paridad entre hombres y mujeres en todos los peldaños de la sociedad, sin que por ello se vea necesariamente transformada la escala salarial de las distintas actividades laborales. De esta forma, según explica Dubet, la igualdad de oportunidades quiere menos reducir la inequidad entre las diferentes posiciones sociales que luchar contra las "discriminaciones" que perturbarían una competencia mediante la cual los individuos, presuntamente iguales, ocuparían posiciones jerarquizadas.
Para muchos, no hay mucho que discutir entre una postura u otra. Están quienes defienden la igualdad de posiciones y quienes lo hacen inclinándose por la igualdad de oportunidades. En definitiva, como planteaba el filósofo estadounidense John Rawls, una sociedad democrática verdaderamente justa debe saber combinar la igualdad fundamental de sus miembros con las "justas inequidades" nacidas de una competencia democrática y equitativa. Esto es, quizás, una de las piedras angulares de la democracia liberal que le ofrece a uno la posibilidad de vivir su vida como quiere, en el marco de un contrato social con derechos y obligaciones.

Sin embargo, el hecho de que haya una disputa intelectual en pugna por parte de diversos actores y agrupaciones políticas no es un dato menor. No es lo mismo apostar al aumento de los bajos salarios y a las mejoras de ingresos de los desempleados que viven en barrios marginales que procurar que los ciudadanos de dichos barrios tengan las mismas oportunidades de ingresar al trabajo formal que tienen otros ciudadanos de clase media en función de su mérito. A su vez, no es lo mismo decirle a un trabajador senegalés que haremos lo posible para que pueda conseguir un empleo en blanco en una multinacional de capitales franceses, que decirle que vamos a hacer lo posible para que gane más vendiendo cinturones y relojes en una vereda de Once. 

La importancia de esta discusión y de estas posturas, en realidad, no radica en meros postulados teóricos. Ciertamente, en los hechos estas posturas son las que guían a los movimientos sociales, a referentes partidarios y a políticos tomadores de decisiones y hacedores de políticas públicas. Está claro que estas posturas disímiles no buscan beneficiar a las mismas personas ni hacerlo de la misma forma. Para ejemplificar: no es la misma concepción del desarrollo social propuesto por Juan Grabois que el que propone Fabio Quetglas No son los mismos actores, no representan a la misma porción de la sociedad ni ponen en juego los mismos intereses.

El fenómeno y el concepto de la meritocracia, por cierto, estuvo fuertemente en disputa durante los últimos años, generando fuertes (aunque no profundos) debates. Desde el kirchnerismo hemos evidenciado ataques contra la meritocracia, mientras que por el otro lado hay gente como Sabrina Ajmechet que la defiende argumentando que es la meritocracia el modelo que hizo grande y bueno a nuestro país, un modelo que te incentivaba a romperte el lomo para poder asegurarle a tu familia una vida tranquila.  El mismísimo Presidente de la Nación, Alberto Fernandez, junto a otros intelectuales oficialistas, consideran que la meritocracia es un modelo mediante el cual se premia a los privilegiados y en el que se ensalza al éxito como fruto del esfuerzo invisibilizando las desigualdades preexistentes.

En la Argentina, está claro que hay una grieta: de un lado está el peronismo/kirchnerismo agrupado bajo el ropaje del Frente de Todos; del otro lado está Juntos por el Cambio. En esta grieta, los distintos actores no obran de la misma manera ni piensan lo mismo, obviamente. No obra de la misma manera quien lucha para mejorar mi posición desfavorable que quien lo hace para que yo pueda incrementar mis oportunidades de salir de dicha posición.  El peronismo/kirchnerismo está inclinado por la "igualdad de posiciones". Su justicia social nos busca necesariamente que los indigentes cambien su posición de indigente y accedan a una vivienda. El caso de Guernica, en donde el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires les dio entre 50 y 300 mil pesos a los tomadores de tierras, es un caso paradigmático en este punto, en donde no se buscó cambiar su situación (o su posición) de situación de calle, sino simplemente "mejorarla".
Por otro lado, en Juntos por el Cambio vemos figuras del radicalismo, entre las cuales se encuentra el mencionado Diputado Nacional Fabio Quetglas, que creen en la igualdad de oportunidades y en la meritocracia. También de este lado se encuentran filósofos como Julio Montero, quien sostiene que  la meritocracia es parte de la cultura de la igualdad. Ambos creen que sería un error grosero no tomar en cuenta los méritos, talentos y capacidades de las personas. Ahora bien, lo hacen con cautela: aconsejando no confundir mérito con éxito. Asimilar el mérito y el éxito, según Quetglas, soslaya el rasgo más significativo de nuestras sociedades: la injusticia y la desigual asignación de oportunidades. El radicalismo, y también referentes del PRO y la Coalición Cívica creen en la igualdad de oportunidades, creen en la posibilidad de que un ciudadano de un barrio vulnerable puede salir del mismo y mudarse a un barrio urbanizado.  Los nuevos barrios "Rodrigo Bueno", el "Playón de Chacarita" y "Papa Francisco" en la Ciudad de Buenos Aires son señal de esto.  Son señal también de una apuesta mediante la cual se cree que la verdadera pobreza debe medirse de forma estructural y no sólo por ingresos, y por ende, no debe combatirse con políticas distributivas que mejoren "tu" posición, sino con políticas de viviendas que promueven un ascenso o un cambio en tu posición social y en tu calidad de vida.  Hay un planteo mediante el cual se cree que todos, incluyendo a los más desfavorecidos y carenciados, tienen que tener las mismas oportunidades de mudarse y vivir en una vivienda digna como cualquier otro ciudadano de otro barrio de clase media, siempre y cuando hagan los méritos necesarios.

Por último, es menester resaltar lo complejo,  sensible, trascendental y delicado que es este debate. Como plantea Ajmechet, eliminar el mérito como valor nos expone a una sociedad movida por el amiguismo y la dedocracia, en donde difícilmente uno podría salir de la situación en la que nació, a menos que sea hijo o sobrino de un jefe de gabinete, un ministro o un diputado. También, es preciso remarcar que la desigualdad es uno de los mayores problemas de las sociedades contemporáneas,  y que sólo podremos luchar contra ella apostando por la democracia, el desarrollo, la libertad y también por el mérito. Estos cuatro pilares son imprescindibles para poder resurgir de esta nueva crisis que estamos transitando.  En este marco, apostar por la "igualdad de oportunidades" como camino a la Justicia Social parece ser el camino adecuado.