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21 07 2020

La dura jubilación del petróleo


Autor: Alejandro Garvie









La OPEP había calculado la caída de la demanda global de petróleo a partir de 2040. Aunque reconocía que podría alcanzar el máximo mucho antes, hacia 2029, si una mayoría de países se tomaba en serio las medidas contra el cambio climático acordadas en la Cumbre de París. La pandemia adelantó ese pronóstico al 2020.


La pandemia destruyó el precio del petróleo frenando de forma abrupta la demanda. Aunque la economía se abra, la recuperación del consumo de crudo tardaría años en recuperarse y las energías alternativas han encontrado su momento  están en un punto de maduración en la que las inversiones ya no dependen del precio del crudo, como antaño.

Según estudios de las organizaciones ecologistas Grantham Institute y Carbon Tracker Initiative, la energía solar podría cubrir el 23 por ciento del suministro mundial en el 2040 y el 29 por ciento en el 2050. Hoy el petróleo cubre el 31 por ciento de la demanda de energía primaria en el mundo.

Entonces, que el petróleo esté en una crisis terminal no es una novedad, lo es el actual nivel de consumo, prolegómeno de un final cercano. Hoy ya no es el oro negro, o ya no cotiza como tal. Lo sufren Venezuela -hace rato- y los países árabes en desarrollo, que como Argelia, necesitan que el precio del crudo Brent esté por encima de los 100 dólares por barril -cuando hoy está en 40– para sostener sus finanzas públicas. Lo mismo ocurre para todos los proyectos de explotación de shale, como Vaca Muerta y la salida transitoria del “barril criollo”. Recordemos que para que el fracking y la explotación off shore sean rentables el barril debe estar, al menos, entre los 60 y 70 dólares.

Esta caída tiene efectos en las economías nacionales y regionales ligadas a esa explotación. En mayo, el gobierno argelino debe bajar su gasto un 50 por ciento para compensar la caída del precio, o aumentar su a abultado déficit. El gobierno de Irak, uno de los mayores productores de petróleo del mundo, también está pensando en una drástica poda –adicional- de los salarios del gobierno.

Hace cuatro años, Muhammad Bin Salman, el gobernante de facto de Arabia Saudita, elaboró un plan llamado "Visión 2030" que tenía como objetivo desconectar su economía del petróleo. Algo tan difícil como desconectar la dependencia de la economía argentina del complejo agro exportador.

En un intento por equilibrar las cuentas, Arabia Saudita, un país rico que puede sostener unos años este precio –pero no más- suspendió una asignación por costo de vida para los trabajadores estatales, aumentó los precios de los combustibles y triplicó su impuesto sobre las ventas. Aun así, el déficit presupuestario de este año será del 16 por ciento del PIB. Pero esos impuestos, a la vez, deprimen el comercio y el turismo, casi desaparecido desde febrero cuando la Meca se cerró. En definitiva los países en desarrollo –que parecían ricos o se comportaban como tales- que no diversifican su economía, están en serios problemas cuando su fuente de riqueza se agota.

En este contexto los pueblos sufren –más que antes– y se quejan, aumentando el descontento. En Irak, funcionarios enfurecidos por los recortes a sus salarios han apoyado un movimiento de protesta que busca derrocar todo el sistema político. En Argelia, donde –según el FMI- el ingreso por persona ha caído de 5.600 dólares anuales en 2012 a menos de 4.000 hoy (en 2000 era de 1800), los manifestantes vuelven a las calles. Los gobernantes de la región se están quedando sin recursos para “comprar” paz social.

El plan Visión 2030 de Arabia Saudita ya se había planteado crear un macrofondo soberano de dos billones de dólares para invertir en otros sectores, y la inversión de entre 30.000 y 50.000 millones de dólares en energías renovables hasta 2030. Una estrategia que estaba siendo secundada por sus vecinos del Golfo, también integrados en la OPEP. Varios de los Emiratos de la zona ya se habían lanzado a promover las energías limpias para producir su electricidad y a la inversión en el exterior para recortar su dependencia del petróleo, cuando la pandemia, como en la mayoría de los ámbitos de nuestra vida, aceleró los tiempos.

Habrá que hacer todo a marcha forzada, con el menor sufrimiento posible para las mayorías y en medio de una incertidumbre general.