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Opinión 27 01 2021

La desinformación como síntoma político


Autor: Adriana Amado









La desinformación no es un fenómeno sino el síntoma de procesos que van más allá de las noticias. El desafío de la comunicación política es dejar de abonar la suspicacia generalizada y aportar información de calidad cívicamente convocante. 

La desinformación es un fenómeno complejo que en poco tiempo generó evidencias y soluciones que obligan a replantear los debates. Apenas en 2016, año de procesos electorales que contrariaron las expectativas de medios y encuestadores, se consagró la palabra posverdad. Si la información ya no generaba los resultados esperados, la clave sería la desinformación, concepto preferido por la investigación, los fact-checkers y los reguladores, pero desplazado en popularidad por fake news entre políticos y en las búsquedas en Google. Su aparición fue en paralelo al crecimiento de las redes sociales, por lo que no faltaron teorías que convirtieran la correlación de los dos fenómenos en causalidad.

En estos años, investigaciones sistemáticas como las de los equipos de Brendan Nyhan desde América y Rasmus Klaus Nielsen en Europa, mostraron que la desinformación tiene impactos y escalas muy variables. Tampoco se demostraron efectos significativos de la publicidad en redes sociales como asignarle manipulación garantizada. En paralelo crecieron las iniciativas de verificación de fake news, que superaban las doscientas en todo el mundo según Ryerson University cuando la Organización Mundial de la Salud decretó preventivamente una infodemia. Este concepto resultó funcional a los gobiernos en crisis, aun cuando fueron sus principales promotores y, aun así, resultó marginal durante la pandemia, según el Reuters Institute.

Latinoamérica fue pionera en la descalificación presidencial a la información que no fuera la propia y se anticipó al ciberpatrullaje y a la cancelación de las redes sociales con la persecución desde los canales oficiales a la prensa y a la oposición. La centralidad de Estados Unidos en la agenda global puso en foco la suspensión de la cuenta @RealDonaldTrump aunque la hostilidad a medios y opositores, y la movilización de partidarios que la justificó, tiene antecedentes en las cuentas de @ChavezCandanga, @MashiRafael o @AlvaroUribeVel. La polarización alrededor de un líder político determina que la confianza en las noticias y la credibilidad de la verificación sea sensible al partido político. Por ejemplo, los republicanos desconfían más que los demócratas de la prensa, igual que los populismos con independencia de que se inclinen a derecha o a izquierda.

La propaganda siempre se valió de la divulgación de información falsa, sesgada, recortada, que fue instrumental a populismos y medios sensacionalistas a lo largo de la historia. Las tecnologías le dieron escala global y las redes incluyeron a cualquier persona en la circulación, pero su efecto dista de ser la manipulación. En cambio, contribuye a crear climas de suspicacia generalizada. La confianza institucional no ha mejorado a pesar de que la desinformación y los trolls declinaban mientras las plataformas depuraban sus cuentas, los verificadores revisaban más discurso público y la ciudadanía incorporaba estas herramientas. A la par, los grupos fanatizados obviaron las restricciones y reforzaron sus extremismos. Pero no es solo de ellos la resistencia a revisar sus posiciones, que se observa también entre los grupos informados.

Un ejemplo de posverdad resistente a la evidencia es el de Cambridge Analytica. Hacia 2015 una consultora se aprovechó de 87 millones de perfiles de Facebook, incumplimiento que le valió a la empresa una multa de la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos de USD 5000 millones por desmanejo de los datos privados. Hasta aquí los hechos. El mito se construyó porque exempleados le arrogaron los resultados de la campaña presidencial de los Estados Unidos y el plebiscito del brexit. No importó que consultora hubiera participado marginalmente en ellas y que no tuviera otro éxito equivalente en su escueto portfolio. Tampoco que ninguna investigación científica detectara semejantes efectos en una campaña digital. Ni siquiera que la Oficina de Información del Reino Unido concluyera fehacientemente que el delito fue el desvío de fondos de campaña, es decir, no de un caso de manipulación de votos sino de corrupción del sistema electoral. Aún hoy, la investigación de 300.000 documentos y 700.000 gigabytes de la comisionada Elizabeth Denham pesa menos que el docuficción de Netflix.

Los fenómenos electorales que se atribuyó a esos eventos fueron refrendados en elecciones posteriores, lo que muestra que se trataba de un fenómeno latente, no detectado por las encuestas y subestimado por la prensa mayoritaria. Pero el caso también muestra que es muy difícil cambiar una opinión, una vez que es adquirida, y más si ya fue compartida entre pares, lo que dificulta la retractación.

Al combatir los síntomas con fervor, el sobrediagnóstico de la desinformación desdibuja las causas profundas de los discursos extremistas y desinformados que las redes sociales ponen en evidencia. Con el efecto paradójico de que, sin amedrentar a los grupos más radicalizados, ha vuelto a la ciudadanía más desconfiada a las noticias y más reticente a expresarse públicamente. En sociedades de escepticismo generalizado, el riesgo no es la manipulación de la ciudadanía sino la dificultad de construir confianza. El desafío de la política no es combatir las fake news o amenazar con controles en las plataformas donde la gente conversa, sino aportar a una información pública tan confiable que vuelva la desinformación irrelevante.

Publicado en Diálogo Político el 24 de enero de 2021.