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02 06 2020

La Convención de Parque Norte


Autor: Agustín Campero









Ese soleado y frío lunes de mayo del 2019 los convencionales y el público fueron llegando provenientes de todo el país. Los anteriores fueron días de charlas, negociaciones, tensiones, roscas y punteo (conteo sobre qué podrían votar) de convencionales.

Ese sábado y domingo hubo asados, locros, cafés, choriceadas para consolidar grupos, para convencer, para anticipar jugadas, para agasajar a los amigos que venían de las provincias. Se cruzaban documentos. Se corregían, tachaban y sobre escribían palabras, oraciones, frases y párrafos. Sabíamos que teníamos que expresarnos, plural y horizontalmente, sobre una de las decisiones más trascendentes: si continuábamos o no con Cambiemos, qué cosas había que cambiar del gobierno, y todo lo mucho que había que cambiar en el funcionamiento de la coalición.

El pasado 27 de mayo se cumplió un año de la histórica reunión de la Convención de Parque Norte. Uno de los acontecimientos políticos más importantes del 2019, y que sostuvo y decidió cuestiones centrales respecto al radicalismo, a la coalición Cambiemos, al sendero de aquel gobierno y al futuro de Argentina.

En aquel momento nadie se imaginó, ni por asomo, que un año después la Argentina, y el mundo, estarían viviendo lo que estamos viviendo. Aunque sí se anticiparon escenarios preocupantes si es que Cambiemos perdía. Esos escenarios, lamentablemente, se están cumpliendo. 

La Convención Nacional es la autoridad superior de la Unión Cívica Radical, a partir de una base representativa y federal. La conforman delegados elegidos por las provincias y CABA (cada una con la misma cantidad de convencionales que de diputados nacionales) y por la Franja Morada, la Juventud Radical y la Organización de Trabajadores Radicales (seis convencionales por cada organización). Entre sus atribuciones están el elaborar y sancionar el programa del partido para cada período presidencial, dictar o modificar la Carta Orgánica, decidir la conformación de coaliciones políticas y eventualmente de consagrar a la fórmula presidencial de la UCR.

En la historia de la política argentina y de la UCR la convención radical fue, muchas veces, un acontecimiento trascendente. En reuniones libres y abiertas, pero también en la clandestinidad. Fueron trascendentes no sólo por las decisiones que se tomaron sino también por las cosas que allí se escriben y se afirman, que luego pasan a ser parte muy importante de la doctrina radical. Se asume la pretensión de contribuir a modelar la sociedad, de diseñar un mejor futuro para el país.

Parque Norte es, además, una geografía querida para los radicales. Allí, en 1985, Raúl Alfonsín hizo su famoso “discurso de Parque Norte” donde trazó un horizonte de futuro deseado y un método: el de la concertación de grandes políticas, la aceptación del disenso, las reglas de juego compartidas para una mejor democracia, la modernización y el compromiso ético. El de la discusión y el pluralismo. El de la combinación de libertades individuales y solidaridad social.

A Parque Norte fueron 314 convencionales sobre 322 habilitados para concurrir. En el orden del día había siete puntos a tratar, entre ellos la paridad de género y la política electoral. Además de los convencionales, presenciaron la Convención más de mil personas, entre autoridades, legisladores y público. Más de 200 periodistas acreditados. Se trasmitió en directo por distintas redes sociales, cualquiera podía ver y escuchar los discursos y todo lo que allí sucedía. Varios de los discursos se pasaron, y luego repitieron, por radio y televisión.

Como siempre, se escucharon todas las tonadas que se escuchan en Argentina, y cada discurso estuvo a la vez combinado de visión personal, apreciaciones sobre el presente político, visión sobre el futuro del país. Hubo discursos sólidos e históricos, altos y bajos, chistes y chicanas, perfilamiento para candidaturas posteriores, afirmaciones con convicción, rumores, conteos, figuras de paso fugaz y caras que buscaban flashes y cámaras.

La organización fue impecable y el comportamiento general a la altura del momento. Todo se midió en palabras, no hubo ninguna expresión de violencia, todos nos esforzamos para que salga bien, en la convicción medio consciente -y medio inconsciente- de que un partido político democrático, serio y plural es una contribución para una mejor democracia y un mejor país. Con la ilusión, también, de que es posible que las mejores horas del radicalismo no sean las del pasado sino las del porvenir.

En esa tarde ubicada entre el Río de la Plata y la vista del Monumental se tomaron dos decisiones muy importantes. En primer lugar se votó la paridad. Es decir, que haya la misma cantidad de varones que de mujeres en los órganos de gobierno y en las candidaturas del radicalismo. Así fuimos el primer partido político argentino en consagrar la paridad.

Que la discusión de la paridad esté en el orden del día también fue una discusión. Antes de la sesión de la Convención, en la reunión del Comité Nacional en donde se acordó el orden del día, las posiciones iban entre un orden del día más amplio -con la paridad- y otro más restringido -política de alianzas-. Estuvo en el orden del día y salió aprobada por aclamación.

La otra decisión importante fue la continuidad de la UCR en Cambiemos. Pero no una simple confirmación. También señalamos lo que tenía que mejorar el gobierno, y lo que tenía que mejorar la coalición. Se dijo todo. Se votó un documento que ratificaba pero que también señalaba errores, de gobierno y de coalición. Se pidió un Cambiemos ampliado, con mecanismos de gobernanza coalicional.

A la luz de la historia, debemos reconocer que la Convención se hizo tarde. El vertiginoso calendario electoral imposibilitaba reunirla sin perjudicar a alguna provincia que no hubiese podido mandar a sus delegados. Quizás hubiese mejorado la coalición. Quizás se hubiese enderezado el rumbo de muchos errores de gobierno que se cometieron. Quizás tampoco alcanzaba con eso.

Hoy, a un año de la Convención, habiendo perdido las elecciones, me gustaría ratificar lo que allí afirmamos. A pesar de que hubiera sido necesario cambiar muchas cosas, había que consolidar y oxigenar una opción sólida y con posibilidades para ser una alternativa frente a aquella que representaba el pasado. Había que abrirla y fortalecer con una visión más progresista e inclusiva. Había que meterle más radicalismo al gobierno y a la coalición. Fortalecerla para que en nuestro país se consolide la posibilidad de un cambio frente al no desarrollo, al atraso, a la resignación frente a las desigualdades y las injusticias. Que podamos tener un país que vea al cambio tecnológico como una oportunidad y lo aproveche. Que aspire a que sus ciudadanos progresen y vivan en paz, sin deberle nada a nadie. Que nadie sienta miedo. Que no se vulnere ningún derecho. Que no exista un frenesí de superpoderes. Que no se hagan abusos de DNU. Que no nos peleemos con nuestros vecinos y socios. Que funcione la justicia. Que se reúna el congreso.

Eso implicaba cuidar y mejorar la coalición Cambiemos para que la gente tenga la posibilidad electoral de algo distinto a lo que habían sido los últimos años del kirchnerismo. Distinto y real. La tercera opción que fue tan agitada y promovida, tan manijeada con fotos junto a propios y extraños, luego terminó siendo deglutida por la fórmula Fernández Fernández y hoy forma parte importante de sus decisiones políticas.

La construcción de la coalición sigue siendo un tema totalmente actual y de primera magnitud. Una coalición amplia y convocante. Frente a un movimiento político que, en medio de la pandemia, se ve invadido de disputas internas que proyectan un escenario poco alentador para el manejo de la crisis. Que entre otras cosas parece confirmar el sesgo de hegemonismo excluyente con avances sobre instituciones básicas del Estado de Derecho. Que llena la realidad argentina de incertidumbre y excepción. Que de manera creciente da lugar a la hostilidad. Que se siente cómodo con un funcionamiento menguado de los poderes judiciales y legislativos. Que parece no conmoverse con la extrema crisis del aparato productivo argentino, ni con las previsiones de falta de empleo, cierre de comercios minoristas, ni con el destino de cuentapropistas ni de trabajadores informales que viven de lo que pueden ganar ese día. Que parece no tener en el tope de sus preocupaciones la educación diaria de millones de chicos que están viviendo una situación excepcional al no poder asistir a sus escuelas. Que no promueve el diálogo y el consenso, tan necesarios para el presente y para lo que viene, y para lo cual debemos mantener la mejor predisposición porque a este país lo tenemos que construir entre todos.

Estoy convencido de que lo que decidimos en la Convención de Parque Norte sigue siendo correcto y actual. Argentina tiene que ser un país para todos, con igualdad de oportunidades de progreso en toda su geografía. Con la sensación simple de que es posible que el futuro sea mejor que lo que vivimos hoy.