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Opinión 10 05 2021

La Argentina, ¿solo una fugaz aventura colectiva?


Autor: Jorge Ossona









¿Habrá sido la Argentina una fugaz aventura colectiva cuyo fulgor duró aproximadamente un siglo? Un interrogante que solo podrá ser respondido en algunas décadas. Porque finalmente, las historias nacionales, ese invento del siglo XIX, han resultado engañosas en el afán de sus mentores de predecir destinos de grandeza. Una cosa sí es posible afirmar: nuestro país resultó de la difusión de la idea de progreso en millones de aventureros dispuestos a sortear el designio gris de sociedades aún feudales o de las periferias pobres de las urbes industriales europeas.

El diagnóstico de nuestros fundadores fue categórico. Su arquitecto institucional, Juan Bautista Alberdi, sintetizó la ecuación básica en la que se jugaba su éxito: “Gobernar es poblar”. Su gran antagonista, el presidente Domingo Faustino Sarmiento, llegó a una idéntica conclusión a partir del resultado del primer censo demográfico celebrado en 1869: con 1.830.214 habitantes era imposible siquiera sentar los cimientos de una sociedad nacional moderna. Sus sucesores, Nicolás Avellaneda y Julio Argentino Roca, apostaron fuerte a la libre inmigración, aunque el pronóstico del desafío resultara incierto. 

Hacia fines del siglo XIX solo era posible captar contingentes residuales procedentes de las zonas más atrasadas del Viejo Mundo, como el sur de Italia y el norte de España, y algunos remanentes menores de los grandes imperios centrales en vías de extinción. Por lo demás, sin trayectorias agrícolas como las de aquellos de la Europa del Norte que habían cruzado el Atlántico en dirección a Estados Unidos treinta años antes, los nuevos inmigrantes describían una gran volatilidad consistente en transitar de país en país en procura de una fortuna módica para retornar a su tierra. Nuestros gobernantes preliminares compartían con sus invitados el mismo espíritu positivista: era cuestión de procurar la radicación de una masa crítica de esas “aves de paso” para que el proyecto disparara su propia dinámica interna.

Hacia 1880, no bien se sentaron las bases jurídicas que dejaron definitivamente atrás el pasado de las guerras civiles abiertas por la emancipación, los resultados fueron asombrosos. Durante los cincuenta años siguientes ingresaron al país 5.836.448, de los cuales se radicaron 3.224.485, cimentando, en torno a esta lejana comarca del antiguo Imperio Español, una verdadera revolución social. Las razones del diferencial estribaban en que en su mayoría eran hombres jóvenes. Solo la posibilidad de sentar las bases de una familia con alguna paisana ya radicada o encomendada desde su tierra tornaba viable la aventura de la radicación. 

A la par de los inmigrantes, llegaron los trenes y los frigoríficos, que, junto con la explotación de una de las llanuras más fértiles del mundo, convirtieron a la Argentina en un país de promisión. El Estado se reservó la tarea de nacionalizar a sus hijos soldando la obra mediante una educación de avanzada, laica y obligatoria; fundamento de una novel ciudadanía. Con el desarrollo aparecieron los primeros conflictos propios de una sociedad moderna que generaron temores en la elite sobre el espesor de la argentinidad de los hijos de los recién llegados. Fácilmente rebatibles por un orgullo cívico que extendió en la primera generación un cierto pudor por sus orígenes y hasta una actitud burlona de las dificultades lingüísticas de sus progenitores. La europeidad quedó reducida a un conjunto de hábitos familiares, actitudes y gustos culinarios perdurables a lo largo de las sucesivas generaciones.

El producto principal de la aventura argentina fueron sus tempranas clases medias. Surgieron al calor del trabajo abundante, de los salarios diferenciales respecto de los del mundo europeo, el consiguiente valor del ahorro en una moneda estable y fuerte, y la consolidación familiar merced a la realización del sueño de la “casa propia”. El aporte educativo estatal facilitaba los caminos hacia carreras abiertas al talento y al tesón. Los barrios y las colonias agrícolas de la Pampa Gringa o de Mendoza le confirieron fisonomía a la revolución social. Pero la guerra de 1914 y la Depresión de 1930 cerraron –en el primer caso transitoriamente y, en el segundo, de forma definitiva– el grifo inmigratorio. 

Luego de la segunda contienda, llegaron los últimos contingentes hasta principios de los 50. El peronismo abrió las puertas de la educación secundaria y universitaria de sus hijos. Aunque a diferencia de sus predecesores hasta los 30, estos exhibieron un apego mayor por la identidad cultural de sus padres. Ya hacia los 60, la inflación y la inestabilidad política invitaron a algunos a marcharse en procura de una promesa que la Argentina ofrecía dudosa. Confluyeron en EE.UU., Australia o Alemania con sus parientes del sur de Europa. La violencia de los 70 motivó emigraciones por razones políticas no siempre reversibles.

Pero luego de la breve ilusión democrática, el empobrecimiento y la inseguridad coincidieron con la culminación del milagro italiano y la incorporación plena de una España ya modernizada y democrática a la flamante Unión Europea. El origen nacional se tornó para muchos despreciable al compás de las facilidades para la obtención de la ciudadanía de las patrias originarias de sus padres y abuelos. Sus documentos inmigratorios fueron rescatados y desempolvados con el valor de un preciado tesoro. Luego de la marea hiperinflacionaria de fines de los 80, la estabilidad de los 90 sentó las bases de otra ilusión finalmente trunca. El camino de regreso entonces se acentuó, atestando consulados y embajadas que no dan abasto para satisfacer lo más parecido a un éxodo masivo. Desde mediados de 2019 suman entre doscientas y trescientas personas diarias. 

Mirada en perspectiva, hasta se podría definir una revolución social de signo inverso a aquella fundacional. Así lo indica la medición de la Miseria Económica Global, elaborada por el economista Steve Hanke; un ranking de diez países en el que la Argentina se ubica en el séptimo lugar conviviendo con Líbano, Surinam, Venezuela, Zimbabue, Angola, Sudán y Madagascar. Los nietos y bisnietos de los europeos promovidos a nuestras frondosas clases medias huyen de la pobreza potencial de una macroeconomía enloquecida y de una política revulsiva. Simultáneamente, ingresan contingentes de recambio procedentes de la pesadilla política venezolana en cuyo espejo se miran; de Paraguay, dispuestos a hacer las esforzadas tareas de la construcción; y de Bolivia para los textiles informalizados y la horticultura periurbana. La miseria social local, que suma a casi la mitad de la población, bascula entre las changas y los subsidios estatales.

Toda partida no deja de ser dolorosa y traumática; pero les cabe a las modernas redes sociales el papel de contención y proximidad que sus antepasados hallaron en el movimiento mutualista que facilitaba servicios, sociabilidad y trabajo. Como ellos, buscan un horizonte previsible merced al emprendedorismo y al manejo de las nuevas tecnologías. La paradoja es que la Argentina sigue siendo un país subpoblado; aunque desde hace décadas también subgobernado. Hallamos en este último dato la gran diferencia con nuestros fundadores, que explica en no poco la pérdida de estos valiosos jóvenes: la deslegitimación de pares tan disciplinados, adoctrinados como inescrupulosos y enriquecidos al calor de una política facciosa y venal. Un talante ético libertario indiscernible del de sus precursores respecto de la miseria y la arbitrariedad de tiranuelos de aldea.

Publicado en La Nación el 8 de mayo de 2021.