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13 06 2021

Kado Kostzer: "Si no hay un criterio artístico sólido la 'corrección política' se transforma en panfleto"


Autor: Esteban Lo Presti









Desde adolescente asociado al teatro, primero como actor, luego como asistente, para continuar una exitosa carrera que lo llevó a ser guionista y director, sus obras fueron aclamadas no solo en nuestro país, sino también en México y París (ciudades en las que vivió muchos años). Desde hace una década Kado Kostzer se dedica a la narrativa, con cuatro libros ya publicados: Personajes en busca de un autor, ¿Hablaste de mí? Viñetas para una biografía de Bertha Moss, actriz (1919-2008), La generación Di Tella y otras intoxicaciones y Antes del Di Tella (estos tres últimos publicados por Eudeba). Como el mismo lo señala, su nueva obra es "un viaje a un pasado que ya no existe en la vida cultural porteña" y por eso merece ser visitada por las nuevas generaciones. 

Tus dos últimos libros hacen referencia al Di Tella. Si bien toma dos etapas de tu vida, ¿cuál es el diálogo que podemos encontrar entre los mismos?

En La generación Di Tella y otras intoxicaciones me ocupé ampliamente de la actividad de la institución en su corta vida y cómo me involucré en ella, digámoslo “profesionalmente”. Mi trabajo para este libro no fue el de un investigador  en el sentido más tradicional de la palabra, sino que traté de reflejar mis experiencias humanas y artísticas en ese ámbito. Eso no quita que también frecuenté archivos para corroborar datos  o disipar falsos recuerdos. En antes del Di Tella reflejo una etapa previa, llamémosla  de aprendizaje. Lo poco que sé de teatro fue viendo los aciertos y equivocaciones de otros artistas en los espectáculos de todo tipo que ofrecía la cartelera porteña entonces. El camino del autodidacta es siempre más difícil. El Di Tella del título es solo una referencia entre dos períodos que fueron importantes para mí y para el teatro. El de aprendizaje y el de la práctica de una actividad  artística. Lo extraño es que el orden de aparición de los dos títulos estuvo invertido. Comencé con el después y ahora volví al antes.

El Di Tella fue rupturista, novedoso, en tiempos de un país que alternaba etapas autoritarias con otras democráticas. ¿Hay hoy una proyección cultural de lo que significó el Di Tella en aquella época?

El Di Tella abrió caminos.  Es increíble el interés que despierta hoy la institución que entonces era considerada por los más rígidos casi un “basurero”. Estar allí no era muy prestigioso. Ahora proliferan los libros e investigaciones sobre el arte en los sesenta y el Di Tella es el centro. Todos estos estudios y publicaciones –aunque no lo reconozcan- toman mucho,  o machetean, no solo del pionero libro de John King, sino también del de Edgardo Giménez Romero Brest / La cultura como provocación; del de Rubén Fontana sobre el arte gráfico de la institución y del mío, La generación Di Tella y otras intoxicaciones. Bueno, quiere decir que de algo sirven.

Contanos por qué tenemos que leer "Antes del Di Tella"...

El libro es un viaje a un pasado que ya no existe en la vida cultural porteña. Puse mi énfasis en el teatro que es la expresión artística más efímera, más volátil, sin descuidar el entorno social del período. De esa época en la que no existía en video, no quedan registros, solo pocas fotos malas y recortes amarillentos que no transmiten emoción alguna.  En mi libro hay evocaciones necesarias y rescates oportunos de gente valiosa que en su momento me provocó sensaciones deseables y a veces también indeseables. Es por eso que yo quise plasmar esos momentos únicos e irrepetibles que quizás a estudiosos, aficionados al teatro y nostálgicos (yo casi no lo soy o lo soy involuntariamente) pueden disfrutar. La mirada mía combina la del adolescente, la del hombre de teatro y la del escritor, siempre con humor e ironía sin glorificar nada, ni dignificar lo indigno por el solo hecho de ser del pasado. Me puedo jactar de decir que en mis escasos cuatro libros publicados o en múltiples artículos de mi adolescencia, en Primera Plana, Panorama, la Opinión y los más recientes en Soy o el blog Damiselas en Apuros, nunca aburrí al lector, ni yo me aburrí al escribir. El viaje que propongo es gozoso.

Tu trabajo es tan exhaustivo e importante que da la sensación que nadie queda afuera. ¿sos consciente de la importancia como reserva histórica de la escena teatral argentina? ¿Utilizas algún proceso de selección a la hora de escribir o simplemente llegan los recuerdos y los traes al papel?

No sé si es tan exhaustivo e imagino que mucho quedó fuera.  No quise hacer una bitácora o mejor dicho hice mi bitácora. La memoria es bastante curiosa y es ella la que hace la selección. Por ahí me dejó más recuerdo un espectáculo fallido que uno logrado y consagrado en su momento.  Además, desde chico tuve mis preferencias y rechazos. Con este trabajo intento algo bastante imposible, reconstruir algo irreconstruible: mis emociones como espectador adolescente que seguramente son ecos de las de muchos. En cuanto a lo de “reserva histórica”… quizás un poquito.

En Antes del Di Tella encuentro una reivindicación del teatro tradicional, no tanto de las vanguardias. ¿Existía una vanguardia en esa etapa o fue el Di Tella (y los años sesenta) los que irrumpieron en la escena tradicional?

En el período 1960-1965 ya estaban presentes, aquí y allá en muchos espectáculos, ideas y conceptos innovadores. La famosa vanguardia no nació de repente, existía un caldo de cultivo que coincidió con la apertura de una institución que albergaba las nuevas tendencias. Incluso el Di Tella mismo recibió en su escenario obras  que se enmarcaban en estructuras más convencionales o tradicionales.

Desde mi perspectiva (no sé si autorizada) corren tiempos de corrección política, sobre todo en los ámbitos culturales. ¿Dicha corrección atenta o enriquece a la creatividad cultural?

Ni lo uno lo otro. Depende de la calidad del artista. Si no hay un criterio artístico sólido esa “corrección política”  se transforma en panfleto. Hay mucho “mensaje” bien intencionado que llega a la escena o a las páginas de un libro a los codazos y se nota mucho la torpeza: “¡Ahí, te va!”.

Después de estas experiencias viviste una parte importante de tu vida en México y Francia. ¿Qué te llevó a esos destinos y que te trajo de vuelta, siendo que en el DF y en París ocupaste un rol relevante en la escena artística?

Desde chico tuve un afán viajero.  En cada lugar que estuve pude desarrollar bien mis proyectos, mejor que aquí. En París fui el último letrista de Astor Piazzolla, dirigí en Inglaterra, soy el único escritor que compartió autoría con Fernando Vallejo en México, se produjeron mis obras en cuarenta países… Pero… El teatro es algo de “parroquia”, de barrio. Si uno está en el pueblito más recóndito del planeta y tiene los actores, los medios de producción y las condiciones técnicas que desea para su proyecto ¡es el rey del mundo! No importa si es París, Londres, Buenos Aires o ese pueblito perdido en el mapa.  Con el advenimiento de la democracia creí que era oportuno volver a Buenos Aires, sin descuidar mi actividad en el exterior. Aquí parecía que todo iba a cambiar y quería ser parte. Fui y vine varios años hasta que hace diez decidí bajar el telón en mi actividad como autor, director y productor teatral. El teatro independiente me pesaba mucho y me veía convertido en un mendigo golpeando puertas para hacer que muchas fuerzas se sumaran a mi propuesta. ¡Me harté!   De un trabajo que requiere de muchas voluntades ¡y en un medio muy individualista! pasé a algo más íntimo. Me siento bien escribiendo sin tener que lidiar con los cientos de aspectos y las personalidades que intervienen en una producción teatral.

Cuando entrevisto a autores me gusta que me cuenten, dando por descontado que siempre lo hay, cuál es el siguiente proyecto.

La publicación de Antes del Di Tella se demoró más de un año. En ese periodo me ocupé de otro libro quizás más emparentado con el primero que publiqué Personajes (Por orden de aparición). Creo que es muy divertido, su título Solamente una vez. A través de cortos relatos recreo encuentros y circunstancias en las que alterné con personajes, algunos míticos, del mundo del espectáculo y la cultura en ciudades de Europa y América. Ninguno de estos episodios es de un admirador hacia una celebridad, sino a la par y en contextos fuera de las ficciones. Un café con el Premio Nobel Isaac Bashevis Singer, un paseo por los anticuarios del Louvre con María Félix, una mesa compartida con Julie Andrews, el consultorio de un veterinario con Rita Moreno, la presentación formal a Tita Merello, una sesión de fotos con Meryl Streep… Solamente una vez consta de casi treinta episodios: (Liberace, Tamara de Lempicka, Maggie Smith, Vargas Llosa, Mecha Ortiz, Costa-Gavras, Tania, Diana Rigg, Hugo del Carril...) No se trata de visiones “cholulas”- ¡que aburrido el rol de fan!-, sino agudos retratos y quizás, siendo fiel a mí mismo, un tanto irónicos. Son  encuentros con gente de la que no fui amigo y que nuestra relación se cerró en esa única vez. Deberé imponerme la tarea de buscar editor, lo que se me hace arduo.  Me cuesta más ésto esto que escribir, claro.  Ahora trabajo en una novela y ¡por fin! abandoné la primera persona. Mi título es El niño ateo.