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Opinión 17 06 2020

Intelectuales, pandemia y futuro


Autor: Damián Toschi









Días atrás, un núcleo de investigadores e intelectuales se pronunció sobre el uso político de la cuarentena. En el texto divulgado hablan de “Infectadura” y aseguran que la democracia está en peligro. Tal situación permite examinar el rol de los pensadores en la sociedad. Un libro póstumo de Carlos Santiago Nino, Ocho lecciones sobre ética y derecho, publicado en 2013, reúne las clases que dictó entre 1982 y 1983 en una maestría ofrecida por la Sociedad Argentina de Análisis Filosófico (Sadaf).

Nino impugnó filosófica y jurídicamente la autoamnistía impulsada por los militares, abrevando en la idea de “mal radical” que plantea Hannah Arendt cuando estudia el nazismo. Este enfoque, sumado a la distinción que el autor realiza entre las normas de facto y las leyes democráticas, sustentó los fundamentos sobre los que se cimentó el Juicio a las Juntas. El jurista también se ocupó del relativismo ético y el escepticismo. Al cuestionar esas posiciones, Nino lleva a pensar que ninguna de ellas puede aplicarse en un sistema democrático, ya que no permiten tomar decisiones eficaces. Como alternativa, bajo la influencia del socioliberalismo y la teoría del filósofo norteamericano John Rawls, Nino desarrolló la noción de “constructivismo ético”. Esta se explica desde la moral social, como práctica tendiente a minimizar la violencia y promover la solución pacífica de las disputas. Para ello, resulta indispensable la intervención autónoma y libre de los sujetos en un diálogo.

A principios de los años 80 hubo intelectuales preocupados por el mañana, que pensaban la forma de abordar, entender y explicar los desafíos políticos y culturales que implicaba volver a la vida democrática. Los académicos, junto con un puñado de dirigentes, sabían que la reconstrucción del Estado de Derecho exigía reflexión, realismo y miradas de largo plazo. En ese tiempo, el consenso era evidente: respeto de los derechos humanos, condena de la violencia, conversación política en torno a la cosa pública y defensa de las instituciones.

Hoy, el Covid-19 afecta la calidad institucional. A fuerza de decretos de necesidad y urgencia, se potencia el decisionismo presidencial. A la vez, ya sea por inacción, especulación o pereza de sus miembros, los poderes Legislativo y Judicial son funcionales a la autocracia del oficialismo. Ante tal carencia republicana, es preciso hacer y pensar buena política; trazar una hoja de ruta que, una vez superado el brote viral, ponga en el centro del debate temas claves: el rol del Estado y su financiamiento, el modelo de capitalismo posible, pobreza, desigualdad y salud pública, entre otros tópicos.

En su ensayo Intelectuales, Carlos Altamirano afirma que estos forman “una especie de ‘clase ética’, asociada con una misión, sea la de guiar la opinión de su sociedad, la de subvertir el consenso complaciente o la de adelantarse a sus contemporáneos indicando el futuro”. En tal sentido, no faltan artículos, notas, papers y libros, muchos de reciente difusión, cuyos autores pretenden transitar ese camino. Sin embargo, desde hace varios lustros se advierte una falencia notoria: en la Argentina, los intelectuales dejaron de ser protagonistas; están ausentes como grupo capaz de crear nuevos y útiles conceptos, imaginar tesis superadoras, marcar líneas de acción e incidir en el porvenir desde una interacción seria con alta política, es decir, aquella que no depende de la coyuntura.

En consecuencia, prescindiendo del intelectualismo partidista, y desde la más vasta pluralidad, el país necesita de quienes habitan el mundo de las ideas. Así será posible afrontar las múltiples secuelas de la pandemia y los retos que plantea el siglo XXI en las distintas áreas del quehacer humano.

Publicado en La Nación el 17 de junio de 2020.