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Opinión 27 07 2020

Inmunización e inmunodepresión: el mundo post-Covid


Autor: Cecilia Noce









No hay señales para creer que la vida después de la pandemia no vaya a continuar de igual manera que hasta ahora. La apertura en Europa muestra escenas de vida habituales. De hecho, es probable que volvamos a las prácticas y hábitos ya conocidos, sobre todo, a partir de la existencia de una vacuna, pero inclusive antes, cuando el efecto de la sorpresa y la incertidumbre haya pasado.  Al fin de cuentas el Covid-19 y la pandemia que desató, nos son elementos externos al mundo tal cual lo conocemos.

Por un lado, la transmisión de enfermedades de animales a humanos es tan antigua como nuestra especie y el ritmo acelerado con que el fenómeno se repite está relacionado con las formas en que los humanos hemos conquistado y usufructuado el ambiente natural. Por otro lado, la transmisión del virus en todos los continentes es producto y manifestación del mundo globalizado en el que vivimos. Como consecuencia, los recursos de los Estados-nación, sus fronteras, mecanismos de seguridad, resultan inadecuados para detener la trasnsmisión de un virus transnacional con estos niveles de contagio.

Por lo tanto, más allá de la sorpresa inicial y de cambios de conducta para los grupos de riesgo, es posible que el mundo postpandemia no nos resulte desconocido. Sin embargo, el Covid-19 ha puesto sobre la mesa viejos interrogantes que habíamos olvidado en algún cajón de un viejo escritorio: Nuestra propia fragilidad como individuos, pero sobre todo, como especie volvió al centro del debate. Desde la Segunda Guerra mundial, con la amenaza nuclear y tal vez antes, no existía un fenómeno que amenzara al mismo tiempo a un número tan mayoritario de la humanidad y sus formas de vida. Ese atisbo de fragilidad hizo caer por un tiempo muchas de las “ilusiones” que nos permiten vivir sin cuestionar en todo momento el orden de las cosas.

Para parafrasear a Harari, volvimos por un momento a reconocernos como homo sapiens en vez de semidioses. Por supuesto, la caída del velo, aunque sea de forma momentánea, produjo reacciones diferentes e intensas que se irán acomodando a medida que volvamos a las rutinas pre-pandemia.

En primer lugar, el miedo. Nuestra memoria disparó imágenes de otros hechos traumáticos colectivos, específicamente de las guerras que son los más cercanos a nuestra época. Nos preparamos ante el Covid-19 como si fuera un invasor por eso las imágenes, tropos, y parámetros culturales con los que pudimos construir hipótesis e imaginar escenarios posibles condicionaron nuestra capacidad de reacción.

Con el tiempo, aparecen otros recursos para adecuar respuestas sociales, principalmente una “nueva”conciencia de nuestra interdependencia, si se quiere, de una solidaridad necesaria, como condición fundamental para la existencia. El Covid, una vez abandonados los fantasmas de la guerra, puso en evidencia la necesaria interconexión de nuestras vidas.

En este sentido, aparece una pequeña esperanza al ver que en ciertas naciones, sobre todo del mundo occidental, el Covid-19, funcionó como una vacuna. Pequeñas dosis de experiencias autoritarias nos recordaron las ventajas de vivir en un mundo con libertades garantizadas y de cuidar los lazos solidarios que nos unen. En otras, en cambio, funcionó como un inmunodepresor: procesos que ya existían previamente se aceleraron y se desarmaron las pocas defensas que quedaban para resistir los avances del autoritarismo.

El efecto de inmunización tal vez no sea el más extendido per se. Su alcance dependerá en gran medida de la capacidad de articular un discurso sobre el futuro, mientras damos respuestas a las necesidade acuciantes del presente, un dicurso que sea más potente que aquel que se propone desde el miedo, que sea esperanzador y laboriosamente optimista.

No basta con decir que vamos a estar bien, es necesario pensar cómo y porqué.