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Opinión 28 05 2020

Escraches, no


Autor: Norma Morandini









Los “escraches” nacieron en Argentina. Al inicio, una original protesta de los hijos de los presos y desaparecidos para señalar los domicilios en los que vivían los represores. O sea: delincuentes. ¿Qué sucedió para que una palabra asociada a delitos sirva ahora para señalar derechos democráticos?

A un lado y otro del Atlántico se nombran como “escraches” las manifestaciones contra personas que no son delincuentes, no cometieron delitos, sino que son dirigentes políticos opositores o periodistas críticos, actividades inherentes al sistema de las libertades, ampliamente legitimadas en España y Argentina que incluyeron en sus Constituciones esos derechos ciudadanos: la libertad para decir sin ser perseguidos por la opinión y el derecho a protestar. Privilegios de la vida en libertad que piden a cambio tan solo responsabilidad y que no se incite al odio y a la violencia.

Al inicio, en Argentina, como todo lo que sucedió con las víctimas de la dictadura, por culpa u error, fuimos compasivos con esos jóvenes, hijos de desaparecidos o nacidos en cautiverio en los campos de detención clandestinos a los que sus abuelos o quienes los criaron les ocultaron la verdadera identidad y el destino de sus padres.

En la medida que fueron creciendo y la sociedad se fue alejando del tiempo del terror, veinte años después del golpe militar, aparecieron en el espacio público como los HIJOS, el nombre de la organización que fue agrupando a estos jóvenes que corporizaron lo que se había intentado ocultar.

Corrían los años 90, el presidente Carlos Menem, al indultar al dictador Jorge Videla, amnistió también a los dirigentes montoneros, canceló los juicios a los represores, que en parte, si no justifican, explican el origen de esas manifestaciones bullangueras, denominadas “escraches”. Entonces, en general, vivían la falta de los padres como un abandono. Con la llegada del matrimonio Kirchner y la reapertura de los juicios, los HIJOS fueron adoptados por la pareja presidencial, cobijados políticamente, instados a ser los “pibes” que para proteger a los padres simbólicos debían “liberarlos” de los adversarios. Los “escraches” cambiaron de dirección, dejaron de ir a la puerta de la casa de los represores impunes para señalar a los periodistas críticos, alejados de los escritorios del poder.

Odioso recuerdo el de La Plaza de Mayo cuando se pusieron siluetas de varios periodistas para que fueran objeto de burlas, escupitajos y pelotazos. Una práctica que en nuestro país se fue naturalizando, vinculada a los grupos autodefinidos “progresistas” que hicieron de la descalificación personal un arma poderosa de intimidación.

Resulta paradójico que en España los domicilios que reciben las mismas manifestaciones ruidosas y violentas son las habitadas por los amigos del kirchnerismo, los dirigentes de Podemos que hoy integran el gobierno socialista.

La ultraderecha española ha utilizado la misma violencia, los insultos, los escupitajos a las puertas de varios ministros socialistas y del líder de Podemos, Pablo Iglesias. Manifestaciones a las que se nombran como en Argentina: “escraches”.

Ignoro cómo fue que la palabra saltó y llegó al otro lado del Atlántico. Importa reconocer y decirlo con todas las letras que, a derecha o a izquierda, esas manifestaciones son la mejor muestra del desprecio a la democracia . Nuevas generaciones que se van incorporando al repertorio de la Historia y la interpretan bajo la lente ideológica.

En Argentina, conocemos y padecemos esa apropiación del pasado con fines políticos; en España, los seguidores de Pablo Iglesias no ven mérito en la elogiada transición pacífica de la dictadura de Franco a la democracia. Ellos sostienen que la “democracia liberal” mantuvo las estructuras de poder del franquismo.

No deja de ser paradójico que descreen de la democracia pero ocupan bancas en el Congreso, la casa política de la democracia. Pero esa es precisamente la riqueza del sistema basado en la pluralidad. El único que legitima el conflicto: al igualar los derechos desiguala las oportunidades y obliga a trabajar sobre esa discrepancia de intereses para armonizar esas desigualdades .

Esa es la función de la política para que las diferencias no se conviertan en divisiones y los problemas se resuelvan pacíficamente. Por eso la política es más difícil que las matemáticas, como dijo alguien que sabía mucho de números, Albert Einstein.

La política es la que impide que una sociedad se desquicie. Vale aclarar: la política democrática, aunque sea un oxímoron ya que si la política no respeta las instituciones, respeta la pluralidad de opiniones y la división de poderes de la República, mal puede nombrarse democrática, aunque haya sido legitimada en las urnas.

En cambio, los que reducen la humanidad a una sola identidad, las dictaduras o los regímenes de poder autocrático, lo primero que hacen es cancelar la política. Investidos de un poder mesiánico, ordenan, mandan, adoctrinan para impedir las críticas, el debate, el diálogo, las discrepancias que son la razón de ser de la democracia.

Por eso, los “escraches” efectivamente son “intimidantes”, como define el diccionario a esas manifestaciones surgidas en Argentina : al generar miedo inhiben la participación ciudadana, descalifican a las personas, no sus argumentos, no convencen ni persuaden y por eso, son claramente una expresión autoritaria. Vengan de donde vengan. Sin atenuantes ideológicos. Aquí o allá.

Publicado en Clarín el 28 de mayo de 2020.

Link https://www.clarin.com/opinion/escraches_0_HXLq3k42L.html