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Opinión 03 02 2020

Escenografías contra el poder


Autor: Olivia Muñoz-Rojas









El año 2019 ha sido definido por numerosos analistas como el año de la protesta. Desde París a Santiago de Chile, pasando por Bagdad y Hong Kong, numerosas movilizaciones han puesto de manifiesto una suerte de malestar global con las estructuras económicas, sociales y políticas actuales.

Si bien las causas concretas de la insatisfacción, así como las reivindicaciones, difieren según el contexto; es posible observar un imaginario y una escenografía de la protesta que trasciende fronteras.

No es nuevo que los movimientos sociales se nutran unos de otros, también de movimientos anteriores, pero, en un mundo crecientemente mediatizado, sucede con mayor rapidez e intensidad. Los movimientos escogen lemas, atuendos, colores y otros elementos visuales con los que captar el interés de los medios de comunicación.

Cuando los medios muestran repetidamente imágenes similares de un movimiento, incidiendo en determinados atributos (chalecos fluorescentes, paraguas amarillos, pañuelos morados, etc.) se fija una imagen de éste, haciéndola cada vez más reconocible a nivel global, como si se tratara de una marca comercial.

Esto, que podría verse como una banalización de la protesta, permite sinergias entre movimientos en diferentes lugares del mundo que contribuyen, finalmente, a que logren un mayor impacto conjunto.

Se ha planteado que la actual ola de protestas constituye una réplica de la que agitó el mundo hace casi una década cuando a la primavera árabe siguieron las protestas de los ‘indignados’ en el sur de Europa y las del movimiento Occupy en varias ciudades del mundo. Los blogueros tuvieron un papel protagonista en la difusión de ideas y consignas en aquella ocasión y fue la primera vez que las redes sociales sirvieron para convocar protestas masivas en calles y plazas. La labor de Wikileaks y su cara más visible, Julian Assange, gozaban entonces de amplio reconocimiento. Es en medio de este imaginario proto-cibernético en el que comenzaron a proliferar las máscaras de Anonymous (o Guy Fawkes) entre manifestantes de todas las latitudes, a menudo combinadas con símbolos locales propios.

La hibridación de la protesta, la progresiva integración de sus dimensiones digital y física, continúa desde entonces. Las redes sociales permiten que los movimientos de contestación surjan de forma anónima.

Esta ausencia de liderazgo visible dificulta a las autoridades el control de sus acciones, pero también la posibilidad de negociar con ellos. La globalización de la protesta impone, a su vez, lemas simples, fácilmente traducibles y convertibles en hashtags: #FreeHongKong, #lebaneserevolution, #ChileWokeUp.

La preferencia por el amarillo –color muy visible y utilizado por las empresas de marketing para transmitir energía y optimismo– se impone. Además de los ya citados ‘chalecos’ franceses, es el color de la Revolución de los Paraguas y de los independentistas catalanes.

En las grandes manifestaciones urbanas siguen agitándose banderas nacionales. Es indicativo de que, con todo, el marco de actuación de los movimientos sigue siendo el Estado-nación. Junto a las máscaras de Anonymous que continúan portando los manifestantes se suman ahora las del Joker.

En Arthur Fleck, personaje principal de la celebrada película norteamericana, y su sentimiento de abandono se reconocen muchos de aquellos que se perciben como víctimas de la globalización. La violencia nihilista que desencadena el Joker nace de una profunda desesperación. La pregunta tácita, que plantea la película y planea sobre muchas de las recientes movilizaciones, es hasta qué punto la violencia está justificada.

Es, por otra parte, esta violencia la que está ausente, con alguna excepción, de los movimientos feminista y ecologista. Esta particularidad, no sólo marca una diferencia con otros movimientos coetáneos, sino que reabre con fuerza el debate sobre la posibilidad de transformar la sociedad a través de estrategias no violentas que, sin embargo, atacan el statu quo de manera punzante.

Las mujeres latinoamericanas –especialmente las del Cono Sur, a partir de movimientos como Marea Verde, Mayo Feminista y otros– han ocupado un lugar destacado en el desarrollo de nuevas tácticas de protesta. Con intervenciones simbólicas en el espacio urbano –pensemos en los ‘Zapatos rojos’ de la artista mexicana Elina Chauvet– o distintos tipos de performance e himnos como el reciente “Un violador en tu camino” del colectivo chileno Las Tesis, han contribuido de modo determinante al repertorio de la protesta contra las violencias machistas. Las representaciones del viralizado himno feminista chileno en lugares emblemáticos de Europa, pero también África y Asia, así lo ponen de manifiesto.

Hemos visto, asimismo, cómo la ‘huelga escolar por el clima’, que inició la adolescente sueca Greta Thunberg, se extendió rápidamente entre cientos de miles de jóvenes bajo el paraguas del movimiento Juventud por el clima. Las contundentes intervenciones de la joven Thunberg en los foros internacionales del más alto nivel tienen precedentes en la figura de la joven Malala, víctima de los talibanes por acudir a la escuela.

Pero el tono desafiante que utiliza Thunberg no tiene precedentes. La imagen de una adolescente de trenzas aleccionando a los hombres más poderosos del mundo es la prueba flagrante, como ella misma señala, de que el mundo está al revés. Estamos, nuevamente, ante una escenografía no violenta que, sin embargo, genera una honda incomodidad en la medida en que logra desnudar al poder.

Publicado en Clarín el 1 de febrero de 2020.

Link https://www.clarin.com/opinion/escenografias-poder_0_1fPXLbLy.html