menu
Opinión 09 11 2020

Epopeyas de la decadencia


Autor: Claudio Iglesias









Diez años después

Es 27 de octubre de 2020 pasado el gobierno de Alberto Fernández evocó el 10° aniversario de la muerte de Néstor Carlos Kirchner a los 60 años. Víctima de padecimientos cardíacos, el débil corazón del expresidente dejó de funcionar en esa mañana de 2010 en la ciudad de Calafate, ante la desesperación de su compañera y entonces presidente de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner.

Esta cálida tarde del 27, una pequeña multitud rodea un inflable con la figura de la cabeza del expresidente en la Plaza de Mayo. A su sombra, unas chicas con pecheras de ATE y CTA, los núcleos sindicales afines al legado político del expresidente conversan, fuman, miran sus celulares. Al costado, una hilera de vehículos de esas organizaciones y de la CTEP y Barrios de Pie están estacionados en Hipólito Yrigoyen, desde Bolívar hacia Defensa del lado de la plaza de la calzada.

Mientras atravieso la pequeña concurrencia, pienso en el carácter algo pueblerino del espectáculo que acabo de ver, como salido de un paisaje diferente más propio de un pueblo de alguna ciudad del interior del país. Hay algo cinematográfico allí que no termino de descifrar. Hasta que acuden en mi auxilio escenas de una película de Héctor Olivera: No habrá más penas ni olvido. En particular aquella donde un automóvil desvencijado de la CGT de un pueblo imaginario da vueltas alrededor de la plaza principal, mientras el altavoz precario del vehículo deja escapar una voz entrecortada con una proclama pidiendo la renuncia del intendente del pueblo (el Fuentes encarnado en la ficción por un fantástico Federico Luppi) a quien la CGT y el peronismo local acusa de bolche, de “infiltrado.” La saga de Osvaldo Soriano llevada al cine por Olivera es, entre varias cosas, una historia de equívocos. En eso reside su atractivo, en el carácter exorbitado de sus personajes. Nadie es exactamente lo que los demás dar por sentado que es: Fuentes no es montonero naturalmente, ni bolche, ni “infiltrado marxista” pero está satisfecho con que la jotapé crea que lo es. De tales equívocos, tales desmesuras.

Cuando Néstor Carlos Kirchner, nuestro Fuentes contemporáneo, falleció no existía un sindicalismo enemigo como el que de la ficción cinematográfica. Tampoco Néstor era un “infiltrado marxista”, aunque de manera reciente le gustaba dejarse ver como alguien más combativo, setentista y antidictadura de lo que los testimonios indican y de lo que traducía, a esa altura de las cosas, su dilatada carrera como político profesional. Transformado en los años 90 en un hombre fuerte del peronismo de Carlos Menem (un movimiento con el cuál estableció una conveniente relación de idas y venidas) se dedicó a cultivar una relación pragmática con los hombres rústicos de los sindicatos petroleros de Santa Cruz, con Domingo Cavallo y con el sector financiero. Aún no había establecido su alianza con los gremios que luego se transformarían en su audiencia habitual: empleados estatales, docentes, investigadores profesionales, artistas, periodistas, la flor y nata del sistema universitario.

Visto a la distancia, Néstor Kirchner fue el cacique político que protagonizó la última remontada de la economía argentina, el último episodio de prosperidad con sueldos, tanto públicos como privados, que permitían acceder desde smartphones hasta zapatillas importadas, desde computadores personales hasta viajes a Miami o Barcelona, dependiendo de las posibilidades y las preferencias de cada cual. De hecho, no se conocía ese grado de felicidad basada en el consumo un poco atolondrado desde los años de la convertibilidad del expresidente Menem y su zar Domingo Cavallo. Aunque aquellos, en la retórica rediseñada de Kirchner, habían logrado esa proeza a un gran costo social que el nuevo líder no iba a permitir porque ahora gobernaría en nombre de las mayorías y, sobre todo, en nombre de la memoria. Que, en los hechos, quería decir en nombre de la memoria de la causa de los militantes desaparecidos durante la segunda mitad de la década del setenta que el abrazó un tanto tardíamente.

La economía argentina no se había vuelto más setentista (suponiendo que eso quisiera decir más socialista o anticapitalista) que durante los años 90: prosaicamente, el país había dejado de pagar la deuda, devaluado su divisa llevando la tasa de cambio de la tan añorada relación 1 a 1 con el dólar a una relación de 1 a 3,80 en un lapso de 5 meses durante la primera mitad del 2002: Argentina por fin tenia el “tipo de cambio competitivo” que pedían los industriales de la UIA, aunque eso viniera al precio de una brutal erosión del poder de compra de los salarios. Solo una altísima tasa de desempleo, además, puso un límite al efecto inflacionario que, como es habitual, esa devaluación habría tenido.

Con términos del intercambio que nunca habían sido tan favorables para los productos de exportación, su gobierno, prolongado en el tiempo mediante un intercambio de roles con su esposa y compañera en 2007, se benefició de una brisa de prosperidad y consumo que no se interrumpió hasta el año 2009.

El renacido

Cuando en 2009, como consecuencia de la desaceleración de la economía mundial, perdió las elecciones legislativas contra un novato en las lides como Francisco De Narváez, aliado para la con los restos del menemismo (Felipe Solá, sindicatos, intendentes no alineados con el gobierno, etc.) y con la fuerza liderada por Macri, el ciclo iniciado en 2003 parecía a punto de desplomarse sin remedio. Néstor, sin embargo, aprendió la lección rápidamente: no permitiría nunca más que los intendentes bonaerenses le volviesen a jugar a dos puntas. Ideó las PASO, un verdadero corralito para caudillos indisciplinados, que fue vendida como una innovación electoral con gran ingenio publicitario.

En muy poco tiempo, el gobierno había recuperado el centro de la escena con muy poco esfuerzo y la oposición hizo exactamente lo que debía hacer para allanarle las cosas. De un lado, la variante peronista (Felipe Solá, Francisco de Narváez, etc.) y centrista (el PRO) empezó muy anticipadamente a cabildear por las candidaturas de 2011. Del otro, la coalición radical socialista, empezó a dividirse entre quienes procuraban maniatar al gobierno en el Congreso (Carrió y la UCR) y quienes como preferían, como el PS y el GEN, mostrarse entusiasmados con las innovaciones políticas del gobierno.

Un año después, sin embargo, la imagen pública del expresidente era tan mala como lo había sido durante todo el mandato de su compañera, como resultado del dilatado enfrentamiento con los productores agropecuarios y con el grupo Clarín. De hecho, su anteriormente robusta imagen recibió un golpazo como consecuencia del carácter más bien agresivo del estilo político de su compañera que el expresidente, tradicionalmente más parco, terminó haciendo suyo. Ya en la fase de declive de su prestigio político la popularidad de Néstor Kirchner y la de su compañera se derrumbó al 25%.

En poco tiempo, el proyecto político que encarnaba el matrimonio solo sobrevivía por la visible incapacidad de la oposición tanto en sus diversas variantes peronistas o de centro (Solá, Duhalde, De Narváez, Macri) o más hacia el centro izquierda (Socialismo, GEN, UCR, Coalición Cívica) de ofrecer a la sociedad una alternativa creíble. En ese preciso contexto, con una oposición desunida y sin orientación, el político más poderoso de los últimos 20 años fallecía en la ciudad de El Calafate.

La construcción del mito

Desde el día uno de la muerte de Néstor Kirchner el oficialismo se abroqueló en la tarea de construir una mística y una épica en torno de la imagen del presidente difunto. Su viuda y sucesora llevó un luto por un tiempo prolongado. Su estilo retórico, agresivo y violento tradicionalmente, se volvió lúgubre y evocativo: en sus momentos más solemnes parecía menos la jefa de un estado que la suma autoridad de una iglesia evocando ante la feligresía la presencia de una nueva constelación espiritual.

Una nueva generación de militantes empezó a construir un universo simbólico en torno del impensado héroe de la revolución contemporánea: el “Lupín” (como lo llamaban en Santa Cruz sus conmilitones del peronismo local por su parecido de familia con una historieta popular) devino en el Nestornauta, un héroe inmortal y atemporal, mezcla del personaje de la célebre historieta de Oesterheld, de militante setentista ensamblado en centros culturales y universidades y caudillo político pragmático. Una abigarrada constelación de intereses, celebridades de los derechos humanos, la cultura y el mundo intelectual, los deportes y los medios de comunicación y la colonia artística cerró filas en torno de la tarea de elevar la figura del ex presiente a la cima del prestigio social, muy por encima de otras que habían detentado esa posición en el pasado: Yrigoyen para algunos, Juan Perón para otros.

La proliferación de locales, centros culturales, agrupaciones universitarias, restaurantes temáticos, etc., inspiradas en la epopeya del ex presidente empezó a colorearse, lentamente primero y como un alud después, con una serie de denuncias de corrupción que, sin afectar el prestigio del difunto, tocaba a gran parte del gabinete de ministros que la viuda había heredado de su marido. Con ese fondo, la empresa de canonización lucía tanto más forzada: si al comienzo parecía apenas apresurada, ahora parecía abiertamente grotesca. Visto en perspectiva, Kirchner hizo con su oportunidad de cambiar el rumbo del país menos de lo que hizo Carlos Menem que, a su vez, hizo menos de lo que hizo Arturo Frondizi. A diferencia de ellos, gozaba de la inoculación moral de los humillados de la dictadura militar, transformados con el paso de los años no ya en víctimas sino en héroes simbólicos de la Argentina contemporánea. Con Néstor se iba no solo un presidente, sino un combatiente setentista.

Epopeyas de la decadencia

Con un país crecientemente empobrecido, sin crédito externo, una economía desprovista de un horizonte creíble, un sistema educativo en colapso terminal en varios de sus aspectos esenciales, un estado visiblemente imposibilitado de ofrecer prestaciones acorde con al peso que los ciudadanos sobrellevan para financiarlo, la canonización imperativa de Néstor Kirchner no es otra cosa que el creciente e irreversible proceso de mitificación de la decadencia que afecta a la sociedad argentina desde hace largos años. Ya que la política no logra imbuir a su empresa de un horizonte propositivo que vuelva a la Argentina un país razonable capaz de ofrecer un futuro a sus habitantes, la política ha tendido a transformarse en la administración particularista de los intereses por parte una elite política extractiva cuya magia dura uno o, en el mejor de los casos, dos períodos presidenciales. Y, en ese contexto, la mitificación de la decadencia es visible en la disposición de los salones de la Casa Rosada, decorada en el segundo mandato de Cristina como un homenaje a sí misma y a su compañero de ruta, las gigantografías de la segunda mujer de Perón en la Avenida 9 de Julio, el Mausoleo erigido a Kirchner en la ciudad de Río Gallegos y, no podría faltar, el Centro Cultural en homenaje al difunto.

Más allá del interesado impulso original a esta empresa, el producto ha cobrado vida propia: podría decirse que la mitificación de Néstor Kirchner y su inevitable subproducto, la epopeya de la decadencia, es hoy una figura central de la política argentina. Carreras universitarias al completo, en las humanidades y las ciencias sociales, tienen como materia prima de indagación la sustancia relativamente espectral del legado del expresidente, sin importar que ese legado sea vivido con resignación y fastidio por multitudes cada vez más extensas y heterogéneas de argentinos que no encuentran en el país un horizonte propicio para trabajar, educar a los hijos y proyectar un futuro.

MIlitancia, privatización del Estado y democracia pluralista

Desde el regreso de la democracia, estuvo relativamente de moda la idea de que la política debía ganar autonomía respecto de los intereses de la sociedad civil. Una sociedad política moderna debía, sino ser independiente de la sociedad civil que aspira a representar, al menos disfrutar de un margen de autonomía donde los distintos grupos políticos que la constituyen puedan elaborar proyectos alternativos de país que la sociedad luego elige en elecciones regulares, competitivas y periódicas. 

Sin embargo, el más módico ejercicio de conversación con quienes se sitúan más allá de la esfera de la sociedad política donde la militancia se estructura en diversos campos o espacios políticos, cualquier conversación incidental con personas alejadas de los rituales y los códigos de ese pequeño universo, revelan una realidad inquietante: existe un mundo para el cual las pasiones que agitan el pequeño mundo de la militancia no exhiben literalmente ninguna importancia. Incluso, un vasto grupo considera a la agenda militante como unas ideas sencillamente descabelladas e incluso peligrosas.

Con el paso del tiempo, de los años y el aprendizaje social, hemos aprendido que solo se entiende el significado de aquello en que la democracia consiste, si es que ella representa algo genuino además de la ausencia de dictadura, es en la toma de conciencia de que no existe ninguna posibilidad de reducir las ideas, intereses o preocupaciones de los demás a una proyección de los temas e intereses de los políticos profesionales: en eso, y en ninguna otra cosa más, consiste el pluralismo democrático.

Naturalizar la desconexión entre el mundo de la militancia, una capa burocrática de personas que viven de las prerrogativas del estado, y la vida del resto de las personas comunes es el paso que la democracia dio en los últimos años 20 años. Un paso insinuado en los años 80 y 90, pero que se acentuó hasta transformarse en una caricatura durante las gestiones de Néstor y Cristina Kirchner.

El estado, tal como está constituido y reclutado actualmente, sirve más al propósito de resolver la subsistencia a a esa burocracia reinante tanto como a sus cambiantes coaliciones de jefes políticos que al interés público: el dilema de legitimidad que eso inevitablemente conlleva apenas si necesita ser argumentado. Lo mismo en la administración, en las empresas públicas, el gobierno nacional y los gobiernos subnacionales, la gestión universitaria, entes de control y los centros de investigación.

La entronización del culto a Néstor Kirchner que, en sí misma, es solo una entrega novedosa y estrafalaria de esa saga (Perón, Evita, los 70, etc.) ha resultado una excusa o ritual de legitimación de esa forma extraviada de la política y del propio contenido de la actuación del estado, un estado transformado en santuario dedicado a la administración de los asuntos privados de diversos grupos.

Más gravemente, la epopeya privada de Néstor y Cristina Kirchner bloquea la comprensión de la erosión del carácter público del estado, de la creciente privatización de su lógica y de la de sus aparatos administrativos puestos al servicio de pequeños grupos; un estado desprovisto de anclajes normativos y una conexión genuina con el proyecto de la democracia pluralista recuperada en 1983.