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Opinión 30 09 2022

Enterrar la decadencia: el desafío que propuso Alfonsín hace 39 años en Ferro, ahora hay que recoger el guante


Autor: Leandro Pablo Vivo









“Vamos a enterrar la etapa de la decadencia argentina”, exclamaba Raúl Alfonsín hace hoy 39 años y cuando se repara, en el presente, que aquel llamado no reconocía distinciones ideológicas ni partidarias y que tenía como destinatario al conjunto de la sociedad argentina, deberá llegarse a la conclusión de que los años han pasado, se ha hablado y se sigue hablando de ello pero como no se asume el desafío al que él convocaba y se lo deja solo en palabras pero no en hechos la conclusión no puede ser otra: No todos escucharon.

Ya nadie, desde la honestidad intelectual, discute lo que significó Alfonsín para la democracia, de cuya recuperación se cumplirán en pocos días 39 años y aún cuando no pueda darse por concluido cualquier debate honrado de los aciertos y los errores de su gestión de gobierno de la que él, con la franqueza y la grandeza de quienes se reconocen humanos y no mesías, se hizo cargo al decir cuando ya había dejado el poder que “hubo cosas que no pude, otras no supe o y otras no quise hacer”, imposible será no admitir que debe reconocérsele por el valor de la palabra y la rectitud en los procederes. ¿En el ejercicio de la más alta jerarquía institucional como la de ser Presidente de la Nación tuvo aciertos?: SÍ; ¿En el ejercicio de la más alta jerarquía institucional como la de ser Presidente de la Nación cometió errores?: SÍ. 

Pero a Alfonsín, en el éxito, no se lo hallaría vanagloriándose de ello y, en el yerro, tampoco se lo encontraría rehuyendo responsabilidades y además, en este último caso, tampoco se lo recordará desparramando culpas en otros porque no sabía de rencores, no reconocía enemigos en los que no comulgaban con sus ideas –tan solo aquellos eran para él circunstanciales y leales adversarios- y, en todo caso si algo lo fastidiaba –y no más que eso- era la insolidaridad, el autoritarismo, los fundamentalismos, las ideológicas que se transforman en extremismos y la antipolítica.

Hace 39 años, Alfonsín, convencido o “persuadido” –como solía decir él en sus alocuciones-hacia aquel llamado no sólo a los radicales sino a los argentinos, ya sea que tuviese o no pertenencia de carácter partidario En medio del discurso que pronunció en un multitudinario acto público, en el tramo final de la campaña de cara a las elecciones del 30 de octubre de 1983 que se realizo en el en estadio de fútbol del club Ferrocarril Oeste, situado en el corazón del barrio, proclamó: “Vamos a enterrar la etapa de la decadencia argentina, vamos a volver a ponerla entre los primeros países del mundo por la riqueza de nuestro pueblo; no va a ser fácil, nos va a costar, pero lo vamos a lograr, y si lo hacemos, amigos de Buenos Aires, que nadie se deje deslumbrar por los resplandores de las glorias del pasado. Yo les aseguro a ustedes que si cumplimos con nuestro deber, nuestros nietos nos van a honrar, como nosotros honramos a los hombres que hicieron la organización nacional”.

Un mes después de aquel viernes 30 de setiembre de 1983 Alfonsín ganó las elecciones y se convirtió en Presidente electo. Desde que asumió el cargo hasta el final de su mandato dio todas las batallas que creía debía dar, acompañado en muchas de ellas por una inmensa mayoría de argentinos y, en otras sólo rodeado por los radicales. No renunció a la tarea de “enterrar la decadencia Argentina” que, por aquella época, se corporizaba en dar vuelta el destino fatal de un  país que había transitado 50 años de inestabilidad institucional con sólo breves interregnos de gobiernos democráticos y recurrentes golpes de Estado perpetrados por las Fuerzas Armadas detrás de las cuales se escondían minorías autoritarias que sólo podían llegar al poder por la vía del asalto a democracia.

Alfonsín puso fin a esos casi contantes golpes de Estado, Y por ese entonces abrió el camino para que los jerarcas de la última dictadura fuesen sometidos a la Justicia que en el histórico “Juicio a las Juntas” que los condenó por su responsabilidad en las violaciones a los derechos humanos que se habían cometido tras el derrocamiento el 24 de marzo de 19976 del gobierno  constitucional del peronismo que, sin embargo, no acompañó aquella epopeya que se inició con la creación de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP) que el justicialismo decidió no integrar tanto como que tampoco estivo dispuesto en un principio a respaldar la derogación de la llamada Ley de Autoamnistía que los propios militares, cuando aún ejercía el poder, habían dictado en un intento desesperado por evitar terminar en la cárcel a sabiendas de que habían cometido atroces actos de lesa humanidad. 

Bajo el imperio de una Justicia, cuya independencia defendió a capa y espada Alfonsín como Presidente de la Nación, también fueron juzgados y condenados los cabecillas de las organizaciones que habían empuñado las armas para por la vía de la violencia con la justificación de que ese era el camino para resistir la represión con lo que se sumaron al baño de sangre en el que quedó sumergida la Nació por casi una década.

Ese desafío de enterrar la decadencia al que llamó Alfonsín ese viernes 30 de setiembre, hace 39 años, tuvo otros hitos como cuando como Presidente forjó el Acuerdo de Paz con Chile que zanjó el diferendo por el Canal de Beagle que se había planteado con el país trasandino y había ubicado  ambos países al borde de una guerra durante el imperio de la dictadura tanto como el proceso de integración y cooperación bilateral con Brasil que desarrolló Alfonsín con su par José Sarney y que terminó por desterrar toda hipótesis de conflicto con esa otra Nación hermana latinoamericana y al que se sumo en alguna medida Uruguay en una política que incluyó vínculos con otros países de la región para enfrentar los desafíos que se planteaban frente a las exigencias que imponían a América Latina las grandes potencias las que Alfonsín creía que había que mantener relaciones maduras lo que implicaba no resignarse ante su influencia en el mundo. ¿Qué otra cosa fue eso sino la búsqueda de enterrar la decadencia argentina?

Que otra cosa fue que no sea la búsqueda de enterrar la decadencia argentina que Alfonsín como Presidente de un gobierno democrático se plantara frente a su par norteamericano, Ronald Reagan para, cara a cara, discutir, en igual de condiciones, la necesidad de no intervención de Estados Unidos en los conflictos internos en Centroamérica y, por lo tanto, exigir respeto a la autodeterminación de los pueblos.

Que otra cosa fue que no sea la búsqueda de enterrar la decadencia argentina la decisión de Alfonsín, sin que ello significara sumisión, establecer un diálogo con los países influyentes en el mundo para procurar que se comprendiese la situación en que se hallaba la Argentina frente a una deuda externa que había alcanzado una dimensión, en el curso de la última dictadura, que hacía que el país no pudiese imaginar tan siquiera la posibilidad de, al menos, establecer las bases para emprender un sendero de desarrollo.

Que otra cosa fue que no sea la búsqueda de enterrar la decadencia argentina una pertinaz tarea de apelar al diálogo con el sindicalismo pero, a la vez, con los empresarios y otros factores del poder económico para intentar persuadirlos de que, por entonces, era necesario poner por encima de las demandas sectoriales, por más legítimas que pudieran ser, los intereses del conjunto de los argentinos. Aunque, por cierto, la realidad marcó que ello que Alfonsín predicaba frente a los sectores del trabajo y la producción solían tener como respuesta la más lisa y llana la  incomprensión.

¡Alfonsinazo!

Aquel llamado a enterrar la decadencia argentina se convirtió en uno de los ejes centrales del discurso de Alfonsín en aquel acto en el que una enorme multitud se congregó en el estadio de Ferrocarril Oeste para sorpresa de los radicales que miraban extasiados las tribunas y el campo de juego colmados de enfervorizados militantes de la UCR y también de ciudadanos que no adherían a esa fuerza política pero se habían sumado para escuchar al candidato presidencial.

El acto generó un inesperado impacto 30 días antes de las elecciones del 30 de octubre de 1983 que marcaron el retorno al imperio de la democracia en el país y la consecuente retirada del poder de la última dictadura, la más atroz que reconozca la historia argentina. Ese mitin estuvo rodeado de varios condimentos: los principales estuvieron contenidos, precisamente, en el discurso que Alfonsín pronunció ante la multitud cuando ya caía la noche en la Capital Federal.

Uno de esos pasajes de ese discurso que quedó en la memoria colectiva de la sociedad. Fue cuando Alfonsín ratificó que impulsaría, en caso de convertirse en Presidente, la derogación de la Ley de Autoamnistía que, una semana antes, el gobierno de facto había dictado con el objetivo de cubrirse las espaldas ante la certeza de que si el radical resultaba triunfante en los comicios, tal como ocurrió, serían llevados ante la Justicia por las violaciones a los derechos humanos como, efectivamente, sucedió.  Aunque hubo, por cierto, otros momentos en que el discurso del candidato de la UCR provocó un fervor inusitado entre los asistentes.

Aquel día la UCR se sintió desafiada a desplegar una contundente capacidad de movilización de sus militantes al influjo de un paro en el transporte de colectivos que el gremio de la UTA, controlado en las sombras por el peronismo, dispuso para aquella jornada en demanda de mejoras salariales para sus trabajadores aunque nadie podía desconocer que, a la vez, resultaba una jugada dirigida a provocar la casi o nula circulación de colectivos a los que muchos apelarían para trasladarse hacia el estadio y concurrir al acto.

Los radicales vencieron ese obstáculo. Apelaron a un incalculable número de autos, camiones y camionetas tanto como a los tradicionales micros escolares, de color naranja y blanco –costeados por dirigentes de la UCR- para trasladarse desde distintos barrios de la Capital Federal y del conurbano bonaerense y llegar a la cancha de Ferro. Otros lo hicieron a pie desde sus comités y por la calle aún cuando debieran esquivar y hasta cortar el tránsito vehicular para recorrer una cierta considerable distancia. Ello hizo que por distintas calles y avenidas porteñas avanzaran nutridas columnas de militantes radicales a los que se iban sumando aquellos que no lo eran pero habían resuelto asistir al acto para ver y escuchar a Alfonsín.

Eran las 19.30 de ese viernes 30 de setiembre y en el estadio de Ferro parecía que no cabía ni un alfiler con sus tribunas de tablón y el verde césped cubiertos de militantes radicales y quienes no lo eran pero que ansiosamente aguardaban a quienes serían los oradores, aunque por supuesto, el más esperado era Alfonsín, quien lo hizo después del candidato a vicepresidente, el cordobés Víctor Martínez. Antes, entre otros, habló el entonces candidato a senador, Fernando De la Rúa.

Los radicales desataban su irrefrenable entusiasmo con una y otra consigna en medio del agitar de banderas argentinas y partidarias. Algunos dirigentes que ya entonces peinaban canas y eran experimentados en estas lides no podían salir de su asombro ante la multitud dentro del estadio e, incluso afuera, en las adyacencias porque, en determinado momento, resultó imposible que se permitiese el ingreso. No había más capacidad para albergarlos y se conformaron con escuchar a Alfonsín desde afuera sin que ello menguara su fervor.

Tras el discurso de Víctor Martínez llegó el momento esperado. Los locutores Graciela Mancuso y Daniel Ríos, hábiles, fueron preparando el instante del anuncio. Se alternaron en las intervenciones previas y se lanzaron a la presentación. Ella dio el pie: “…amigos y amigas habla Raúl…”, y Ríos exclamó: “Habla Al–fon–sín”, completó a sabiendas que ello haría ir desatando la ovación y la “locura” entre las 50 y 100 mil personas –según los distintos cálculos- que colmaban el estadio o estaban afuera. Y entonces comenzó a correr una palabra para graficar la contundencia de aquella movilización popular: ¡Alfonsinazo! Y esa sería una marca registrada para el resto de la campaña en que se repitieron concentraciones inimaginables para algunos radicales –como lo que sucedió en la 9 de julio el 26 de octubre o dos días después en Rosario al pie del Monumento a la Bandera- en el camino hacia final de esa carrera hacia las urnas del 30 de octubre de 1983.

El candidato presidencial de la UCR debió demorar algunos minutos el inicio del discurso ante el griterío infernal de los radicales que coreaban el ya entonces clásico cántico: “…Alfonsín, Alfonsín, Alfonsín…”. Y, arrancó: “Queridas amigas y amigos, venimos...”, dijo e hizo una pausa al advertir que los fotógrafos de distintos medios gráficos se apiñaban al pie de la tarima y se movían agachados en medio del riesgo de caer al vacío desde el palco. “Cuidado con los fotógrafos, déjenlos trabajar…”, dijo Alfonsín, quien reinició su discurso: “Todos nosotros sabemos, todos los argentinos comprendemos que no estamos en estos momentos viviendo las circunstancias de una campaña electoral común; cada uno de nosotros sabe que no se trata solamente de consagrar una fórmula…”.

Y, sin pausa, agregó: “…todos sabemos que en lo que realidad se trata es de saber si los argentinos podemos realmente superar esta etapa de decadencia, superar esta inmoralidad que se ha enseñoreado en nuestra sociedad, y transitar juntos un largo camino de paz y prosperidad. Crisis moral por encima de todo, que hay que superar, y en consecuencia obliga a utilizar también la prédica y el discurso honrado de la autenticidad y de la verdad, que es la prédica y el discurso de la democracia”.

Cada frase o un algo más extenso párrafo del discurso que pronunciaba daba pie a renovadas ovaciones como cuando Alfonsín, casi como una sentencia, enfatizó: “No vamos a aceptar la autoamnistía, vamos a declarar su nulidad. Pero tampoco vamos a ir hacia atrás, mirando con sentido de venganza; no construiremos el futuro del país de esta manera. Pero tampoco lo construiremos sobre la base de una claudicación moral que sin duda existiría si actuáramos como si nada hubiera pasado en la Argentina”.

Alfonsín, con tono enérgico, atacaba a la dictadura y aunque lanzaba alguna estocada verbal hacia el peronismo, amalgamaba un discurso que se asemejaba más a un ya consagrado nuevo Presidente que a un candidato, con frases que adquirían un significativo volumen político con compromisos que se proponía asumir si las urnas lo depositaban en la Casa de Gobierno y, entonces, explicitaba que haría, en tal caso, ante las acuciantes demandas de una sociedad en la que había vastos sectores de la población hambreada, sin asistencia en la salud o sin acceso a la educación y allí, como lo venía haciendo desde el inicio de la campaña, exclamó: “Cada uno ha entendido que la única forma de solucionar nuestros problemas es a través de la recuperación de nuestros derechos y nuestras libertades. Cada uno ha entendido que con la democracia no sólo se vota, con la democracia se come, se cura, se educa…”, para después incursionar hasta casi en detalle los criterios con los que su eventual gobierno haría frente a la enorme deuda externa que su posible gestión heredaría tras los estragos que había provocado la administración de la dictadura.

Alfonsín encaraba el tramo final de su discurso y decía: “Vamos a enterrar la etapa de la decadencia argentina, vamos a volver a ponerla entre los primeros países del mundo por la riqueza de nuestro pueblo. No va a ser fácil, nos va a costar, pero lo vamos a lograr, y si lo hacemos, amigos de Buenos Aires, que nadie se deje deslumbrar por los resplandores de las glorias del pasado; yo les aseguro a ustedes que si cumplimos con nuestro deber, nuestros nietos nos van a honrar, como nosotros honramos a los hombres que hicieron la organización nacional”.

Para el final, el líder radical y candidato presidencial, pronunciaría en aquel acto de Ferro, hace 39 años, una invitación a recitar parte del Preámbulo de la Constitución Nacional. Aquello se repitió hasta el final de la campaña electoral e, incluso, volvió a reiterarlo en algunas ocasiones durante su gobierno. Alfonsín expresó entonces: “Vamos hacia el nuevo rumbo, con la nueva marcha, con la nueva lealtad, hacia el futuro los argentinos, una marcha presidida por un profundo sentido moral, por un profundo sentido patriótico, para concretar nada más y nada menos que los objetivos del Preámbulo de la Constitución Nacional de los argentinos, que yo les pido a todos que lo vayamos repitiendo como si fuera un compromiso al mismo tiempo que un rezo laico y una oración patriótica que ya empezamos a cantar porque esto significa que vamos dejando atrás la decadencia argentina. Estamos en una marcha nueva para constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover al bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que deseen habitar el suelo argentino”.

¿Nuestros nietos habrán de honrarnos? 

Aquella convocatoria de Alfonsín, hace 39 años, para “enterrar la etapa de la decadencia argentina” cobra vigencia inusitada. El país continúa inmerso en el presente en una decadencia que se exhibe con crudeza con una verificación de alarmantes índices de pobreza, marginalidad, caída del salario, desocupación, inseguridad, niños, niñas y adolescentes que no alcanzan a ser cobijados por una educación que les brinde oportunidades mientras se acrecienta la migración de jóvenes al exterior al no encontrar expectativas para desarrollarse en la Argentina.

El llamado de Alfonsín en el presente interpela al conjunto de la sociedad pero centralmente a la  dirigencia política gobernante y opositora. Es una tarea que aún está inconclusa y la convocatoria de quien la historia reconoce como la figura que lideró el camino hacia la recuperación de la democracia en la Argentina  obliga a actuar a todos.

Si quienes están compelidos a asumir el desafío que hace 39 años lanzó Alfonsín desisten de hacerlo o, al menos de intentarlo, las futuras generaciones no habrán de honrarlos como tampoco honraran a los hombres que hicieron la organización nacional. Tal vez sería saludable recoger el guante.