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Opinión 24 08 2020

El siglo de los presidentes inesperados


Autor: Esteban Lo Presti









El sábado 18 de mayo de 2019 Cristina Fernández sorprendía con un video en el que nominaba como candidato a presidente a quien hasta hacía unos meses era su peor enemigo: Alberto Fernández. Un exjefe de gabinete, conocido por su prolífera (y muchas veces agresiva) actividad tuitera y titiritero de muchas de las operaciones políticas de Néstor Kirchner cuando fue presidente. Entre ellas, la recordada acusación gratuita, y luego desmentida, hacia Enrique Olivera. Sin casi antecedentes electorales, solo había sido legislador de la ciudad elegido en la misma boleta que Domingo Cavallo se postuló para Jefe de Gobierno de la Ciudad en el año 2000. La historia es conocida, CFK se reservó el rol de vicepresidente y hoy mantiene una cuota de poder creciente desde la presidencia del Senado de la Nación. Si en abril 2019 algún analista hubiese dicho que Alberto Fernández gobernaría la Argentina, nadie lo tomaba en serio.

Pero esto que nos parece una anomalía en las carreras políticas, propias de un país anómalo, se ha dado (y seguirá dando) todo el tiempo a lo largo de este joven siglo.

En 2008, mientras George W. Bush transitaba sus últimos meses de pato rengo como presidente de los Estados Unidos, Hillary Clinton se probaba su traje de precandidata a presidente sin mayores preocupaciones. Marchaba adelante en la recaudación de fondos para hacer campaña, aun estaban muy presentes los años de su marido Bill como presidente, la economía del país crujía y nadie podría arrebatarle su nominación como candidata y llegar a la meta final solo dependía de lo bueno o malo que fuese el candidato republicano. Además, los sectores afroamericanos siempre habían permanecido fieles al ala clintoniana de los demócratas (Bill Clinton aun mantiene sus oficinas de expresidente en el barrio del Bronx en Nueva York). Además, fundamentalmente, contaba con el apoyo de casi toda la elite del partido. Pero… siempre hay un pero en estas historias… apareció un joven y novato Senador por el estado de Illinois que tan solo cuatro años antes había brillado como orador en la Convención Nacional Demócrata de 2004. Sin grandes apoyos partidarios, la luz de alarma la encendió el nivel de las donaciones individuales para la campaña: cada vez más jóvenes donaban el máximo permitido por ley. El monto no era mucho, pero expresaba otra cosa: eran individuos dispuestos a ir a votar. La historia es conocida, corriendo de atrás, Barack Obama le ganó la nominación a Hillary Clinton solo con el apoyo de algunos dirigentes partidarios (entre ellos se destacaron los últimos representantes de la familia Kennedy) y terminó logrando la presidencia frente a un gran candidato republicano, el también senador John McCain.

Ocho años después, de nuevo la amarga historia se repetiría para Hillary Clinton. Primero, un candidato rupturista dentro de su propio partido, el Senador Bernie Sanders que hasta el último aliento buscó la nominación demócrata. Pero serían los republicanos quienes esta vez sufrieran la irrupción de un verdadero outsider político: Un ofuscado millonario, ofendido por un discurso del presidente en ejercicio se levanta de su palco enojado y con toda la intención de, esta vez sí, avanzar seriamente hacia la presidencia de los Estados Unidos. La recaudación para la campaña no será problema. El discurso, tampoco. No importa lo que diga, sino como lo diga. No importa afirmar algo que un par de twits después será contradicho. Uno a uno sus experimentados contendientes republicanos irán siendo masacrados verbalmente en los debates televisados (la televisión, un ámbito que el magnate manea como nadie ya que protagoniza desde hace años un reality agresivo: El Aperndiz). Uno a uno irán siendo despedidos, incluso hacia el voto demócrata (George Bush padre se llevó a la tumba el no tan secreto de a quien votó en esas elecciones de 2016 y John McCain dejó expresas instrucciones a su hija de que dicho personaje, aun ya siendo presidente, no asistiese a su funeral). Hoy Donald Trump, desde el Salón Oval, busca su reelección con la misma estrategia rupturista de hace cuatro años.

Los franceses estaban sorprendidos, su presidente, Francois Hollande (él mismo un sorpresivo candidato cinco años antes) anunciaba que no intentaría ser reelecto. Nunca había pasado. Su performance no había sido óptima pero podía forzar una segunda vuelta electoral. Sin embargo, la ruptura de los sectores de izquierda (efectiva con la candidatura de un exministro socialista Jean Luc Melenchon, con lazos afectivos con los populismos latinoamericanos) y los escándalos que rodearon al candidato del centro derecha, François Fillon hacían que las posibilidades de Marine Le Pen, dado un corrimiento discursivo hacia el centro, tuviese amplias y peligrosas posibilidades de acceder al Palacio del Eliseo. Para colmo, el candidato oficial socialista, Manuel Valls, fue derrotado en internas por un poco competitivo Benoit Hamon (obtendría después un indecoroso quinto lugar en la general). Las esperanzas de los sectores democráticos franceses se irán corriendo, de a poco, hacia un joven candidato sin anclajes ideológicos fuertes que pretende revolucionar el sistema político (para muestra, sus candidatos a diputados serían seleccionados vía postulación en internet, haciendo que muchos políticos tradicionales fuesen rechazados en el proceso de preselección, entre ellos el caído en desgracia Manuel Valls). Macron, con un 24% de los votos de primera vuelta, contra el 21% de Marine Le Pen, se alzaría con el triunfo en segunda con el 66% frente al 34% de su contendiente.

Pedro Sánchez fue derrotado dos veces en las elecciones españolas. Unas elecciones que, sin embargo, no logran formar gobierno. Pero no estaba dispuesto a dar el brazo a torcer: “No es no” fue su eslogan durante la campaña para evitar un nuevo gobierno del Partido Popular, pegar un portazo y renunciar al liderazgo del PSOE en el parlamento español. La historia es conocida, el PSOE se abstiene en segunda vuelta y Rajoy es investido por segunda vez presidente del gobierno español. Pero Pedro Sánchez no se rinde, hay elecciones de conducción en el partido socialista y enfrentará a su anterior mentora, la poderosa Susana Díaz, en ese momento presidente de la Junta de Andalucía, quien pretende tomar las riendas del partido a nivel nacional. Será derrotada. Al poco tiempo, un voto de censura constructivo da por tierra con el gobierno de Rajoy y, Pedro Sánchez le arrebata, desde fuera del parlamento, la investidura. Su cargo de presidente del gobierno sería revalidado, poco después en elecciones adelantadas en 2019.

Desde dentro o fuera de los partidos, pero de manera sorpresiva, nuevos o viejos liderazgos políticos, buscan abrirse camino en un siglo acelerado donde todo, hasta un encierro mundial, es posible.