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Opinión 11 05 2021

El secuestro de Adolf Eichmann


Autor: Rogelio Alaniz









Las historias escolares son las que más han insistido en otorgarle a la última frase del prócer un significado trascendente, como si en el momento antes de morir el héroe se iluminara y revelara en una frase el significado de toda una vida. Poco importa saber si la frase existió o no, porque lo que importa es ese esfuerzo de coherencia por decir lo que importa al borde de la tumba. Desde “¡Ay patria mía!” a “ Muero contento, hemos batido al enemigo”, la leyenda se encargó de otorgarle a los héroes una suerte de sabiduría póstuma y reveladora.

Adolf Otto Eichmann no quiso estar ausente en estas efemérides, y al pie del patíbulo, un instante antes de ser ahorcado en la prisión israelí de Ramla, dijo palabras que también intentaron darle sentido a su propia vida: “!Larga vida a Alemania, larga vida a Austria, larga vida a Argentina….nunca las olvidaré”. Lo de Alemania y Austria podemos considerarlo previsible. Eichmann, como Hitler, había nacido en Austria en 1906 y su carrera política como militante nazi la había desarrollado en Alemania o bajo la bandera de Alemania, ya que en su carácter de funcionario de las SS estuvo cumpliendo con su deber -como le gustaba decir- en Viena, Budapest, Praga y Varsovia.

¿Por qué la mención a la Argentina? ¿Por qué uno de los principales artífices del Holocausto, el impasible y obsesivo burócrata que organizó la muerte de cientos de miles de personas, evocó -minutos antes de morir- a la Argentina como el país que su corazón atesora con particular afecto? La respuesta es sencilla: porque la Argentina o, para ser más precisos, el gobierno argentino de entonces, le permitió ingresar al país cuando era uno de los criminales de guerra más buscados del mundo.

De Eichmann pueden decirse muchas cosas, menos que no fuera agradecido. Diez años vivió su familia en la Argentina. Diez años en los que gozó del anonimato necesario como para olvidarse de que alguna vez había sido un teniente coronel de las SS. En nuestro país, Eichmann reorganizó su familia, tuvo su cuarto hijo y, en marzo de 1960, se dio el lujo de festejar las bodas de plata con su esposa. Y todo hubiera seguido en esa línea, si una noche lluviosa de mayo de 1960 un comando del Mossad no lo hubiera secuestrado y, luego de algunas peripecias dignas de una película de espionaje, trasladado a Israel para ser juzgado con los derechos y garantías que él en su momento le había negado a sus víctimas.

Eichmann llegó a la Argentina en 1950. Concluida la guerra, se las ingenió para ocultarse y vivir durante cinco años en una anónima aldea del Báltico con el apodo de Otto Eckmann. Una gestión de un sacerdote franciscano, simpatizante de los nazis, le permitió conectarse con la delegación de Génova de la Cruz Roja Internacional, la que le extendió un pasaporte a nombre de Ricardo Klement.

Eichmann no será el primero ni el último criminal de guerra que encontrará cobijo en la Argentina peronista de esos años. Parodiando una frase atribuida a Mansilla en la época de Rosas, muy bien podría decirse “Ser nazi en la Argentina peronista de los años cincuenta, ¡Que pichincha!”.

En su momento se dijo que los alemanes que llegaron a estas costas eran científicos destacados que hicieron alguna contribución al país. Pregunto: ¿Cuáles fueron los aportes científicos de Mengele, Priebke, Eichmann? Tal vez una de las incógnitas más interesantes a develar de la historia de la posguerra, es cómo fue posible que las ideas derrotadas en Europa en 1945 hayan desembarcado triunfantes en estas playas, y que los verdugos de millones de personas hayan descubierto a la Argentina como un santuario donde peregrinar y lavar culpas y pecados.

Diez años vivió Eichmann en la Argentina. Lo hizo en el más gris anonimato y en condiciones económicas precarias. Durante tres o cuatro años trabajó en Tucumán en la empresa Capri, dedicada a exploraciones hidrográficas. Para 1952 su familia, es decir, su esposa Verónica Liebl y sus tres hijos varones, llegaron a la Argentina. Se supone que en 1955 ya estaba viviendo en la localidad de San Fernando, en la luego célebre “casa de la calle Garibaldi”. Y trabajando como obrero electricista en la empresa Mercedes Benz, ¿Cómo se explica que un jerarca nazi, un hombre del poder que frecuentaba los círculos más distinguidos de la nomenklatura nazi, viviera en la Argentina de un trabajo que le exigía cumplir diez horas de servicio y trasladarse en ómnibus o en tren como un obrero más? ¿Cómo se explica que residiera en una casa modesta a la que le faltaban las comodidades mínimas? No he encontrado respuestas a estos interrogantes que en su momento también llamaron la atención de quienes estaban encargados de secuestrarlo.

Recordemos que Eichmann había nacido en Linz el 19 de marzo de 1906. Por esas casualidades con que el destino se empeña en hacer al mundo más interesante, a pocos metros de su casa vivía el hombre que sería al mismo tiempo su víctima y su verdugo. Me refiero a Simón Wiesenthal, el que descubrirá su residencia en la Argentina e iniciará los trámites para que el gobierno de Israel procediera en consecuencia.

La familia Eichmann pertenecía a la clase media, pero las desavenencias matrimoniales de sus padres habrían afectado, según se dice, su estabilidad emocional. En esas condiciones -otra de las grandes paradojas de una biografía signada por el misterio y la tragedia- es que el niño y el adolescente Eichmann habrá de frecuentar la casa de Salomón Khan, una familia judía que constituía en esos años algo así como su segundo hogar. El niño desayunaba, almorzaba, cenaba y, más de una vez se quedaba a dormir, en la casa de sus amables anfitriones. ¿Alguna bruja nunca se ocupó en decirle a ese matrimonio judío que el inocente y candoroso niño que tomaba la lecha en su casa sería luego el asesino de millones de judíos?.

En ese hogar fue donde Eichmann aprendió a hablar en hebreo, motivo por el cual cuando años después se convirtiera en flamante afiliado al partido nazi, sus superiores lo destinarán a Palestina para estudiar la posibilidad de un territorio donde desterrar a los judíos de Europa. También será Eichmann el que propondrá a la isla de Madagascar como destino de los judíos. Por último, cuando los campos de concentración se implanten, a él se le encargará negociar con las autoridades judías de los ghetos.

A diferencia de otros jefes nazis, él conocía a los judíos, los había frecuentado y es probable que algo de sangre judía corriera por sus venas. El conocimiento de esa realidad fue lo que tal vez lo impulsó a promover la expulsión de los judíos, no su aniquilamiento. Ninguna de esas alternativas se cumpliría, porque luego de la ocupación de Polonia y la invasión a la URSS, los nazis irán arribando a la conclusión de que la solución final al problema judío debía ser el Holocausto.

En esa solución final, Eichmann será uno de los principales operadores. En Austria, luego en Praga y Polonia y finalmente en Budapest, su labor consistirá en organizar el traslado de los judíos a los campos que ya no serán de concentración sino de exterminio.

Una leyenda cuenta que en su casa de la calle Garibaldi, Eichmann se paraba frente a una de las ventanas de la casa con su nietito en brazos y cuando pasaban los trenes que iban desde Constitución al Tigre se dedicaba a jugar con el chico contando los vagones que pasaban. ¿Qué pensaba mientras jugaba con su nieto a contar los vagones que marchaban bajo el cielo de Buenos Aires hacia un destino previsible? Veinte años antes, esa tarea de contar vagones no la hacía con su nieto sino con otros jerarcas nazis y, en ese caso, no se trataba de un juego.

Desde 1932, en que se afilió al partido nazi, hasta 1945, podría decirse que el hombre estuvo en todas. Debe haber tenido talento para encumbrarse en tan poco tiempo en un partido donde los espacios de poder no se ganaban con delicadezas. En 1942, junto con Reinhard Hiedrich, organizó la conferencia de Wannsee donde se formalizó la solución final. A partir de allí, la tarea será exterminar a todos los judíos de Europa. Y a exterminarlos en masa.

La tarea de recolectarlos, trasladarlos en trenes y aniquilarlos estará a su cargo. En 1944, sus méritos profesionales lo habilitarán para encargarse de los judíos de Hungría, hasta la fecha protegidos por el dictador Horhy. En pocos meses Eichmann trasladará a más de cien mil judíos desde Budapest a Auschwitz. Trabajó duro, porque a fines de 1944 ya se sabía que los nazis perderían la guerra, pero él, por primera vez, desobedecerá órdenes superiores y se quedará en Hungría cazando judíos.

Años después, frente a los tribunales de Jerusalén, invocará en su defensa la obediencia debida. El historiador David Cesarini recordará, luego, que en sus buenos tiempos, cuando lucía orgulloso el uniforme nazi y su mirada era altiva, insolente e impiadosa, no había vacilado en repetirle a sus soldados y colaboradores que “saber que tengo sobre mi conciencia cinco millones de judíos muertos, me da una gran satisfacción”.

¿Cómo se enteraron los judíos que Eichmann vivía en la Argentina? Según parece, Nicolás, el hijo mayor del nazi, se puso de novio con una chica que supuestamente era de ascendencia alemana. Fanfarrón, prepotente, irresponsable, se jactaba de la faena desarrollada por su padre y se lamentaba de que “por un pelito” no se había logrado exterminar a todos los judíos.

A los nazis les pasan esas cosas: repiten hasta el cansancio que el mundo está manejado por los judíos, pero cuando tienen que ser cuidadosos y desconfiar en serio no se les ocurre nada mejor que jactarse de sus hazañas. Es lo que le pasó a Eichmann junior. Creyó que hablaba con su novia alemana y tarde descubrió que la señorita era judía. Fue ella la que habló con su padre y éste se preocupó por comunicarse con sus paisanos en Europa.

Hasta ese momento no se sabía de la identidad del papá del chico, hasta que entró a tallar Simón Wiesenthal y entonces para Eichmann empezó la cuenta regresiva. La soberbia y la casualidad se dieron la mano para descubrir a uno de los criminales de guerra más feroces del régimen nacional-socialista. Wiesenthal se comunicó con Ben Gurión y éste movilizó al Mossad.

Se sabe que las autoridades de Israel descartaron la sugerencia de ejecutarlo en la calle. La propuesta de Gurión fue la de llevarlo a Jerusalén y juzgarlo. No le resultó sencillo al fundador del Estado de Israel imponer su punto de vista, aunque por su prestigio finalmente lo logró. ¿Cómo traerlo? Fue la segunda dificultad a resolver. Se pensó en iniciar gestiones legales con el presidente Arturo Frondizi. Se sabía que era un político de impecable foja democrática y que en su momento había militado en instituciones de derechos humanos que condenaban expresamente el antisemitismo. El problema, sin embargo, no era Frondizi, sino los militares argentinos, el poder real detrás del trono, y muy en particular aquellos uniformados de reconocida filiación nazi-fascista.

El tema estaba sometido a discusión, cuando en noviembre de 1959 un fallo judicial de los tribunales porteños impidió la extradición de Josef Mengele, el profesional que había realizado experimentos con niños y mujeres y era el responsable de cientos de miles de muertes. Ese carnicero, ese hombre cuyo apellido era sinónimo de sadismo y muerte, fue protegido por ciertos factores de poder y logró eludir la acción de la Justicia. Mengele no sólo no pudo ser extraditado, sino que advertido de la persecución logró escabullirse y desaparecer de los lugares que solía frecuentar. Tiempo después se supo que estaba viviendo en Brasil, donde habría de morir muchos años después.

Ese antecedente gravitó a la hora de decidir el secuestro. Durante unas cuantas semanas, los agentes del Mossad hicieron un estricto seguimiento. Ubicaron la casa donde vivía, la fábrica donde trabajaba y cuáles eran sus hábitos de vida. Fue un trabajo de inteligencia eficaz y prolijo. Los agentes disponían de recursos económicos, pero debían tomar precauciones, no sólo ante Eichmann, sino ante las fuerzas de seguridad de Argentina, una precaución que luego se reveló innecesaria, porque en 1960 éstas estaban más dedicadas a la represión interna que a eventuales conspiraciones promovidas por los judíos.

Por lo pronto, la clandestinidad y las precauciones fueron absolutas. Se alquilaron algunas viviendas al contado, para no dejar nombres, se compraron autos a nombre de terceros pagando precios superiores a los del mercado, y se dedicaron a seguir a Eichmann noche y día. Finalmente se acordó secuestrarlo el miércoles 11 de mayo de 1960. Para ese momento se había decidido trasladarlo en avión, aprovechando la presencia de la delegación diplomática de Israel con motivo de las fiestas del sesquicentenario de la revolución de Mayo. Fue la única alternativa que se consideró válida. Alguien había sugerido trasladarlo en barco, pero la iniciativa fue descartada.

El operativo fue preparado minuciosamente. Se sabía que Eichmann descendería de la línea 203 en una esquina y que caminaría unas cuadras. Un auto estaría estacionado cerca de la parada con el capó levantado simulando una descompostura. Otro auto, en la misma situación, estaría a dos cuadras. Cuando Eichmann pasara por ese lugar, uno de los supuestos conductores se acercaría a él para preguntarle algo y allí lo dominarían y lo trasladarían a una casa donde sería sometido al primer interrogatorio.

El 11 de mayo amaneció lluvioso y así estuvo hasta la noche. Los agentes consideraron que la llovizna era un buen auspicio porque habría menos gente en la calle. Pero como suele ocurrir con esta clase de operativos, siempre se presenta un imponderable. Eichmann no llegó en el colectivo que estaba previsto, pero mucho más grave fue la presencia de un ciclista anónimo que se detuvo al lado del auto ofreciéndose para ayudar. Con toda la paciencia del mundo intentaron explicarle que la ayuda no era necesaria, pero el hombre insistía. Finalmente lograron sacárselo de encima, casi en el momento en que Eichmann descendía del colectivo.

Uno de los secuestradores se le acercó y pronunció la única frase que aprendió en español: “Un momento señor, ¿puedo preguntarle algo?”. Eichmann se detuvo y en ese momento dos hombres se abalanzaron sobre él. No hubo mayores problemas en reducirlo. “Era un hombre suave y pequeño, algo patético y normal, no tenía la apariencia de haber matado a millones de los nuestros, pero él organizó la matanza”, dirá uno de los agentes del Mossad.

Eichmann estuvo detenido en una casa anónima durante ocho días. Nadie pareció hacerse cargo de la noticia, nadie dijo nada ni protestó por nada. Eichmann admitió rápidamente su situación y consintió en firmar una declaración donde reconocía que abandonaba Argentina por decisión propia. El traslado se hizo con un Eichmann adormecido, empapado en alcohol y vestido como un operario de la empresa de aviones. La nave despegó de Ezeiza el 20 de mayo y llegó al otro día a Haifa.

La noticia del secuestro provocó un escándalo en la Argentina. El canciller de Frondizi, Mario Amadeo, puso el grito en el cielo y presentó una denuncia formal en las Naciones Unidas. Israel se lavó las manos. Dijo que no tenía nada que ver con el asunto. La misma posición sostuvieron sus autoridades hasta 2005, año en el finalmente admitieron su responsabilidad.

El intelectual judío Erich Fromm, se sumó a las protestas diciendo que los judíos estaban pagando con la misma moneda que los nazis. El que terció en el debate fue Ernesto Sábato: “En lugar de protestar por este acto, la Argentina debería protestar porque la gente que se llevó al criminal de guerra le salvó la vida y ahora le da la oportunidad de defenderse, derecho que él nunca le otorgó a sus víctimas”, dijo.

Palabras más, palabras menos, lo cierto es que Eichmann había ingresado a la Argentina con un documento falso y con un apellido que no era el suyo. La posibilidad de deportarlo legalmente después de lo Mengele se había mostrado inviable. ¿Hicieron bien o mal? Cada uno puede darle a este interrogante la respuesta que mejor le parezca, pero en principio los hechos fueron como fueron.

Eichmann fue juzgado en Jerusalén. El presidente del tribunal fue Moshe Landau; el fiscal, Guideón Hausner y el defensor, Robert Servatius. El juicio duró cuatro meses. La defensa no refutó las acusaciones, pero argumentó que los jueces judíos no eran imparciales, que el imputado había sido secuestrado y llevado a Israel contra su voluntad y que iba a ser juzgado por leyes que habían entrado en vigencia después de los crímenes que se le imputaban, crímenes que por otra parte había cometido en su país.

Un dato obvio no se debe perder de vista. Eichmann era el efectivo responsable de la muerte de millones de judíos. Fue secuestrado, pero el juicio cumplió con las formalidades del caso. Israel podría haberlo ejecutado en silencio, pero optó por juzgarlo. El fallo lo declaró culpable. Eichmann fue ejecutado en la prisión de Ramla la madrugada del 1º de junio de 1962. Sus restos fueron luego esparcidos en el Mediterráneo con la presencia de sobrevivientes de los campos de concentración.

¿Qué más se puede decir? Una solitaria declaración de Porfirio Calderón en defensa de los nazis. Calderón era vecino de Eichmann y el dueño de un taller mecánico que se llamaba “El Líder”. Más que un nombre, un manifiesto político. Calderón fue suboficial del Ejército y participó en el levantamiento del general Valle en 1956. Entrevistado por los periodistas dijo que sus vecinos eran excelentes personas. “Él y sus hijos eran peronistas”, afirmó orgulloso. Alguien le recordó que se trataba de un criminal de guerra. “Esa es la historia que escribieron los que ganaron”, respondió muy suelto de cuerpo, la única persona que reconoció públicamente su afecto por el verdugo de los judíos . Años después, Calderón fue guardaespaldas de Cámpora, Lastiri, Perón e Isabel. Lo que se dice: un hombre coherente con sus ideales.

Publicado en El Litoral.

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