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Opinión 10 10 2020

El perdón


Autor: Norma Morandini









Pedir perdón requiere de más coraje que empuñar un arma, reflexiona en la cárcel Joxe Mari, el terrorista de ETA de Patria, la memorable novela de Fernando Aramburu, también un éxito editorial en Argentina, donde pudimos leerla en clave local, ya que entre nosotros hubo un tiempo en el que una muerte se vengaba con otro cadáver en una espiral de violencia y miedo que encerró a las buenas gentes dentro de sí mismas, incapaces de mirar lo que sucedía a su alrededor. La violencia guerrillera de los años setenta recibió del Estado una respuesta de terror, expresada bajo esa perversión que se nombra en castellano, desaparecidos. La violencia política simplificada bajo “la teoría de los dos demonios”, al equiparar el terror de las organizaciones guerrilleras con un Estado que se hizo terrorista, sin reparar que el verdadero demonio es el odio y la violencia de la que fueron responsables seres humanos, aunque resulte más cómodo echarle la culpa al diablo.

Han pasado ya 50 años. El país está poblado de Bittoris y Miren, cuyas vidas giraron en torno a las ausencias en la mesa familiar, sean los Txato o los Joxe Mari. Dramas paralelos, subsumidos bajo esas figuras públicas, las mujeres del pañuelo blanco que increparon al poder para conocer el destino de sus hijos. Algunas de sus dirigentes más conocidas cruzaron la plaza del reclamo para instalarse en las primeras filas del palacio del Gobierno. La politización de la causa de los derechos humanos destruyó el que creíamos el mayor consenso al que habíamos llegado como sociedad cuando el juicio a las Juntas reconstruyó y condenó el rompecabezas macabro del terrorismo de Estado y nos legó un mantra democrático, el “nunca más”.

¿Por qué pedir perdón requiere coraje? ¿Por qué se indulta fácil y se perdona poco? Si el perdón siempre es el triunfo de las víctimas. “El odio que es vencido enteramente por el amor, en amor se trueca y ese amor es por ello más grande que el odio que lo precedió”, escribió el filósofo Baruch Spinoza. “El odio destruye y divide, no tiene futuro. El perdón, en cambio, construye y une. Es un amor nuevo, de una calidad superior, porque se ha aquilatado en la prueba del amor y el sufrimiento”, me escribió en una carta el papa Francisco por mi libro De la culpa al perdón, que debió esperar 10 años para su publicación porque ninguna editorial se animó a enfrentar el patrullaje ideológico, solo porque incluía en su portada la palabra “perdón”. Desde entonces, para no ser intencionalmente mal interpretada por aquellos que se apropiaron de nuestro dolor y tergiversaron la historia del desencuentro, debo explicar que el perdón es íntimo, privado, personal, que nadie puede conceder u ofrecer en nombre de las víctimas. Menos aún, en su nombre, cancelar la justicia. Las condenas a los represores restituyen el sentido del derecho, protegen a las víctimas y domestican la venganza que provoca el crimen. Las condenas no devuelven las vidas ni privan del dolor, pero la falta de justicia, perpetúa el crimen. El perdón público, en cambio, es de otro orden, una confesión de vergüenza o arrepentimiento. Se perdona a la persona, no al crimen. 

No se trata del perdón de los seres superiores, como el de Nelson Mandela, ni el dilema filosófico que inspiró los seminarios organizados por Simon Wiesenthal, un sobreviviente de Auschwitz, el cazador de nazis porque consiguió llevar más de mil criminales ante los tribunales, y en los últimos años de su vida reunió a teólogos, pedagogos, filósofos, sobrevivientes, en debates en torno a los límites del perdón. El nuestro, el que necesitamos, es más terrenal. No exige sacrificios, pero sí la racionalidad de entender que la verdadera grieta es con nosotros mismos: nos desintegra como personas, toda vez que somos ganados por la furia y la insensatez del odio y la mentira.

El perdón posible es a nosotros mismos. Por no haber impedido el sufrimiento de tantos de nuestros compatriotas, por haberlos negado por miedo, por no hacernos cargo de la responsabilidad que tuvimos en esa gran tragedia colectiva que nos rezagó como país y aún hoy nos envenena con el odio que inoculó el terror. Sobre todo, por la incapacidad política de lograr la pacificación social más allá del expediente judicial o la mezquindad política de la próxima elección.

Una sociedad decente, escribió el profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén Avishai Margalit, es aquella en la que sus instituciones no humillan a ninguno de sus miembros, ni estos entre sí.

La naturaleza humana se define por su dignidad, donde reside la capacidad para levantarnos sobre nuestras miserias y carencias. En estos tiempos de polarización, cuando la ideologización de la historia y los desprecios corren sueltos a un lado y otro del Atlántico, las jóvenes generaciones no honran su tiempo porque no reconocen el privilegio de vivir en libertad democrática. Ellos reescriben la historia que les privó del dolor de vivir bajo dictaduras. Solo por eso, debieran entender que la democracia se pone en riesgo cuando las relaciones políticas se basan en la destrucción del otro en lugar del ideal democrático del esfuerzo común para erigir una sociedad decente que se alimente de la dimensión respetuosa de los derechos humanos. O sea: sin humillaciones.

Publicado en El País el 6 de octubre de 2020.

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