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Opinión 28 11 2020

El mito de la educación como cimiento nacional está profundamente debilitado


Autor: María Vicoria Baratta









La habilidad sobrenatural de Diego Armando Maradona para jugar al fútbol lo llevó de sus orígenes humildes a ser una estrella mundialmente reconocida. Un camino que recorrió a través de esa meritocracia casi perfecta que es el deporte profesional. Ser el mejor con la pelota se impuso como criterio sobre todo lo demás. Para ser el mejor también tuvo que hacer sacrificios y dejar la escuela ni bien comenzó la secundaria.

Maradona fue único. La conmoción mundial que generó su muerte lo confirmó una vez más. Su excepcionalidad confirma además nuestra norma: el resto de los argentinos no somos Maradona y la mayoría tampoco vive del deporte profesional. Necesitamos de otras vías para un eventual ascenso social y para proyectar nuestro futuro. La educación, en forma de mito de creación de la nación, representó la vía por excelencia para lograr ese ascenso. El proyecto educativo que fue delineando Domingo Faustino Sarmiento durante su vida fue coronado con la ley 1420 que estableció en 1884 que la educación debería ser obligatoria, pública, laica y gratuita. Una legislación que tenía poco que envidiarle a proyectos similares de países más avanzados.

Casi 140 años después, la pandemia de coronavirus en general y el funeral de Maradona en particular dejaron en evidencia que el mito de la educación como cimiento nacional está profundamente debilitado, como símbolo y como realidad. La educación no aparece como una actividad esencial ni para las autoridades, ni para las corporaciones, ni para los gremios, ni para una parte de la sociedad.

Padres, niños y escuelas

El 15 de marzo de 2020 el Poder Ejecutivo Nacional resolvió la suspensión de las clases presenciales (en principio por el plazo de catorce días corridos) en virtud de la emergencia sanitaria por coronavirus. Sin embargo, los meses fueron pasando, la cuarentena se prorrogó y las escuelas continuaban cerradas, incluso en lugares en donde no se registraban casos. En agosto un grupo de madres y padres con hijos en edad escolar nos juntamos ante la preocupación que nos despertó el escaso interés político por la cuestión educativa. Nos sentíamos solos, eran muy pocas las voces que se animaban a hablar del tema. Las organizaciones que debían velar por los derechos de los niños estaban en silencio. El ministerio de educación parecía atado al horizonte de una vacuna inexistente. Los gremios docentes presentaban una oposición férrea a la apertura de escuelas.

En septiembre decidimos publicar una carta que juntó miles de firmas y llevó el tema a los medios. Nos abocamos a informar, contra el miedo y los ataques. La tarea no era fácil, las conferencias del gobierno habían incurrido muchas veces en difundir más miedo que información. Lo primero que había que mostrar era algo que el mundo sabía casi desde marzo, pero que en Argentina algunos parecían no haberse anoticiado. El COVID-19 no es una enfermedad que sea altamente letal para los niños. Las estimaciones de mortalidad en esa franja etaria varían y dependen mucho de los casos testeados, pero existe un consenso que afirma que se encuentra en torno al 0,1%. Especialistas estiman que es incluso menor que por influenza. Nadie dejó de mandar a sus hijos a la escuela por la gripe estacional o fue considerado un asesino por hacerlo. Hay muy pocas posibilidades de que un niño muera por coronavirus, pero también se esgrimió que los pequeños eran bombas super contagiadoras del virus. Los estudios indican en cambio que los niños no son super contagiadores y lo más probable es que contagien y se contagien menos que los adultos.

Que en pandemia no se va a la escuela es otro argumento, esgrimido especialmente por algunos gremios. Se trata de una afirmación que por mi profesión de historiadora me suena especialmente absurda. No hace falta ir a un archivo para refutarlo, con buscar en internet información sobre la denominada gripe española se pueden encontrar imágenes de niños asistiendo a la escuela en ese momento, hace más de cien años. Pero tampoco hace falta moverse en el tiempo. Con mirar otros países ya el argumento se vuelve insostenible. No solo que son varios los países que en pandemia están yendo a la escuela, desde los más desarrollados hasta otros subdesarrollados, sino que también ponen como prioridad ir a la escuela. Las declaraciones de Angela Merkel fueron contundentes en este sentido, si algo se ha aprendido con esta pandemia es que las escuelas son lo último que se cierra y lo primero que se abre y es lo que han decidido para la segunda ola.

Que las escuelas son lugares en donde el virus va a descontrolarse fue otro de los argumentos a los que la evidencia responde de manera clara. La cantidad de brotes en escuelas luego de la reapertura con protocolos ha sido ínfima (existen incluso países donde nunca se cerraron y otros en los que se abrieron hace bastante tiempo, en el mes de mayo). Los contagios se producen más fuera de la escuela, en general en el hogar e incluso la escuela puede funcionar como un lugar de detección más que de contagio.

Docentes, aprendizaje y otros efectos de las escuelas cerradas

Cuando los niños empezaron a llenar las plazas con sus padres, abuelos o cuidadores fue quedando claro que ya pocos consideraban que los pequeños eran grupo de riesgo. Pero apareció otra impugnación: abrir escuelas pondría en riesgo la vida de los docentes. Por supuesto que los docentes que integran los grupos de riesgo deben tener sus licencias, pero el resto, y en este último grupo me incluyo, no tenemos ninguna diferencia con la exposición al virus que tiene una cajera del supermercado, un empleado de una tienda, un taxista. Y somos igual de esenciales que ellos. De hecho existen estudios realizados en Suecia que aseguran que un taxista tiene cinco veces más posibilidades de contagiarse que un docente que asiste a la escuela.

Una acusación deshonesta se formula luego: que no valoramos el trabajo docente porque clases, hay. El trabajo docente, en todo caso, no es valorado por los que deciden que esté tan mal remunerado en este país. El enorme esfuerzo docente de aprender sobre la marcha a dictar contenidos de una manera inédita y durante todo el año lectivo no frenan lo que se comprueba en todo el mundo: las pérdidas de aprendizaje con las escuelas cerradas. Pérdidas que existen en países del primer mundo con una mejor conectividad que en Argentina. No solo se deja de aprender sino que también se pierden habilidades ya aprendidas. Esto es válido en diferentes niveles para países como Bélgica, Estados Unidos, Países Bajos, Chile o Pakistán por citar algunos de los ejemplos en los que se han medido estas pérdidas que se estiman desde un tercio de ciclo lectivo hasta un ciclo lectivo y medio o se miden en habilidades perdidas en lectura y matemática. Cuánto se perdió en Argentina a pesar del enorme esfuerzo docente todavía no lo sabemos pero no hay razón para pensar que seamos excepcionales.

La estimación que sí tenemos para Argentina, según investigadores de FLACSO, es que al menos un millón y medio de chicos abandonaron la escuela este año. También sabemos por una encuesta del propio ministerio que el 78% de los alumnos recibió clases por whastaspp, lo que significa recibir una clase asincrónica y en general en un dispositivo que es de los padres. Por más esfuerzos que existan desde el docente, esas clases asincrónicas requieren de un padre, madre o cuidador, sobre todo en los niños más pequeños, que oficie de maestro. El rol de maestro que muchos padres tuvieron que desempeñar va en detrimento de su rendimiento laboral, de la economía ya endeble del país y amplía a su vez las brechas laborales de género porque los estudios indican que son las mujeres quienes principalmente se hacen cargo de esa tarea.

La acusación de ser malos padres, y sobre todo malas madres, fue recurrente incluso desde sectores que se consideran progresistas. Querer recuperar independencia laboral y tiempo libre nos convierte en malas madres en pleno siglo XXI. Esta situación de sobrecarga de tareas en las mujeres se agudiza particularmente para las madres de niños que asisten al jardín de infantes. La primera infancia fue la gran ausente al inicio de los protocolos, en contra de la tendencia mundial que comprende que es una etapa fundamental para el desarrollo emocional y cognitivo, que los jardines cerrados pueden tener impacto en el PBI y salarios futuros.

Por último, para niños con malos padres no hay nada mejor que la escuela. Con las escuelas cerradas han caído un tercio de las denuncias por abuso infantil, los niños están sufriendo en silencio lo que la escuela suele detectar. La depresión y los episodios de autolesiones también aumentan, así como los índices de obesidad. El cierre de escuelas provoca regresiones en niños con necesidades especiales. Los adultos estamos abandonando a los niños que más nos necesitan.

La evidencia no es nueva, nuestro reclamo tampoco. La educación es un derecho esencial de los niños y adolescentes que está siendo vulnerado. La cantidad de testimonios que hemos recibido de madres y padres de todo el país en estos meses nos hablan del sufrimiento de niños y adolescentes encerrados, deprimidos, con regresiones y hasta de docentes que ven a sus alumnos pidiendo dinero en la calle para comer.

De no tener criterios epidemiológicos claros se ha logrado, con la presión de diversos actores, que las autoridades tuvieran que establecer esos criterios. El nuevo argumento en contra es que es tarde, que estamos casi en diciembre, cuando justamente llegamos a diciembre con pocos avances por las trabas que se pusieron. Reclamar hoy que abran las escuelas, con solo el 2 % de los alumnos del país asistiendo a clases presenciales es pedir prioridad para la educación. Que se redireccionen los recursos necesarios a través de una ley de emergencia educativa si es preciso. Y que se planifique con claridad el 2021.

La organización gubernamental de un velorio de multitudes expuso que no es la pandemia sino la voluntad política la que define las cosas. Que los protocolos deben ser más contemplativos, sobre todo con los niños. Que todas las despedidas son importantes para el que se despide, sea de un ser querido o de un ciclo escolar. Era inevitable que muchas personas quisieran despedir a Maradona. Como es inevitable que las escuelas cerradas generen pérdidas de aprendizaje, abusos no denunciados, depresión y deserción escolar por más esfuerzo docente que exista. Las escuelas cerradas refuerzan el ciclo intergeneracional de pobreza en un país con casi el 60% de los niños pobres. Niños pobres que no viven en ámbitos menos propicios para el contagio que una escuela.

Muchos políticos argentinos han puesto a Alemania como su modelo de país. Muchos periodistas deportivos han elegido a Alemania como su modelo de selección de fútbol. ¿Queremos ser como Alemania? Alemania decidió que la escuela es su Maradona, que la escuela es la que se debe imponer a la pandemia.

Publicado en Infobae el 28 de noviembre de 2020.

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