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28 05 2020

El miedo a la libertad


Autor: Gabriel Palumbo









Tal vez no haya nada más difícil de explicar, sobre todo en estos tiempos en que se necesitan respuestas rápidas para lectores urgentes, que el significado y el alcance de lo que llamamos, a falta de una mejor denominación, cultura política. Una manera de hacerlo es recurrir a la práctica y al uso de las palabras ¿Cómo actúan los actores políticos bajo determinadas circunstancias? ¿Qué palabras eligen, cuáles tienen disponibles en su discurso público para expresar lo que quieren decir? 

El gobernador de Jujuy, Gerardo Morales lanzó un programa llamado “Jujuy para los jujeños” para alentar el turismo interno. El llamado es claro, ninguno que no sea uno de los nuestros, un puro, pasará de nuestras fronteras. El intendente de Tigre, Julio Zamora, usó las cámaras de seguridad del municipio para filmar una manifestación de ciudadanos contra la extensión de la cuarentena y sus consecuencias en la economía y en la vida.

Frente a ciertos reclamos, el intendente dijo que solo había reunido “elementos probatorios para entregárselos a la justicia”. El presidente de la Nación, siempre al borde del desborde aseguró que la cuarentena durará lo que tenga que durar y que lo demás, son debates estériles. Guillermo Montenegro, intendente de Mar del Plata, avisó por las redes sociales que no se les ocurra querer ir a la ciudad. Con vehemencia y cierto orgullo, tuiteó, “no vengan a Mar del Plata porque no van a poder entrar", y explicó el operativo policial que estaba cumpliendo con esa orden. 

Horacio Rodriguez Larreta mandó a encintar los bancos de las plazas al mismo tiempo que su equipo de comunicación produjo un discurso de cuidado que reza: por favor, comprá y volvé. El gobernador Kicillof al cerrar un asentamiento en el conurbano por un brote de covid-19, aseguró que si se tratase de un edificio o de un barrio cerrado actuaría de la misma manera. La preocupación del gobernador fue no caer en un clasismo elitista. No le importó tanto explicar sanitariamente la medida. El gobierno nacional diseño una App que genera suspicacias sobre el manejo de datos personales y la respuesta de la oposición fue, fundamentalmente, sobre su carácter obligatorio y sobre la caducidad pospandemia.

Podrá alguien argumentar que este exceso de celo por parte de los gobernantes responde a la lógica demanda de responsabilidad. Si bien es atendible, resulta extraño que esa misma lógica no se acredite en otros campos. No parece ejercerse cuando se falsean datos en los mensajes presidenciales, cuando no se trabaja seriamente en planes alternativos, cuando no se provee al personal de salud de los elementos y cuando se coarta la libertad de expresión. 

A Pierre Bourdieu le bastó un capítulo para desbaratar los elementos más estáticos de la teoría de las clases en clave marxista. Quitados del medio los determinismos y la tendencia a confundir las construcciones teóricas con la realidad, la idea de clase se asemeja más a una tipología y a una clasificación que a una imagen redentorista de lucha política. 

La clase, en definitiva, no es otra cosa que un grupo de agentes que comparten posiciones más o menos equivalentes y que, situados en condiciones análogas y sometidas a los mismos condicionamientos, tienen todas las probabilidades de tener intereses similares y de producir, por lo tanto, prácticas y tomas de posición semejantes. 

Volviendo a los ejemplos anteriores y a su relación con la cultura política, vemos que la presencia de tendencias autoritarias no es exclusividad de un signo político. Más bien, y tomándonos del sociólogo francés, podríamos advertir que es propia, o al menos se manifiesta con más fuerza, en aquellos que gobiernan. La clase gobernante, independientemente de los signos políticos, visibiliza diariamente una vocación por el control social y un desdén hacia los que sostienen argumentos diferentes, incluso desde sus fuerzas políticas. 

Otro elemento que unifica la acción de clase de nuestros gobernantes –sin distinción de afiliaciones- es la escasa presencia de una gramática de la libertad en sus discursos. Pareciera que no se trata de una variable a considerar dentro del complejo entramado de piezas que hay que acomodar en esta particular situación de pandemia. Es doloroso y un poco vergonzante ver hasta qué punto la libertad no es un tema para la política argentina. Aquí nomás, al lado nuestro, el presidente uruguayo Lacalle Pou la tiene como un eje vertebrador de su discurso y de su práctica. Las formas de cuarentena de algunos países europeos y las desescaladas de casos como Italia y España (que dicho sea de paso colocan a la nuestra como una muestra de irracionalidad tan grande que solo se explica por la motivación y el interés) han tenido en cuenta la dimensión vital de la libertad de los ciudadanos como un punto de apoyo sustantivo e ineludible. 

Entre nosotros, no aparece. No es que sea demasiado extraño en un país obstinado por no considerar la estación del liberalismo en su construcción democrática reciente o en bastardearlo hasta el absurdo valorando sus versiones más extravagantes, pero cada vez que se tiene la comprobación empírica, se encienden las alertas y se siente más su falta. 

Pero todo esto genera, más que nada, un desafío para la sociedad. La identificación de patrones comunes de tendencias autoritarias en nuestra clase gobernante no puede, de ningún modo, impedir notar las diferencias que sí existen y caer en la falta de complejidad que implica pensar que todo da lo mismo y que todo es igual. Hay una tarea que es casi de curaduría, que la sociedad que ama la libertad tendrá que hacer de aquí en más para ver quiénes, qué instituciones, qué partidos políticos, tienen un compromiso afectivo e intelectual con la libertad. El cometido no es sencillo, aun sabiendo que el costo de no hacerlo puede ser enorme y riesgoso. Esperemos que haya todavía lugar para una empresa de semejante sofisticación y no nos venza el miedo o la pereza. 

Publicado en Perfil el 28 de mayo de 2020.

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