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Opinión 25 08 2020

El mensaje de los “banderazos” a la dirigencia merece ser escuchado


Autor: Liliana De Riz









El país está sacudido por un virus que aún no tiene remedio ni vacuna. Tras largos cinco meses de cuarentena, la economía, que ya estaba en estado crítico, se ha terminado de derrumbar. Miedo, hartazgo e indignación a la vez, empujaron a muchos ciudadanos a salir a las calles.

Las multitudes que el 17 de agosto protestaron con banderas fueron, por su magnitud y extensión a lo largo y ancho de este país, un clamor que resonó en las cabezas de todos los argentinos: Así, no.

No se puede continuar congelando actividades económicas sin que se avizore un plan de salida porque muchos son los que quedan a la intemperie. Y si no se ve la luz al final del túnel, y no se nos dice cómo se espera reconstruir las bases de la economía ni cuándo, la angustia crece y la furia contenida, también. Se ha negociado con los acreedores externos, es buena noticia. Sin embargo, no sabemos cómo se habrá de generar riqueza. O, lo que resume todo, cómo se generará confianza.

¿Cómo confiar en un gobierno que no vacila en atropellar a la Justicia para garantizar la impunidad de la ex presidenta y sus socios? No se puede nombrar una comisión de notables integrada por algunos miembros en manifiesto conflicto de intereses en su misión y además, con una mayoría netamente oficialista. Reformar la justicia, cambiar la composición de la Corte Suprema, requieren de un vasto consenso político.

Cómo ignorar a una oposición a la que sólo siete puntos la separaron del triunfo. La historia no exonera ex ante y el deseado trueque entre votos e impunidad, escandaliza a muchos que no dudamos de las aviesas intenciones que esconde la metodología de tratamiento tanto como la letra del proyecto de reforma de la justicia presentado en el Congreso Nacional.

No es la primera vez que en nombre de buenas causas nos han entrampado. Nos preguntan si la Justicia no funciona bien, ¿por qué resistirse a su reforma? Porque esta reforma apaña una justicia dominada. Esa respuesta no tiene lugar en las encuestas que andan por ahí y tampoco en los dichos de los representantes del oficialismo que se ufanan de reformadores para una justicia justa-- no aclaran que lo será para ellos.

Tampoco escapa al sentido común de la mayoría de los argentinos que “Cuando la ley está sometida a los hombres (o mujeres), como nos recuerda Rousseau, no quedan más que esclavos y amos”. Las multitudes que poblaron calles de las ciudades de este país , lo saben.

La tarea de la política es adelantar el futuro. Este gobierno nos ofrece una utopía regresiva alimentada por la nostalgia de los años dorados del peronismo. No estamos a fines de los ‘40 y sabemos que esa utopía naufragó bajo la inclemencia de tiempos de escasez y sin que el horizonte de una tercera guerra mundial diera impulso a la Argentina granero del mundo. Sorprende hablar de industrialización sustitutiva y de vivir con lo nuestro-que Aldo Ferrer nunca aclaró cómo se lograba.

El mundo todo es consciente de la transformación en curso. Nosotros seguimos atrapados en el pasado. Sin proyecto de futuro. Sin encontrar un lugar en el mundo.

Las transformaciones sociales de la última década arrojaron una clase media vulnerable, apenas por encima de la línea de pobreza.

El PRO supo convocar en nombre de un proyecto de futuro a esos sectores. La aspiración de los de abajo, aquéllos con apetito de progreso, sumó votos a Cambiemos. Entonces, la consigna fue: Sí, se puede. Y no se pudo. Otro fracaso.

Sin embargo, hay que poder. Hay una sociedad que reclama por un proyecto de futuro. Vastos sectores medios, educados en el esfuerzo, rechazan una administración improvisada e imprevisible que los condena al empobrecimiento. Quieren controles que impidan que el fruto de su trabajo se licúe en los entresijos de un poder oscuro y corrupto, quieren que el arbitrio de un gobernante de turno no reemplace los poderes de la Constitución, quieren una educación de calidad que les abra las puertas del futuro a sus hijos, quieren una sociedad más justa para todos y más libre para cada uno.

Ese mensaje que convoca a banderazos debe ser escuchado. No hay margen de maniobra para golpes parlamentarios ni botones que apagan voces. Hoy lo que tantos argentinos gustan repetir citando a Ortega y Gasset , “Argentinos a las cosas”, las cosas son la pandemia, la crisis de la economía y el estado de angustia de la ciudadanía encerrada y acosada por un virus.

Esa es la agenda ciudadana imperiosa. Nada más distante de los desvelos ciudadanos que una reforma de la justicia hecha a medida de quienes buscan escapar al castigo de la ley. Este divorcio entre la agenda del gobierno y la de las desdichas de la ciudadanía, no deja de sorprender. Sin embargo, tendrán que moderar sus ansias aquéllos que esperan dominar la Justicia a sus deseos.

Esta democracia no lo tolerará. La consigna, “quédate en casa”, no autorizará un giro autocrático disfrazado de buenas intenciones. El mensaje del 17 de agosto fue claro: Así No. Con barbijo, con distanciamiento, con miedo y todo, muchos salieron a decirlo. Es hora de que el presidente escuche. Después del banderazo, nada puede permanecer igual.

Publicado en Clarín el 24 de agosto de 2020.

Link https://www.clarin.com/opinion/mensaje-banderazo-dirigencia-merece-escuchado_0_ogH1PA6tf.html