menu
Opinión 23 09 2020

El menosprecio del esfuerzo


Autor: Nicolás José Isola









Mi historia no tiene nada de particular. Nací en una familia que, por su pasado, se decía de clase media, pero tenía un poder adquisitivo de clase baja. Mis padres no eran universitarios. Como tantos otros, tuve que pedir ayuda para poder crecer. A lo largo de mi vida, solicité, fui evaluado y gané diez becas de estudio para perfeccionarme. Solo, me hubiera sido imposible. Este es el mensaje internalizado por muchos nietos de inmigrantes: terminar una carrera y buscar ascender socialmente. Tal vez por esto cuando alguien habla de meritocracia escucho atento.

Días atrás, el Presidente dijo: “Lo que nos hace evolucionar o crecer no es verdad que sea el mérito, como nos han hecho creer en los últimos años, porque el más tonto de los ricos tiene muchas más posibilidades que el más inteligente de los pobres”. Con liviandad, se asocia, sin más, la riqueza de nacer en una cuna de oro con meritocracia. También, se vincula la recompensa solo con el dinero. ¿Meritocracia no es, sobre todo, la felicidad de un joven pobre entrando a la universidad por sus propios méritos?

Hay que crear igualdad de oportunidades y premiar el esfuerzo de nadar contra la corriente. Cualquier salmón lo sabe. Los profesores universitarios, también. En su libro Elige tu propio Alberto, meses atrás, el Presidente había felicitado a la UBA por su lugar en un ranking global. Un ranking es el ápice de la meritocracia institucionalizada. Fernández es una mamushka de contradicciones, siempre hay otra adentro.

Asistimos a un clásico: se etiqueta de cipayo a quien aprecia el mérito y, también, a quien ahorra en dólares. Se desprecia la generación de riqueza y se ensalza la pobreza. Anhelar prosperidad es un pecado gorila. El agravante de estas afirmaciones es el contexto. En el menú ejecutivo de este “Cambalache Tour-2020”, nos sirvieron, como entrada, reformas judiciales; de primer plato, presos liberados, algunos de los cuales volvieron a delinquir y hasta a asesinar, y, de postre, toma ilegal de terrenos. ¿En medio de este contexto de desorden se elige atacar a la meritocracia? Casi un posicionamiento de principios.

Sobre las tomas, el Presidente señaló: “Aunque se tipifique la conducta de usurpación, no veo la voluntad de cometer un delito, veo la voluntad de sobrevivir de toda esa gente”. El drama habitacional es indiscutible, pero es sugestivo que el abogado Fernández vea falta de mérito a la hora de cometer un delito en personas que se instalan en terrenos ajenos en medio de la noche con carpas y provisiones. Quizá que los ayuden barrabravas portando armas sea un detalle menor. Minucias legales.

No hay que desligar el ninguneo de la meritocracia de este camuflaje permisivo. Se trata de una atmósfera turbia, de un “siga, siga”, mientras vuelan las patadas. No es extraño que muchos argentinos que creen en el esfuerzo estén emigrando: afuera es valorado. Pocos países usan su aeropuerto como broma para la resolución de sus conflictos internos: “la salida es Ezeiza”. Huir como salvación.

Hay que tener mucho cuidado con exaltar la pobreza: a la mayoría de los pobres les duele serlo. Hay que ayudarlos a erguirse. La solución no es nivelar para abajo. Por eso, el reinicio de las clases se torna crucial para ellos. Cada día de estudio vale oro para intentar salir del hambre. El futuro de la Argentina precisa mucho más de estudio, voluntad aspiracional y esmero que de tomas. Si los presos vuelven a robar, si se desprecia a la virtud del mérito y se relativiza el delito de usurpación, entonces, el mensaje que baja desde el poder es que el esfuerzo es en vano. 

Un mensaje que nos instala en la decadencia.

Publicado en La Nación el 23 de septiembre de 2020.

Link https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-menosprecio-del-esfuerzo-nid2458044