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Opinión 23 05 2022

El genocidio no es cualquier cosa


Autor: John Carlin









La diferencia más notable entre los humanos y los otros animales es que nosotros tenemos palabras. Como bien dijo el Evangelio, en el principio estaba la palabra. Al principio de todo, en la lejana prehistoria, se usaron para identificar plantas y animales. Y luego, se supone, para los inventos, como “lanzas” para matar mamuts o “cuchillos” para luego descuartizarlos.

Con el tiempo las palabras se extendieron a la descripción de abstracciones, como los sentimientos, los insultos o las promesas. Esto nos abrió el camino a la política, a buscar adeptos en una tribu y enemigos en otras. La mala noticias es que nos hizo más bestias que los demás animales, más proclives a agredir a miembros de nuestra misma especie. Nuestros antepasados aprendieron a usar las lanzas y los cuchillos con fines criminales.

Una palabra de reciente creación es la que define el crimen más grave de todos, el genocidio. Viene del griego ‘genos’ (raza o tribu) y del latín ‘cide’ (matar). La acuñó en 1943 un abogado judío polaco llamado Raphael Lemkin para describir lo que hasta entonces había sido “un crimen sin nombre”, el holocausto nazi. Si Lemkin aún estuviera vivo quizá se arrepentiría, tanto se ha abusado de su invento.

En 1948 la ONU definió el genocidio como un acto cometido “con la intención de destruir, de manera total o parcial, un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. Podría haber agregado “una clase social” también, como por ejemplo la burguesía o el campesinado, pero la Unión Soviética lo vetó.

En cualquier caso, se trata siempre del exterminio ─o intento de exterminio─ de un colectivo claramente definido, típicamente en escala masiva, sin distinguir entre un individuo u otro. El genocidio es calculado y sistemático. Es el mal en su máxima expresión. Tan explosiva es la palabra que cuando la usa un político automáticamente es noticia.

Por eso hay que tratarla con respeto. No se trata con respeto. Como “nazi” o “fascista”, se usa con estúpida frecuencia, lo que sirve para minimizar el horror que significa y magnificar el odio tribal. Joe Biden fue el último en agregar su nombre a la larga lista de personas que la han utilizado de manera irresponsable.

El mes pasado el presidente de Estados Unidos dijo que Vladimir Putin era “un dictador que comete genocidio”. No es verdad. La guerra del presidente ruso en Ucrania es muchas cosas, todas malas. Es innecesaria, injustificable, absurda y cruel. Es un crimen gratuito contra la humanidad. Yo calificaría a Putin como un asesino en serie, alguien con trastornos mentales que mata por matar. También, ya que toca todas las teclas, como un fascista. Pero su guerra personal no es un intento, aún no, de exterminar a los ucranianos de la faz de la tierra.

En el último siglo y pico ha habido cuatro casos de genocidio aceptados como tal por la gran mayoría de los historiadores. El de los nazis; el de los turcos contra los armenios (un millón asesinados por ser armenios, nada más; el de los tutsis por el régimen hutu en Rwanda (otro millón, solo por ser tutsis); y el de Camboya por el régimen maoísta de Pol Pot, dos millones, por pertenecer a la burguesía urbana.

Ucrania considera que fue víctima de otro genocidio, a manos soviéticas en 1932 y 1933. Lo llaman el Holodomor, la muerte por hambruna, causada deliberadamente por Stalin, de entre tres y cinco millones de personas. Si eso no es genocidio es algo muy parecido.

Lo que no se parece a genocidio pero se ha llamado como tal sería, por ejemplo, el caso de los desaparecidos en Argentina. Se me viene a la mente porque esta semana vi un documental en el que se refiere al general Jorge Videla y sus secuaces como “genocidas”.

Se entiende el impulso de darle a los autores de “la guerra sucia” el calificativo más fuerte que hay. Yo lo entiendo. Viví en Buenos Aires en esa época y ningún horror que haya vivido de cerca me ha marcado más. Pero no fue un genocidio. Las víctimas no fueron aniquiladas a granel. No fueron seleccionadas por ser de origen judío, polaco o italiano, o por ser miembros de la clase media o de la obrera. Los secuestradores sabían el nombre de cada uno de ellos.

También se ha acusado de genocidio a ambos bandos de la guerra civil española; a Estados Unidos por Irak; a Israel y a Irán; a Cuba y a Nicaragua; se ha usado la palabra para describir la esclavitud en las Américas o el apartheid en Sudáfrica. Mandela me dijo una vez que el apartheid había sido “un genocidio moral”, el intento de exterminar la dignidad de toda una gente debido al accidente biológico del color de su piel. Pero tenía la sensatez, sentido de proporción y buen gusto de reconocer que no había comparación posible con el exterminio físico de seis millones de judíos.

La imperdonable ofensa contra las víctimas de los genocidios de verdad es la frecuencia con la que se trivializa la palabra hoy en día, por lo que podemos dar las gracias en buena parte a la oportunidad que nos han dado las redes sociales de dar más voz que nunca a la imbecilidad humana. Obama es un genocida, gritan; Bill Gates lo es; lo son Andrés Manuel López Obrador, Jair Bolsonaro, Mauricio Macri. Y así, progresivamente más ridículas las acusaciones, hasta llegar, acá en España, a Pablo Iglesias, del partido de izquierda Podemos, acusado por el partido derechista Vox de ser genocida también.

Los que utilizan la palabra con más entusiasmo últimamente son los medios rusos. El presidente Zelenski de Ucrania es un genocida, la OTAN es genocida, todo el mundo que esté contra Putin es genocida. Con esa gente no hay remedio. Viven en un mundo al revés; ya que las palabras significan lo que ellos quieren, pierden todo su valor. El abuso de las palabras carcome el cerebro, lo que carcome la democracia. Así que, cortémosla, ¿no? Y no solo por razones políticas: irrita un montón que la gente use las palabras mal.

Publicado en Clarín el 22 de mayo de 2022.

Link https://www.clarin.com/opinion/genocidio-cualquier-cosa_0_HEfNEKWSxk.html