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31 12 2020

El espejo de Venezuela


Autor: Alejandro Garvie









Las elecciones del domingo dejaron una cosa en claro: La estrategia opositora confirma su fracaso. La ideologización encarnada en Juan Guaidó aleja cualquier chance de lograr la alternancia en un país estragado por la crisis económica y la pandemia.


En ambos países el sistema electoral es de voto no obligatorio y la concurrencia a las elecciones de medio término son similares, en torno al 40 por ciento, en promedio. Uno es una de las principales economías del mundo, el otro es un país en vías de desarrollo dependiente de la explotación del petróleo. Esa asimetría permite al primero imponer condiciones de penuria económica sobre el otro bajo el argumento de la violación de derechos humanos. Ambas democracias sufren un colapso marcado, en los EE.UU., a un mes de la elección presidencial – donde la participación fue fomentada sólo por un partido – no hay anuncio oficial del ganador. En Venezuela, la oposición ha tomado una estrategia errónea que ha estancado la posibilidad de que ese país vuelva a la senda de la democracia representativa liberal, de la que se apartó cuando su aceitado sistema político – inaugurado en 1958 y terminado en 1993 - se hizo trizas por deficiencias propias y su dependencia del petróleo.

Donald Trump irrumpió en los EE.UU. como un outsider al que el Partido Republicano pudo fichar en su equipo, pero toda su gestión estuvo marcada por la descomposición de los mecanismos del bipartidismo, incluyendo códigos tales como la designación de jueces en la Corte Suprema.

El surgimiento de otro outsider como Hugo Chávez desarmó el bipartidismo forjado en el acuerdo del Punto Fijo y abrió una enconada lucha por hacer de Venezuela un país más igualitario. ¿Cómo hacer eso en una sociedad altamente desigual? Ahí residen los problemas de “legitimidad” del chavismo al que podríamos entender como democracia plebiscitaria o populsimo de izquierda. Al igual que con Cuba, la presión externa obligó a abrazar a líderes mundiales de dudosas – o nulas - credenciales democráticas tan variopintos como China, Irán o Rusia. ¿Le dejaron a Venezuela otra opción?

El domingo pasado con una participación escasa del al 32 por ciento del electorado el Gran Polo Patriótico de Nicolás Maduro se impuso con el 68 por ciento de los sufragios en las elecciones legislativas. Mucho más atrás con el 18 por ciento aparece la Alianza Democrática, una coalición de los partidos tradicionales AD y COPEI  y en tercer lugar Venezuela Unida con el 4,1 por ciento. El porcentaje restante se lo repartieron partido menores.

La elección del oficialismo fue una de las más pobres de su historia. En términos absolutos sólo la elección legislativa de 2005 resulta ser inferior a esta, donde el oficialista Movimiento V República superó apenas los 2 millones, en una votación en donde la oposición toda llamó a no votar. Otra estrategia errónea que ha dejado en manos de la ayuda externa la suerte de ese país. Tal es así, que Henrique Capriles ex candidato a presidente declaró en twitter, el mismo domingo, “Después de estos fracasos habrá que replantear alternativas reales”.

La oposición participante volvió a defraudar las expectativas, y como en el 2018 no resultó ser competitiva frente al aparato chavista. A pesar del casi millón de votos obtenidos por la Alianza Democrática, el antichavismo estuvo muy lejos de sus mejores jornadas electorales en donde logró superar los 7 millones de votos (2013 y 2015) cuando concurrió en unidad, y de los 3 millones de Henry Falcón y Javier Bertucci en las presidenciales de hace dos años.

La jornada transcurrió con total normalidad. No se produjeron hechos de violencia, ni sabotajes. El sistema de votación funcionó en forma correcta y no hubo denuncias de fraude por parte de los participantes. Pero como la estrategia de la oposición está en manos de la ayuda exterior, desde varios países se acusó – sin ninguna prueba, “a lo Trump” – de fraude electoral a todo el acto que permitirá a Maduro retomar el control de la Asamblea Nacional, perdido en 2015, a partir del cual su presidente, Guaidó, elaboró la estrategia de autoproclamarse “encargado de la presidencia”.

Después de este domingo el chavismo tendrá los dos tercios de la Asamblea y – ya sin fueros – el presidente encargado seguramente se asilará, culminando de facto con una mala estrategia opositora, a la que Capriles ya se ha anticipado.

En términos de participación, la votación del domingo está en línea con los países con voto optativo, aunque no en línea con la historia electoral venezolana, en donde el promedio de asistencia a las urnas superó siempre el 60 por ciento desde 1999. Esa merma muestra la disconformidad de los electores del chavismo con el devenir del gobierno que no puede solucionar los agobiantes problemas económicos que hacen de la vida cotidiana una verdadera penuria.

La estrategia de Barak Obama hacia Cuba – abandonada violentamente por Trump – es la más acertada para estos casos. La mera asfixia económica no logrará jamás torcer el brazo del chavismo y de su núcleo duro: las fuerzas armadas y un electorado fiel. Al contrario, la relevancia que tiene América Latina para los EE.UU. es en el plano de la seguridad nacional y empujar a los regímenes no deseados a los brazos de las potencias rivales no es la mejor opción.

La nueva administración de Joe Biden deberá pensar más en volver a esa estrategia de su presidente antes que querer conformar a los votantes latinos de Florida, motivados por razones más ideológico-sentimentales que por políticas de estado efectivas para que en Venezuela se establezca el orden que pretenden. Mientras tanto, Maduro puede presumir de ser victorioso y el chavismo prolonga su epopeya.