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Opinión 16 02 2020

El Dios de la oscuridad


Autor: Fernando Mires









Das Unheimliche; no hay forma de traducir esa palabra del alemán al español. Pero a la vez hay muchas. Fue la que primero llegó a mi mente para titular el artículo que había decidido escribir acerca de la novela Nuestra parte de noche de Mariana Enriquez. Creo que no andaba descaminado: en sentido literal Unheimlich significa estar fuera del hogar (Heim): lo desconocido, un lugar en el que no confiamos, alejados de nosotros mismos. En este último sentido lo usó Freud para describir a sus pacientes, aterrados al encontrarse fuera de lo que perciben, en otra realidad que no es la de ellos. 
Tomo entonces el diccionario y leo: Unheimlich: lo desconocido, lo siniestro, lo pavoroso, lo aterrador, lo monstruoso. Pero a la vez: lo inmenso, lo inconmensurable, lo alucinante, en fin: lo que nos sobrepasa: Y paro de contar. Todo eso y quizás mucho más es Das Unheimliche
Todo eso y quizás mucho más es Nuestra parte de noche. Nada irreal: simplemente otra realidad. O si se quiere – pienso con Lacan – la verdadera realidad: la suprasensorial, la inconsciente, la intemporal, la que nos antecede y la que nos sucederá. Realidad a la que solo podemos acceder a través de símbolos para imaginarla. Sí, claro está: la no-santísima trinidad lacaniana: Lo real (o sea todo), lo simbólico y lo imaginario. Una realidad que nunca podremos conocer a partir de nuestra lógica, una más allá de toda razón, un lugar que intimida y nos atrae: Esa es la Oscuridad, en cierto modo “personaje central” del inmenso libro de Mariana Enriquez.
En el momento en que Juan Peterson, un médium, llega con su pequeño hijo desde Buenos Aires hasta las cataratas del Iguazu en la frontera norte con Brasil, parece que vamos a leer una novela “entretenida”. Quito las comillas, nunca dejó de serlo, pero es mucho más. Es una novela sobre Juan, su hijo Gaspar y su madre, Rosario. Es una novela sobre un grupo de chicos que van creciendo y descifrando enigmas. Y no por último es la novela que ve el mundo desde la psicosis, individual o grupal, sin salirse de ella. Pero además, desde una perspectiva narrativa es una novela con cuatro novelas y dos relatos cuyos tiempos y momentos son transferidos hasta formar un enjambre que las unifica y da pleno sentido al conjunto. 
¿Cuáles son los hilos que hacen de esa serie de narraciones una sola novela (podríamos también llamarlos, hilos sobredeterminantes)? Son tres: el primero, una secta que rinde culto a la religión de la Oscuridad. El segundo, la religión de la secta. El tercero es el significado del médium y por cierto, el de la búsqueda del médium pues sin ese médium ni la secta ni la religión podrían existir.
Hay que comenzar con la secta: ¿Qué es una secta? Una vez alguien dijo – creo que fui yo mismo – que una secta es una religión pequeña y una religión una secta grande. En cierto modo una secta es una institución generalmente secreta unida por creencias y ritos comunes. Cabría deducir que toda religión fue en sus orígenes una secta. La secta, efectivamente, deja de ser secta cuando ha obtenido reconocimiento oficial. De modo que la línea que separa a una secta de una religión ha sido trazada por el poder, incluyendo naturalmente el poder del Estado.

En el caso de Nuestra parte de noche nos encontramos con una secta internacional con sede territorial en Argentina. Originariamente provino de las cosmogonías africanas, tomó forma teológica (sí, teológica) en la Inglaterra posmedieval, y anidó finalmente en Argentina donde adquirió elementos lugareños (supersticiones, creencias indígenas y pueblerinas). La mayoría de sus miembros son personas pudientes, con formación profesional, algunos con sensibilidad intelectual. Su Dios -interesante combinación – yace en la Oscuridad y al mismo tiempo es” la Oscuridad. Una Oscuridad que no solo representa a la muerte pues también “vive” y se manifiesta de modo multiforme a sus creyentes gracias a la presencia de un médium que la convoca desde un centro de poder rayado con tiza. Las mujeres cuando son “médium” tienen el poder de convocarla “fuera de lugar”, también en espacios cerrados que no gustan a la Oscuridad, dando así origen a apariciones furiosas, pero de baja intensidad. 

Como toda creencia, la de la Oscuridad surge de premisas deductivas. En ese punto no se puede sino concordar con Émile Durkheim cuando en su siempre actual libro Les formes élémentaires de la vie religieuse. Félix Alcan, Paris 1912. Online demostró que los supuestos que llevan a la búsqueda de la “verdad” en la ciencia no son contrapuestos a los de las religiones. Por ejemplo: uno de esos supuestos nos dice que tres cuartas partes del universo está formada por zonas oscuras. Luego, la Oscuridad es más universal que la claridad y, por lo mismo, es su condición hegemónica. Como es oscura, carece de atributos personales. La Oscuridad vista así, no es ni representa al bien ni al mal. Simplemente “es”. No puede ser objeto de amor pero tampoco de odio. Para uno de sus seguidores, el doctor Jorge Bradford, no es racional. Todo lo contrario: es demente: “es un dios salvaje, es un dios loco”. Carece de signos, de lenguaje. Y sin embargo, es poderosa, pues no solo habita en su reino sino también al interior de cada corazón humano. 

Así se explica por qué cada ser ve a la Oscuridad de un modo distinto, tal como cada uno es. Para la malvada madre de Rosario, Mercedes, la oscuridad es la representación del mal absoluto. Para el médico Bradford es la esencia del ser, la que se manifiesta de diferentes modos sobre la superficie terrenal. Para el médium Juan, es La Nada. Y él no es más que una puerta de La Nada. A diferencia de las religiones monoteístas cuando sostienen que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, la Oscuridad ha sido configurada a imagen y semejanza de los hombres. Pero es mucho más: la Oscuridad es el ser que no somos, es lo que nos trasciende y domina, es lo que habita en el espacio remoto y desconocido de todo lo que es y ha sido. Todo eso, aunque en clave literaria y por lo mismo imaginaria e intuitiva, lo aprendemos de Mariana Enriquez cuando al describir la presencia (y la ausencia) de la Oscuridad entra ella misma, de modo alucinante, a transitar en corredores internos, en “esa casa más grande por dentro que por fuera”, en ese mundo incomprensible que ella no intenta entender, solo narrar con ese don que solo algunos iluminados poseen, el de ver más allá de las cosas.

La Oscuridad aparece en distintas formas cuando es convocada. Sin un médium la oscuridad sería la noche total. Gracias al médium la oscuridad toma forma de ser. Pero no todos los humanos pueden convocar a la Oscuridad. El médium es un elegido de la Oscuridad. Las razones de esa elección nos son desconocidas: un misterio. Signos indelebles que muestran de que manera la cosmogonía africana fue infiltrada por interferencias nebulosas provenientes del cristianismo agrario europeo. 
El médium es un hijo de la Oscuridad como Jesús lo es de Dios-Padre. En el caso de Juan es la Oscuridad hecho hombre. Pero a diferencia del dios-hombre del cristianismo quien siempre es dios y hombre, el médium es un simple mediador, tal como indica el nombre. Cuando no está en trance de convocación es un ser normal, más aún: vulgar. Su tarea no es redimir a nadie sino ejercitar su don. El precio es alto: al ser invocada, la Oscuridad penetra en el cuerpo del médium y lo deteriora físicamente de modo que después de cada convocación debe pasar por largos tratamientos médicos. Imposible no recordar las llagas de Cristo. Pues al igual que el redentor, el médium es sacrificado por Dios. 
Como todas las religiones, las sectas son sacrificiales. La diferencia es que mientras en el cristianismo el sacrificio es una bendición, en la Oscuridad es una maldición. Juan la arrastra a lo largo de su vida, luchando para que Gaspar, su único hijo, no caiga bajo el influjo de ella. 
La vida de Juan es una maldición. Un sacrificio permanente y gratuito, sin redención, sin resurrección, sin compasión. En cierto modo nos confrontamos con un cristianismo invertido. Mientras el médium cristiano representa a Dios, en la secta no representa a nadie, es un simple esclavo de la Oscuridad. Y si el primero trae un mensaje, el segundo no trae nada: llega y se va de este mundo con las manos vacías. Mientras el primero ejemplifica el triunfo de la luz sobre las tinieblas, el segundo solo trae consigo el fiero rugido de la Oscuridad. En las palabras de Mariana Enriquez: “La Oscuridad es un Dios con garras que husmea, la Oscuridad te alcanza, la Oscuridad deja jugar a sus presas, un rato, solo para ver cuán lejos llegan”. Nada de amor, ni siquiera odio. Miedo sí, terror sí, y sobre todo, sumisión.
La Oscuridad es el abismo: nuestro abismo que habla.
La Oscuridad cuando penetra a la Tierra adquiere formas terrenales. De ahí que las víctimas de la Oscuridad se confunden a veces con los sacrificios terrenales, con esa otra Oscuridad hecha por los humanos cuando han sido librados a su puro arbitrio. En ese informe tenebroso titulado El Pozo de Zañartu por Olga Gallardo -tan próximo en su forma al Informe de Ciegos de Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato- llega un momento en que no sabemos si los cadáveres amontonados en fosas hay que adjudicarlos a la cruel dictadura que rigió en Argentina o a la secta de la Oscuridad. Lo que sí es evidente es que las maldades cometidas por algunos miembros de la secta son intercambiables con los de la dictadura militar a través de un macabro genocidio mutuamente compartido (inevitable para un chileno recordar el caso de “Colonia Dignidad”) 
No solo las religiones han sido o son sacrificiales: las oscuras dictaduras – de izquierda o derecha- también lo son. La muerte y la crueldad infinita son para ellas simples medios para alcanzar una supuesta redención. Nuestra realidad influye a la Oscuridad a la vez que ella se mezcla con nosotros. Gaspar, el hijo del médium, así lo entendió: la salvación consiste en liberarse de las garras de la Oscuridad. ¿A qué precio? ¿Al de la locura? ¿O no podremos escapar nunca de sus sombras, por lo menos no, mientras estemos vivos? Quizás solo Mariana Enriquez lo sabe.
Escribiendo su novela Enriquez atravesó los laberintos de la Oscuridad. Por cierto, no lo hizo sola. Como en todos los grandes escritores, viven en ella los gigantes del pasado. No la voy a comparar aquí con ninguno. Pero si pidieran mi opinión la daría sin ningún problema: hay grandes escritores y escritores grandiosos. Estos últimos han sido tocados por la mano de Dios -sea ese dios oscuro o luminoso-. En América Latina -repito, es mi opinión- sin contar las que nunca escribió J. L. Borges, hay solo tres novelas grandiosas: Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez, 2666 de Roberto Bolaño y Nuestra parte de noche de Susana Enriquez.
Pienso que Susana Enriquez, por lo menos mientras escribía Nuestra parte de noche, fue una médium. ¿Una médium de La Oscuridad? No exactamente. Más bien una médium situada entre nuestra realidad y esa otra que no sabemos donde está, aunque cada cierto tiempo –aunque no lo confesemos- nos acosa con su terrible y oscuro vacío.
Y después de todo ¿no es acaso tarea del escritor hacer de médium entre la lógica de la imaginación pura y la sinrazón a veces tan brutal de la vida humana?

 Publicado en Polis el 14 de febrero de 2020.

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